Un lobo fue elegido rey entre sus congéneres y
decretó una ley ordenando que lo que cada uno capturase en la caza,
lo pusiera en común y lo repartiese por partes iguales entre todos;
de esta manera ya no tendrían los lobos que devorarse unos a otros
en épocas de hambre.
Pero en eso lo escuchó un asno que estaba por ahí
cerca, y moviendo sus orejas le dijo:
"Magnífica idea ha brotado de tu corazón, pero ¿por
qué has escondido todo tu botín en tu cueva?
Llévalo a tu comunidad y repártelo también, como
lo has decretado".
El lobo, descubierto y confundido, derogó su ley.
Si alguna vez llegas a tener poder de legislar,
sé el primero en cumplir tus propias leyes.
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No cabe duda de que no podemos efectuar cambios o
mostrar un camino a los demás a menos que nosotros mismos estemos
dispuestos a dar ejemplo de cómo hacerlo.
Una vez más resuena en nuestros oídos aquella
famosa frase que reza: "tus acciones hablan tan alto que no permiten
escuchar lo que dices".
Si bien es cierto en nuestra cultura occidental
nos hemos acostumbrado a ver a políticos, empresarios y aún
religiosos que nos plantean leyes, proyectos e iniciativas que son
plausibles, sus vidas contradicen de plano lo que dicen.
Pero no tenemos por qué resignarnos a que ese sea
el nivel de vida nuestro ni de nuestra comunidad. Atrevámonos a
hacer la diferencia.
Y Dios está más que dispuesto a ayudarnos a
revolucionar nuestra generación para Cristo.
Salmos 1:1-2
Dichoso el hombre que no sigue el consejo de los malvados, ni se
detiene en la senda de los pecadores ni cultiva la amistad de los
blasfemos, sino que en la ley del Señor se deleita, y día y noche
medita en ella.