El nombre de Fabricio Lucio, célebre general
romano de los tiempos primitivos de expansión de la República, ha
quedado en la historia como emblema de probidad, sencillez,
desinterés e integridad ciudadanas.
Se dice que "hallándose el famoso general en la
más completa pobreza fue nombrado embajador por la República, para
ir a tratar con Pirro, rey de Epiro, sobre asuntos de la mayor
importancia concernientes a su patria.
Pirro lo recibió en su corte con las mayores
distinciones y trató de inducirlo para que secundara sus proyectos,
contrarios a Roma, ofreciéndole honores elevados y grandes riquezas."
Pirro conocía las valías morales de Fabricio, con
quien había luchado en acciones bélicas sin que hubiera logrado
vencerlo.
Conocía la entereza de carácter del noble
Fabricio y creyó que si lograba inclinarlo a su favor habría hecho
una trascendente adquisición.
En efecto, Pirro, haciendo uso de su habilidad,
de su talento y sus riquezas, y aprovechando la pobreza de Fabricio,
le hizo insinuaciones morbosas, indignas de la elevada moral del
ciudadano íntegro.
La contestación de Fabricio fue la siguiente:
"Si aún me crees honrado; ¿por qué pretendes
corromperme?
Y si me crees capaz de dejarme sobornar, ¿de qué
puedo servirte?"
Tan elocuente contestación hizo retroceder a
Pirro y le proporcionó una visión de un hombre cabal, digno de la
más alta consideración.
Qué fácil puede ser que seamos arrastrados por
las olas de corrupción. P
odemos olvidar que lo más valioso ni se compra,
ni se vende.
Y los más precioso es mantener libre la
conciencia y el corazón puro.
Las ofertas llegan, la tentación acecha, pero hoy
podemos levantar nuestro rostro y decirle al Señor, hoy diré NO, a
todo aquello que puede comprometer los principios.
Le dijo Dios en sueños: «Yo también sé que con
integridad de tu corazón has hecho esto. Y también yo te detuve de
pecar contra mí; por eso no permití que la tocaras.
Gen 20:6
Guardaos, pues, que vuestro corazón no se deje
engañar.
Deut 11:16
Escudríñame, Señor, y pruébame; examina mis
íntimos pensamientos y mi corazón.
Sal 26:2