“Los obispos y sacerdotes tienen una palabra de
Dios que decir a nuestro tiempo”. “Los pastores –sacerdotes y
obispos- quieren estar cerca de su pueblo para acompañarlo y
servirlo”. “Los sacerdotes –presbíteros y obispos- sirven al pueblo
de Dios en el culto sagrado, en la liturgia… Estas palabras, u otras
más o menos semejantes, no necesariamente pronunciadas, parece que
están en el imaginario colectivo católico romano y parecen responder
a un estereotipo de lo que se entiende que es el rol de la Jerarquía.
No me interesa, en este caso, ser preciso en lo que se dice, o se
piensa, o se pretende que sea, ni en precisar el estereotipo como
positivo, negativo, ideal o ficticio. Simplemente me importa que
esas o semejantes palabras pareciera que de una u otra manera
“deben” decirse (o pensarse). Y para mí, allí radica un problema muy
grave, que a su vez puede ser problema de identidad.
Se espera una palabra de parte de Dios, sea para
marcar caminos, para señalar caminos errados, o se cuestiona que la
jerarquía pretenda decir una palabra de parte de Dios. Ese es el
“rol profético” que se pretende o niega. El profeta es el “hombre de
Dios” que habla de parte de Dios para “anunciar o denunciar”. Se le
afirme o se le niegue, la ejerza o no, parece que este rol es propio
de la Jerarquía, o se le atribuye particularmente.
Para reconocerlo o negarlo, se afirma a su vez
que la Iglesia es el “rebaño de Cristo”, y Pedro y los suyos y sus
sucesores (episcopos, pero también presbíteros) ejercen un “rol
pastoral”. El pastor es el que conduce, sea religiosa, política o
socialmente a su pueblo. De allí que pastor y rey sea con tanta
frecuencia un sinónimo por ser ambos los encargados de conducir un
“rebaño” / “Pueblo”.
Finalmente, cuando se habla de “los sacerdotes”,
el lenguaje común se refiere claramente a los presbíteros y a los
obispos. Es el “rol sacerdotal” por el que se pretende que la
Jerarquía oficia de mediadora entre Dios y la humanidad. Es el
espacio particularmente “privado” de lo sagrado.
Sin embargo, estos estereotipos parecen esconder
una gravísima distorsión de lo que la Biblia, la Tradición y el
mismo Magisterios afirman. Sencillamente porque “todo bautizado es
rey, profeta y sacerdote” (ya San Efrén destaca la triple relación,
rey – profeta – sacerdote, con el Bautismo). Y por lo tanto, todo
bautizado tiene y está llamado a ejercer ese “triple oficio”; no es
algo que sea propio de obispos y presbíteros sino propio de todos
los cristianos. Nada menos.
Rol profético
Es sabido que en el Antiguo Testamento los
profetas ocupan un lugar importante, e incluso su “rol” es con
cierta frecuencia destacado como originado en una “vocación divina”.
No sólo podemos verlo en los tres llamados “grandes profetas” (Isaías,
Jeremías y Ezequiel que destacan amplio espacio a su relato
vocacional), sino también alude a él Amós y el discípulo de Isaías,
además de la narración de Eliseo. La característica del profeta es
ser llamado por Dios para pronunciar una palabra de su parte, a
Israel, a Judá, a funcionarios o a naciones extranjeras. Para ello,
Dios envía la ruah (espíritu) y pone en él (o ella) su palabra. De
allí también la gravedad que tiene cuando uno habla una palabra que
Dios no le mandó decir, de lo que también se ocupan mucho los
profetas. Sin embargo, a partir de un tiempo ya no hay profetas en
Israel. Cansado de la “dureza de los corazones”, Dios ha retirado la
ruah y no envía más su palabra hasta que sea tiempo (o “el día”)...
El cristianismo naciente supo ver la llegada de este tiempo y
reconocer la nueva irrupción de profetas a partir de la venida de
Jesús. Así el Bautista es visto como profeta en algunas narraciones,
Pablo parece verse a sí mismo como profeta escatológico, los
cristianos son vistos de ese modo por el Apocalipsis y –sobre todo-
el descenso del Espíritu de Dios sobre la Iglesia (varones y mujeres)
en Pentecostés, es visto como el cumplimiento de lo esperado desde
antiguo para los últimos tiempos citando al profeta (tiempos “escatológicos”,
palabra expresamente añadida por Lucas al texto de Joel). Toda la
Iglesia es vista como profética ya que “Sucederá en los últimos días,
dice Dios: Derramaré mi Espíritu sobre toda carne, y profetizarán
sus hijos y sus hijas; sus jóvenes verán visiones y sus ancianos
soñarán sueños. Y yo sobre mis siervos y sobre mis siervas derramaré
mi Espíritu” (Hch 2,17-18). Toda la comunidad cristiana, no sólo los
apóstoles, es vista como “profética” (“sus hijos y sus hijas”). En
realidad, profundizando especialmente la teología de Lucas, en su
primer volumen, destaca particularmente el rol profético de Jesús en
el “centro del tiempo”. El segundo volumen, en el que la comunidad
cristiana tiene el mismo rol del Señor de evangelizar, y hacer
“crecer la palabra”, dice de los cristianos muchas de las cosas que
había dicho de Jesús en el primero. Ser una comunidad profética
porque el espíritu ha sido derramado, es continuar la obra de Jesús
en el nuevo “tiempo de la Iglesia”.
Rol
real/pastoral
En el himno que canta la alegría porque el
Cordero “es capaz de abrir el libro” -el plan de Dios sobre la
historia humana- el Apocalipsis señala expresamente que todos (tribu,
lengua, pueblo y nación) son comprados por la sangre del Cordero, y
hechos “reino para nuestro Dios, y sacerdotes, y reinan sobre la
tierra” (Ap 5,10). Digámoslo con palabras de un conocido estudioso:
“El primer fruto de la acción de Cristo como realizador de un reino
son los cristianos, llamados ‘reino’ en el sentido del resultado
obtenido, Pero una vez devenidos reino, pertenecientes totalmente a
Dios, los cristianos ‘reinan’ a su vez, también ellos en sentido
activo. Colaboran con Cristo” (U. Vanni, 354). Una vez más, lo que
se dice de Cristo, en este caso que es rey, se dice también de los
cristianos; es que Cristo –en el Apocalipsis es “rey de reyes y
señor de señores” (17,14; 19,16). Es interesante notar que las tres
veces que en el Apocalipsis aparece la categoría sacerdotal, en los
tres casos se la relaciona con el “rol real”; incluso, aunque como 1
Pe lo toma de Ex 19,6, es más fiel al texto hebreo, aunque no se
refiere a la “casa de Jacob” sino a “nosotros”, que desde Ap 1,6 se
refiere a la asamblea cristiana.
El sentido real es doblemente importante por
cuanto el Cordero degollado es vencido, pero a su vez vencerá, en
obvia referencia a la muerte y resurrección. Del mismo modo, los
seguidores del Cordero serán vencidos, pero vencerán, con lo que la
referencia al martirio (20,6) da sentido al reinado de los
cristianos.
Por otra parte, la imagen del pastor también es
importante en el Nuevo Testamento. Ante el pueblo, que está
desorientado “como oveja que no tiene pastor” (que parece un dicho o
proverbio, cf. Num 27,17; 1 Re 22,17; Jdt 11,19; Ez 34,5; Jl 1,18;
Nah 3,18; Zac 13,7; Mt 9,36p) Jesús siente “compasión”. Como es
sabido, en Oriente es frecuente la identificación del rey con el
pastor. El mundo bíblico no es ajeno a ello. Jesús se aplica la
imagen del pastor, e incluso la aplica metafóricamente a Dios (como
el pastor que pierde una oveja, como la mujer que pierde una moneda…).
Sin embargo, son escasas las veces que la imagen del pastor/pastoreo
se aplica a miembros de la Iglesia. Hch 28,20 y 1 Pe 5,10 son los
pocos textos en los que a determinados miembros (en ambos son “presbíteros”,
aunque en ambos también se alude a “vigilar”, ser “epískopos”). El
primero, parece ser parte de una “cadena” que va desde Cristo, sigue
en los “apóstoles” (los Doce), pasa por los Siete, Pablo y sigue en
los “presbíteros” que tienen un rol particular en la “evangelización”,
en el “crecimiento de la palabra (de Dios)”; el segundo, se ubica en
el contexto de unas “tablas domésticas” y contrapone “ancianos” (=
presbíteros) a jóvenes, a los que se debe servir de ejemplo. En
ambos casos, el rol de los “ancianos” parece tomado de las
comunidades judías en las que ocupan un rol rector. No ignoramos que
en los escritos tardíos (como estos, y también las cartas “Pastorales”)
los presbíteros –aunque no se defina con precisión su ministerio-
tienen una responsabilidad de servicio en la comunidad. Pero sólo en
este sentido, y tomando la imagen de la metáfora de la conducción –
pastoreo, el término se aplica a algunos en particular, y no a todo
el pueblo de Dios; aunque, para evitar toda confusión, siempre queda
claro que el único pastor, el pastor modelo, o el pastor “bello” y
bueno, es Cristo mismo.
Rol sacerdotal
Basta mirar con atención el Nuevo Testamento para
notar que en el movimiento cristiano “no hay sacerdotes”. Mucho tuvo
que esforzarse el autor de la carta a los Hebreos para atribuir a
Cristo el ministerio sacerdotal. No sólo porque en su vida él fue
claramente laico, sino también porque no realizó acciones
sacerdotales. La maravillosa lectura alegórica de Hebreos le permite
afirmar que lo es a partir de la resurrección, y de un modo nuevo y
único, “a semejanza de Melquisedec” ya que los modelos judíos no
permitían en modo alguno tal atribución. Pero para este autor sólo y
únicamente Cristo resucitado es sacerdote, y ya no es necesario
ninguno otro, ni ningún otro sacrificio, ni otra ofrenda.
Fuera de Hebreos, la otra única referencia a un
cierto “sacerdocio cristiano” en el Nuevo Testamento la encontramos
en 1 Pe 2,10 y Ap 1,6; 5,10; 20,6 (estos últimos, ya comentados)
donde, citando el libro del Éxodo -allí se habla de Israel, “casa de
Jacob”- se atribuye la idea a la Iglesia toda. Fuera de lo ya dicho,
señalemos un aspecto más, este tomado de 1 Pedro: Pedro sigue el
texto ya citado de Ex 19,6 pero según la Biblia griega: no habla de
“sacerdotes” sino de “sacerdocio” (hiérateuma); por su unión a
Cristo, la Iglesia toda es “sacerdotal”. Una vez más, la unión con
Cristo es la que da su función, sacerdotal en este caso, a la
Iglesia. No a unos miembros en particular, como queda dicho.
El bautismo nos
hace hermanos
Es interesante (por preocupante) que en el
cristianismo, por siglos el uso de la categoría “hermanos” –tan
fundamental e identificatoria del cristianismo primitivo, fue siendo
deformada con el tiempo. Siendo fundamental para Israel, como un
modo de decir “miembro pleno del pueblo de Dios”, y estableciendo de
ese modo una igualdad absoluta que hace que no se pueda “explotar”,
“esclavizar”, “prestar a usura” a “un hermano”, y que debería ser
intolerable que hubiera un “hermano pobre ante ti”. El cristianismo
también recurrió a la misma categoría haciéndola más universal
(Pablo la amplía a mujeres, dándoles nivel de plena igualdad con el
varón, a los esclavos y a los extranjeros a partir del bautismo).
Sin embargo, con ser una categoría central, con el tiempo sufrió una
preocupante “deformación” o “reducción”. El retroceso viene dado por
un doble aspecto, como lo señaló hace ya bastante tiempo J.
Ratzinger: “hermano” pasa a ser sólo el “colega”, el que pertenecía
a un mismo “colegio” (presbiteral, episcopal...), mientras que el
inferior pasó a ser visto como un “hijo espiritual”; y culminó su
retroceso (“rétrécissement”) cuando al “hermano” obispo de Roma se
lo comenzó a llamar “Papa” [empezó con la frase: “Cypriano papae”
(Epist. 30)]. La pérdida fue tal que el término “hermano” no
figuraba en ninguna de las enciclopedias teológicas del s. XIX y
principios del XX como voz importante.
Seguramente recuperar la plenitud del sentido de
fraternidad y de igualdad plena, permitirá que a todo el pueblo y a
todos los miembros del pueblo de Dios se los considere plenamente
“reyes, profetas y sacerdotes”.
“Pueblo de
reyes... pueblo sacerdotal”
Se puede afirmar que el tema no permaneció
ausente en la Iglesia. Todavía se recuerda el viejo canto
tradicional de la liturgia “Pueblo de reyes... pueblo sacerdotal”,
aunque eso no implica que se hayan extraído todas las consecuencias
que estas estrofas tienen.
Parecería que, en realidad, atribuir a la
“jerarquía” (palabra que en realidad resulta herética, como bien
afirma J. I. González Faus) la exclusividad de este triple
ministerio no sólo relega a un segundo plano, que no debiera tener,
al mundo de las laicas y laicos, sino que a su vez ha limitado la
reflexión sobre el verdadero ministerio de los epíscopos y los
presbíteros. Si estos no son más pastores/reyes, más profetas ni más
sacerdotes que todos los demás cristianos, ¿qué son realmente?, ¿cuál
es la característica propia de su ministerio?, ¿qué es lo que les es
propio? Podríamos afirmar que –por bautizados- son reyes, profetas y
sacerdotes, y por su ministerio lo son de un modo diferente (no de
un modo superior, por cierto), pero esa “diferencia” vendrá dada por
el ser propio del ministerio; para empezar, claramente al servicio
del sacerdocio, la realeza y la profecía del pueblo de Dios. Y este
ministerio, ¿cuál es? Sin duda, la apropiación de “poder” no es
ajena a este “monopolio”: un pequeño grupo ‘jerárquico’ concentra la
palabra (profecía), la relación con Dios (lo sagrado) y la autoridad
(lo real-pastoral); a los otros, los/as laicos/as, les corresponde
“obedecer-escuchar-celebrar pasivamente”. El ejemplo más evidente –pero
no el único, como ya se ha dicho- radica en la nota sacerdotal: si
el presbítero no es más sacerdote que el laico y la laica, ¿en qué
radica lo propio de su ministerio? Apropiarse del triple rol sin
duda contribuyó a que lo específico de estos ministerios eclesiales
no salte a la vista, e incluso el Pueblo de Dios sencillo pretenda o
atribuya a sus “pastores”, roles que en realidad le pertenecen a
ellos (por bautizados). Por otro lado, en tiempos de crisis de
vocaciones al presbiterado, influye en que no se profundice qué es
lo propio, y que es lo común. Así, además, con frecuencia se cae en
preguntas o planteos de crisis que no son verdaderamente centrales y
fundamentales (como el celibato, o el ministerio de la mujer) sin
antes dar respuesta a la pregunta principal ¿qué es ser presbítero?,
¿qué es ser obispo? Si el presbítero / obispo no es más sacerdote
que el /la laico/a: ¿qué es?, si no es más profeta, ni más rey /
pastor… ¿cuál es su ministerio? Tener claro qué no-es, es un buen
punto de partida para poder enfrentar el desafío de ser presbíteros/obispos
para esta Iglesia, este mundo, este tiempo. Ciertamente muy
diferentes a lo que se es, lo que se espera, y lo que se pretende
hoy.