Hablamos mucho de oración, nos exigimos más
oración. Pero ¿cuántos son quienes se acercan a nuestras iglesias
diciéndonos como decían a Jesús "¡enséñanos a orar!". ¿Será que
nuestros rezos no conmueven, no atraen, no parecen interesantes? ¿Nuestras
liturgias, a veces tan bien retransmitidas, invitan a orar? ¿Crean
en la gente ese deseo de ser enseñados en el arte de orar? ¿Qué es
orar?
Desde nuestra precariedad
Somos enormemente menesterosos y precarios. ¡Cuántas
cosas quisiéramos que fueran diferentes y no lo son! Nos envuelve la
limitación, la imposibilidad. La imperfección de esta creación nos
acosa por doquier: sentimos la impresión de que las cosas no van
bien. ¡Qué difíciles las relaciones entre los seres humanos -laborales,
comunitarias, familiares, políticas, religiosas-!
Una ciudad es un espacio en el que el sufrimiento
circula en todas las direcciones. No somos malos por pura
intencionalidad maligna. Lo somos para sobrevivir, para imponer
nuestra justicia cuando la otra no funciona, para reivindicar
nuestros derechos cuando los otros no los defienden, para
resarcirnos de aquello que tanto nos ha hecho sufrir. Detrás de todo
pecado hay una historia precedente, sin redención. El mal va siendo
poco a poco concebido, y al final estalla.
¡Que venga tu Reino!
Jesús se dió cuenta de esta situación en que nos
encontramos. Por eso, nos enseñó a clamar al Abbá, con todo nuestro
ser: ¡Venga tu Reino! No es el reinado de Dios aquello que día a día
experimentamos; aquí reinan otros señores. Queremos que sea Dios el
único Señor.
La tierra debería ser la casa de "los hijos e
hijas de Dios", el hogar de la fraternidad y sororidad. Sin embargo,
estamos dispersos, enfrentados. El dolor surge por doquier. ¡Hay
tantos seres humanos heridos!
El clamor a Dios para que el mal no nos hiera, no
se apodere de nosotros debiera ser permanente. Jesús nos pide
dirigirnos a nuestro Dios como hijos y como amigos. A un hijo no se
le niega nada; tampoco a un amigo, aunque sea inoportuno. Dios
tampoco nos lo va a negar a nosotros, cuando es el mejor
Padre-Madre, el mejor y más fiel amigo.
Desde la conciencia de vivir en Alianza
El fundamento de la mejor oración es la
conciencia de filiación y la amistad. La oración cristiana es
ejercicio de alianza amorosa: alianza filial, alianza de amistad,
alianza mística.
Nuestro Dios no quiere que seamos objetos
obligados de sus dones. Nuestro Dios desea nuestros deseos.
Dignifica nuestra condición de personas no obligándonos, sino
activando nuestros recursos y poderes.
Dios necesita nuestro "fiat" para seguir creando.
Actúa desde la relación con nosotros. Nosotros podemos obtener lo
mejor de Dios. ¡Así ocurre siempre en una auténtica alianza de amor,
de amistad! ¡Quien te cree te crea!
Por eso, es tan admirable la relación entre
Abraham y Dios, entre Dios y sus amigos y sus hijos.
Orar es activar constantemente en nosotros la
relación de alianza con nuestro Dios. Quien ora constantemente
expresa que está conectado con Aquel que transmite. Dios transmite a
través de su Palabra: el libro de la Creación y de la Historia, el
Libro de su Revelación (la Biblia santa). Dios nos interpela
constantemente cuando somos sensibles a su presencia. El silencio de
Dios es Palabra de Dios en todo momento para quien sabe ponerse en
onda. Quien está conectado hace que en su vida esté siempre esa "música
de fondo", ese clima envolvente, ese viento suave que le permite
vivir confiado y siempre conectado.
Si un padre no falla a sus hijitos, si un amigo
no falla a su amigo, por inoportuno que sea, ¿nos fallará el Dios y
Padre que con nosotros ha establecido una Alianza para siempre?
La oración es la respiración del mundo. Orar
permanentemente es el asidero, la cuerda de seguridad, que nos libra
de los peligros, o nos hace abordarlos de manera que los superemos.
No estamos solos. Alguien está ahí dispuesto
siempre a ser nuestro Aliado fiel, a pedirnos colaboración para que
este mundo y todo lo que lo constituye, sea distinto. La mayor
desgracia para una comunidad humana es que "se divorcie" de su Dios,
que rompa su Alianza con Dios. Ésto se expresa cuando ya no habla
con su Dios, cuando ya no tiene súplicas, ni nada porqué interceder.
Entonces esa comunidad humana queda al vaivén de su soledad e
impotencia.
Una Iglesia en Alianza con Dios es confiada,
tiene sentido del humor, sabe perder batalllas para ganar la guerra,
es compasiva, tiene una mirada amplia, confía en la acción íntima
del Espíritu Santo en el corazón de todos, sabe que Dios tiene
caminos que nosotros no tenemos. Una Iglesia en Alianza sabe que su
oración es permanente, constante. La casa está iluminada por la
Presencia a todas horas. No es una casa a oscuras. Cuando así es,
quienes buscan la luz, en ella la encuentran.