En Milagro en el río Kwai, Ernest Gordon relata
cómo los captores japoneses obligaron a los soldados escoceses a
trabajar en la construcción de unas vías férreas que atravesaban la
selva.
Las condiciones eran deplorables y los guardias,
brutales.
Cierto día faltó una pala.
El oficial a cargo se encolerizó y ordenó que la
consiguieran, porque si no los mataría a todos.
Y empuñó su arma. Se notaba que hablaba en serio.
Luego de unos momentos de tensión un hombre dio
un paso al frente.
El oficial dejó el arma, tomó una pala y lo
golpeó hasta matarlo frente a los demás prisioneros.
Solo les permitieron levantar el cadáver
ensangrentado y llevarlo con ellos para hacer un nuevo recuento de
herramientas.
Cuando volvieron a contar las palas descubrieron
que estaban todas.
Jamás había faltado una pala, simplemente habían
contado mal la primera vez.
El relato de lo ocurrido se diseminó con rapidez
por todo el campo de prisioneros.
Un hombre inocente había estado dispuesto a morir
para que los demás se salvaran.
El incidente produjo un gran efecto: la enorme
lealtad unió a los prisioneros.
Y en parte fue esa lealtad la que los fortaleció
para poder sobrevivir hasta su posterior liberación.
El sacrificio personal es inspirador para los
demás; es algo que da esperanzas y ánimo a las almas abatidas,
produce crecimiento y madurez.
Sin un dejo de sacrificio no existe el verdadero
liderazgo.
Santiago 4:14
Pues ¿qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que se aparece por
un poco de tiempo y luego se desvanece.