Un granjero fue un día a sus establos a revisar
sus bestias de carga:
Entre ellas se encontraba su asno favorito, el
cual siempre estaba bien alimentado y era quien cargaba a su amo.
Junto con el granjero venía también su perrita
faldera, la cual bailaba a su alrededor, lamía su mano y saltaba
alegremente lo mejor que podía.
El granjero revisó su bolso y dio a su perrita un
delicioso bocado, y se sentó a dar órdenes a sus empleados.
La perrita entonces saltó al regazo de su amo y
se quedó ahí, parpadeando sus ojos mientras el amo le acariciaba sus
orejas.
El asno celoso de ver aquello, se soltó de su
jáquima y comenzó a pararse en dos patas tratando de imitar el baile
de la perrita.
El amo no podía aguantar la risa, y el asno
arrimándose a él, puso sus patas sobre los hombros del granjero
intentando subirse a su regazo.
Los empleados del granjero corrieron
inmediatamente con palos y horcas, enseñándole al asno que las
toscas actuaciones no son cosa de broma.
No nos dejemos llevar del mal consejo que siempre
dan los injustificados celos. Sepamos apreciar los valores de los
demás.
----------------------------------------
¿Cuántas veces hemos visto a otras personas hacer
el ridículo intentando imitar a otros o realizar alguna tarea para
la cual no están capacitados?
El problema es que no sólo los demás cometen tal
error, sino que nosotros también.
La fábula nos muestra cuán desastrosos consejeros
suelen ser los celos y la envidia.
No sólo nos enferman sino que también nos llevan
a traer sobre nosotros el ridículo y la pérdida de credibilidad para
con quienes nos rodean.
Sepamos ubicarnos en el centro de los planes de
Dios para nuestras vidas,
Y valorar y utilizar al máximo los dones y
habilidades que Él ha puesto en nuestro haber...
Y no tendremos que preocuparnos por lo que le
pasó al asno de la fábula.