3 de Septiembre
Nacido en Roma hacia el 540, de familia noble y
cristiana, vive la desolación de la Urbe, caído el Imperio
occidental, y el inicio de una época ascendente. En 590 es elegido
Papa, mereciendo por su ingente labor que se le considere gran
figura entre las de todos los tiempos, y que se le haya otorgado el
título de Doctor y Padre de la Iglesia latina. Su muerte acaeció el
12 de marzo del 604. — Fiesta: 12 de marzo.
«Importa que el pastor sea puro en sus
pensamientos, intachable en sus obras, discreto en el silencio,
provechoso en las palabras, compasivo con todos, más que todos
levantado en la contemplación, compañero de los buenos por la
humildad y firme en velar por la justicia contra los vicios de los
delincuentes. Que la ocupación de las cosas exteriores no le
disminuya el cuidado de las interiores y el cuidado de las
interiores no le impida el proveer a las exteriores», escribe San
Gregorio Magno en su «Regla Pastoral», y éste fue el programa de su
actuación. Genio práctico en la acción, fue ante todo el buen pastor
cuya solicitud se extiende a toda su grey. No es tan sólo Roma la
que merece sus cuidados, sino todas las Iglesias España, Galia,
Inglaterra, Armenia, el Oriente, toda Italia, especialmente las diez
provincias dependientes de la metrópoli romana. Fue incansable
restaurador de la disciplina católica. En su tiempo se convirtió
Inglaterra y los visigodos abjuraron el arrianismo.
Él renovó el culto y la liturgia y reorganizó la
caridad en la Iglesia. Sus obras teológicas y la autoridad de las
mismas fueron indiscutidas hasta la llegada del protestantismo. Dio
al pontificado un gran prestigio. Su voz era buscada y escuchada en
toda la cristiandad. Su obra fue curar, socorrer, ayudar, enseñar,
cicatrizar las llagas sangrantes de una sociedad en ruinas. No tuvo
que luchar con desviaciones dogmáticas, sino con la desesperación de
los pueblos vencidos y la soberbia de los vencedores.
La obra realizada por San Gregorio Magno fue
inmensa; y no obstante, en su gran humildad, había procurado por
todos los medios no aceptar el mando supremo de la Iglesia. Pero una
vez elegido Papa por el clero, el senado y el pueblo fiel reunidos,
y bien vista su elección por el emperador, su alma entregóse a
aquella tarea para la que toda su vida anterior había sido una
providencial preparación. En efecto, Gregorio nace en el seno de una
familia profundamente cristiana. No es él el único de los Anicios
que ha merecido el honor de los altares; también sus padres y sus
dos tías, Társila y Emiliana, figuran en el catálogo de los santos.
Y en este ambiente de religiosidad va su espíritu desarrollándose,
mientras Roma llega a lo más bajo de la curva de su caída.
Cuando el poder imperial, en manos de
Constantinopla, es definitivamente restablecido en Roma, Gregorio
comienza su formación cultural. No sobresale en la literatura, pero
sí en los estudios jurídicos, donde encuentra una magnífica
preparación para sus futuras e insoñadas actividades. Terminada ya
su carrera de Derecho, acepta del emperador Justino II el cargo de
prefecto de Roma, que trae consigo todas las funciones
administrativas y judiciales.
Pero su corazón aspiraba a cosas más altas, y
tras una desgarradora lucha interior —que él mismo describe en una
carta a su amigo íntimo San Leandro de Sevilla—, Roma contempla un
día cómo su prefecto cambia sus ricas vestiduras por los austeros
hábitos de los campesinos que San Benito había adoptado para sus
monjes. Su mismo palacio del monte Celio fue transformado en
monasterio. Gregorio es feliz en la paz del claustro, aunque pronto
será arrancado de ella por el mismo Sumo Pontífice, que le envía
como Nuncio a Constantinopla. De aquí en adelante añorará siempre
aquellos cuatro años de vida monacal.
Unos ocho años más tarde, hacia el 586, regresa a
Roma cuando las aguas del Tíber se desbordan y siembran la
desolación. Personas ahogadas, palacios destruidos, hambre y,
finalmente, la peste, son el balance de aquella tragedia. Una de las
víctimas de la peste es el Papa Pelagio II. Y es entonces cuando
Gregorio es elegido para sucederle, quedando así apartado
definitivamente de la soledad que en el monasterio buscara.
Ya no vivirá más la paz de la vida monacal, pero
sí que la espiritualidad de aquellos hombres entregados a la oración
le quedará presente en lo que le queda de vida. Uno de los puntos
que más llaman la atención en su fecundo Pontificado, es su celo por
el perfeccionamiento de la liturgia, alcanzando gran importancia su
impulso en la organización definitiva del canto litúrgico, que se
conoce bajo el nombre de «canto gregoriano», aun cuando no sea él su
autor. Es el pastor auténtico, que quiere lo mejor para sus ovejas
que viven en la unidad del mismo Amor. No ahorrará para ello
trabajos ni sacrificios. Su voz se levanta potente y su pluma
escribe sin descanso; el que no había sobresalido en sus estudios
literarios nos legará un tesoro inagotable en sus escritos, de
estilo sencillo y cordial. Y no se contenta con las ovejas que ya
están en el verdadero redil; su corazón ardiente se lanza a la
conquista de Inglaterra, ganándola para el catolicismo. Para todos
es el padre amante, cuyas preocupaciones son las de sus hijos. Su
honor es el de la Iglesia universal y su grandeza el ser y llamarse
«Siervo de los siervos de Dios», título que pasará a ser desde
entonces patrimonio de todos los Papas.