Padre Nuestro que estás en el
cielo
La Iglesia es misionera porque anuncia
incansablemente que Dios es Padre, lleno de amor a todos los
hombres. Todo ser humano y todo pueblo busca, a veces incluso sin
darse cuenta, el rostro misterioso de Dios que, sin embargo, sólo el
Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, nos ha revelado
plenamente (cf. Jn 1, 18). Dios es «Padre de nuestro Señor
Jesucristo», y «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al
conocimiento pleno de la verdad» (1 Tm 2, 4). Los que acogen su
gracia descubren con estupor que son hijos del único Padre y se
sienten deudores hacia todos del anuncio de la salvación.
Sin embargo, en el mundo contemporáneo muchos no
reconocen aún al Dios de Jesucristo como Creador y Padre. Algunos, a
veces también por culpa de los creyentes, han optado por la
indiferencia y el ateísmo; otros, cultivando una vaga religiosidad,
se han construido un Dios a su propia imagen y semejanza; y otros lo
consideran un ser totalmente inalcanzable.
Los creyentes tienen la misión de proclamar y
testimoniar que, aunque «habita en una luz inaccesible» (I Tm 6,
16), el Padre celeste, en su Hijo, encarnado en el seno de María, la
Virgen, muerto y resucitado, se ha acercado a cada hombre y le hace
capaz «de responderle, de conocerlo y de amarlo» (Catecismo de la
Iglesia católica, n. 52).
Santificado sea tu nombre
La conciencia de que el encuentro con Dios
promueve y exalta la dignidad del hombre lleva al cristiano a orar
así: «Santificado sea tu nombre», es ,decir: «Que se haga luminoso
en nosotros tu conocimiento, para que podamos conocer la amplitud de
tus beneficios, la extensión de tus promesas, la sublimidad de tu
majestad y la profundidad de tus juicios» (San Francisco, Fuentes
Franciscanas, 268).
El cristiano pide a Dios que sea santificado en
sus hijos de adopción, así como también en to os los que no han
recibido su revelación, co vencí o de que mediante la santidad Dios
salva a la creación entera.
Para que el nombre de Dios sea santificado en las
naciones, la Iglesia se esfuerza por insertar a la humanidad y a la
creación en el designio que el Creador, «en su benevolencia, se
propuso de antemano», «para ser santos e inmaculados en su presencia
en el amor» (Ef 1, 9. 4).
Venga a nosotros tu reino,
hágase tu voluntad
Con estas palabras los creyentes invocan la
venida del reino divino y el retorno glorioso de Cristo. Este deseo,
sin embargo, no los aparta de su misión diaria en el mundo; al
contrario, los compromete aún más. La venida del reino ahora es obra
del Espíritu Santo, que el Señor envió «a fin de santificar todas
las cosas, llevando a la plenitud su obra en el mundo» (Misal romano,
Plegaria eucarística IV).
En la cultura moderna se ha difundido un sentido
e espera de una nueva era dé paz, bienestar, solidaridad, respeto de
los derechos y amor universal. La Iglesia, iluminada por el Espíritu,
anuncia que este reino de justicia, de paz y de amor, ya proclamado
en el Evangelio, se realiza misteriosamente en el curso de los
siglos gracias a personas, familias y comunidades que optan por
vivir de modo radical las enseñanzas de Cristo, según el espíritu de
las bienaventuranzas. Con su esfuerzo, estimulan a la sociedad
temporal hacia metas de mayor justicia y solidaridad.
La Iglesia proclama también que la voluntad del
Padre es «que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento
pleno de la verdad» (1 Tm 2, 4) mediante la adhesión a Cristo, cuyo
mandamiento, que resume todos los demás y que nos manifiesta toda su
voluntad, es que nos amemos los unos a los otros como él nos ha
amado» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 2822).
Jesús nos invita a orar por esta intención y nos
enseña que no se entra en el reino de lbs cielos diciendo «Señor,
Señor», sino haciendo «la voluntad de su Padre que está en el cielo»
(cf. Mt 7, 21).
Danos hoy nuestro pan de cada
día
En nuestro tiempo es muy fuerte la convicción de
que todos tienen derecho al «pan de cada día», es decir, a lo
necesario para vivir. Se siente igualmente a exigencia de una debida
equidad y de una solidaridad compartida, que una entre sí a los
seres humanos. No obstante, muchísimos de ellos no viven aún de modo
conforme a su dignidad de personas. Basta pensar en la miseria y el
analfabetismo que existen en algunos continentes, en la carencia de
viviendas y en la falta de asistencia sanitaria y de trabajo, en las
opresiones políticas y en las guerras, que destruyen pueblos de
enteras regiones de la tierra.
¿Cuál es el cometido de los cristianos frente a
esas dramáticas situaciones? ¿Qué relación guarda la fe en el Dios
vivo y verdadero con la solución de los problemas que atormentan a
la humanidad? Como escribí en la encíclicaRedemptoris missio, «el
desarrollo de un pueblo no deriva primariamente ni del linero, ni de
las ayudas materiales, ni de las estructuras técnicas, sino más bien
de la formación de las conciencias, de la madurez de la mentalidad y
de las costumbres. Es el hombre el protagonista del desarrollo, no
el dinero ni la técnica. La Iglesia educa las conciencias revelando
a los pueblos al Dios que buscan, pero que no conocen; la grandeza
del hombre creado a imagen de Dios y amado por él; la igualdad le
todos los hombres como hijos de Dios ... »(n. 58). La Iglesia,
anunciando que los hombres son hijos del mismo Padre, y por
consiguiente hermanos, da su contribución a la construcción de un
mundo caracterizado por la fraternidad auténtica.
La comunidad cristiana está llamada a cooperar en
el desarrollo y la paz con obras de promoción humana, con
instituciones de educación y de formación al servicio de los jóvenes,
con la constante denuncia de las opresiones e injusticias de todo
tipo.Sin embargo, la aportación específica de la Iglesia es el
anuncio del Evangelio, la formación cristiana de las personas, de
las familias y de las comunidades; está convencida de que su misión
«no es actuar directamente en el plano económico, técnico, político
o contribuir materialmente al desarrollo, sino que consiste
esencialmente en ofrecer a los pueblos no un "tener rnás", sino un
"ser más», despertando las conciencias con el Evangelio. El
desarrollo humano auténtico debe hundir sus raíces en una
evangelización cada vez más profunda» (ib.).
Perdona nuestras ofensas
El pecado está presente en la historia de la
humanidad desde los inicios. Resquebraja la vinculación originaria
de la criatura con Dios, con graves consecuencias para su vida y
para la de los demás. Y hoy, asimismo, ¡cómo no subrayar que las
múltiples manifestaciones del mal y del pecado encuentran con
frecuencia un aliado en los medios de comunicación social! Y ¡cómo
no observar que «para muchos el principal instrumento informativo y
formativo, de orientación e inspiración para los comportamientos
individuales, familiares y sociales» (Redemptoris missio, 37), son
precisamente los diversos medios de comunicación!
La actividad misionera está destinada a llevar a
individuos y pueblos el gozoso anuncio de la bondad misericordiosa
del Señor. El Padre que está en el cielo, como demuestra claramente
la parábola del hijo pródigo, es bueno y perdona al pecador
arrepentido, olvida la culpa y devuelve la serenidad y la paz. Ese
es el auténtico rostro de Dios, Padre lleno de amor, que da fuerza
para vencer el mal con el bien y hace capaz, a quien corresponde a
su amor, de contribuir a la redención del mundo.
Como también nosotros
perdonamos a los que nos ofenden
La Iglesia está llamada, con su misión, a hacer
la confortante realidad de la paternidad divina no sólo con palabras,
sino sobre todo con la santidad de los misioneros y del pueblo de
Dios. «El renovado impulso hacia la misión ad gentes --escribí en la
encíclica Redemptoris missio exige misioneros santos. No basta
renovar los métodos pastorales, ni organizar y coordinar mejor las
fuerzas eclesiales, ni explorar con mayor agudeza los fundamentos
bíblicos y teológicos de la fe: es necesario suscitar un os nuevo "anhelo
de santidad" entre los misioneros y en toda la comunidad cristiana»
(n. 90).
Frente a las terribles y múltiples consecuencias
del pecado, los creyentes tienen el deber de brindar signos de
perdón y de amor. Sólo si en su vida han experimentado ya el amor de
Dios pueden ser capaces de amar a los demás de manera generosa y
transparente. El perdón es una elevada expresión de la caridad
divina, dada como don a quien la pide con insistencia.
No nos dejes caer en la
tentación y líbranos del mal
Con estas últimas peticiones, en el «Padre
nuestro» pedimos a Dios que no permita que emprendamos el camino del
pecado y que nos libre de un mal, inspirado con frecuencia por un
ser personal, Satanás, que quiere estorbar el designio de Dios y la
obra de salvación por él realizada en Cristo. Conscientes de haber
sido llamados a llevar el anuncio de la salvación a un mundo
dominado por el pecado y por el maligno, los cristianos son
invitados a dirigirse a Dios, pidiéndole que la victoria sobre el
príncipe del mundo (cf. Jn 14, 30), lograda una vez para siempre por
Cristo, se convierta en experiencia diaria de su vida. En ámbitos
sociales fuertemente dominados por lógicas de poder y de violencia,
la Iglesia tiene la misión de testimoniar el amor de Dios y la
fuerza del Evangelio, que superan el odio y la violencia, el egoísmo
y la indiferencia. El Espíritu de Pentecostés renueva al pueblo
cristiano, rescatado por la sangre de Cristo. Esta pequeña grey es
enviada por doquier, con escasos recursos humanos pero libre de
condicionamientos, como fermento de una nueva humanidad.