Ayúdame a decir la verdad delante de los fuertes
y no decir mentiras para ganarme el aplauso de los débiles.
Si me das fortuna, no me quites la razón.
Si me das éxitos no me quites la humildad.
Si me das humildad no me quites la dignidad.
Ayúdame siempre a ver la otra cara de la moneda,
no me dejes inculpar de traición a los demás por no pensar igual que
yo.
Enséñame a querer a la gente como a mi mismo y a
no juzgarme como a los demás. No me dejes caer en el orgullo si
triunfo, ni en la desesperación si fracaso.
Más bien, recuèrdame que el fracaso es la
experiencia que precede el triunfo.
Enséñame que perdonar es un signo de grandeza y
la venganza es señal de bajeza.
Si me quitas el éxito, déjame fuerzas para
aprender del fracaso.
Si yo ofendiera a la gente, dame valor para
disculparme, y si la gente me ofende, dame valor para perdonar.
¡Señor...si yo me olvido de ti, nunca te olvides
de mí!
Señor, si ahora he hallado gracia en tus ojos, te
ruego que no pases de tu siervo.
Genésis 18:3.
Y Abraham replicó y dijo: He aquí ahora que he
comenzado a hablar a mi Señor, aunque soy polvo y ceniza. Genésis
18:27.