Yo rogaré al Padre por
ustedes, nos dice el Señor. Y san Pablo nos dice que Jesús está
sentado a la diestra de Dios Padre, para interceder por nosotros. Él
no se alejó de nuestra pequeñez para olvidarse de nosotros. Él ama a
su Iglesia y se entregó por ella.
El Señor nos reúne para que
la Iglesia se una a su oración ante el Padre Dios. No sólo debemos
orar por nosotros y por nuestras necesidades. La oración que
realizamos es algo que, haciéndose en nombre de toda la Iglesia,
tiene en cuenta a la humanidad entera.
No sólo debemos pedir el pan
de cada día. No debemos pedir que venga el Reino de Dios sobre
nosotros, queriéndole dejar a Dios toda la responsabilidad.
Deberíamos pedirle que nos conceda en abundancia su Espíritu, para
que, estando en comunión de Vida con el Señor, trabajemos por hacer
realidad el Reino de Dios entre nosotros.
La Iglesia no puede ser
estéril en buenas obras; no puede olvidarse del mal que aqueja a
muchos sectores de nuestra sociedad. Debemos levantar los ojos hacia
el cielo para pedirle al Señor que nos conceda ser instrumentos de
su amor, de su Misericordia y de su paz, de tal forma que en verdad
la Iglesia sea el Memorial del Señor que continúa amando y
preocupándose del bien de todos por medio nuestro.
Por eso la Eucaristía es todo
un compromiso que nos ha de llevar tanto a orar por el bien de todos
como a luchar incansablemente, guiados por el Espíritu Santo, para
que la salvación se haga realidad en todos, y podamos vivir como
hijos de un único Dios y Padre, no sólo para amarlo y alabarlo, sino
también para servirlo buscando el bien de nuestro prójimo.
¿La puerta está cerrada y nos
negamos a escuchar el clamor de los que nada tienen?
A veces vivimos adormilados
por las cosas pasajeras. Buscamos nuestro propio bien y el de
nuestra familia y nos olvidamos de las necesidades de los que nos
rodean. No queremos abrir la puerta de nuestro corazón para darle
curso a la compasión por los demás; pensamos que eso sería tanto
como perder el propio carácter y hacer que los inútiles dependieran
más de uno y se generaran paternalismos que no conducen a nada.
La oración de petición
insistente ante Dios es la forma como nosotros le manifestamos que
dependemos de Él y que nos mire compasivo, y que nos conceda más de
lo que deseamos.
El Señor nunca ha pasado de
largo ante las miserias, no de los extraños, sino de sus hijos, que
somos nosotros, pues a todos, sin excepción, nos ha creado, y nos
ama entrañablemente. Es ese amor el que le mueve, si así queremos
decirlo. Y es ese amor, y no nuestras elucubraciones egoístas, lo
que nos ha de mover a hacer el bien a los demás.
Dios no sólo quiere
socorrernos, también quiere que vivamos comprometidos en el
surgimiento de una nueva humanidad, que inicie su Reino entre
nosotros. Por eso no podemos sólo buscar nuestros propios intereses.
Quien ora ante Dios y
solicita su perdón, su fortaleza, su misericordia y su Espíritu
Santo, pero después no es capaz de esforzarse en la construcción de
un mundo más humano y fraterno, no puede decirse sincero en su
oración y en su vida de fe.
El Señor no sólo nos quiere
insistentes en la oración, sino también esforzados en el amor
fraterno, convertido en servicio a los más desprotegidos; nos quiere
valientes en el anuncio del Evangelio hecho desde el testimonio de
una vida que, consagrada a Dios, se ha de convertir en un signo vivo
y creíble del amor servicial de Dios en el mundo por medio de su
Iglesia.