¿Te agradan los zoológico? De cada animal hemos
extraído alguna lección aplicable a nuestra vida. Y ahora nos toca
observar a aquella gallina, debajo de la cual se habían colocado
varios huevos de pato para que los empollara. A su debido tiempo
nacieron los patitos, y comenzaron a dar sus paseos acompañados de
la gallina.
La gallina madre no se explicaba por qué sus polluelos eran tan
diferentesde ella.
Y ocurrió que cierto día llegaron a las cercanías de un estanque, y
los patitos, instintivamente, se fueron en línea recta hacia el agua.
La pobre gallina, creyendo que estaban en peligro de ahogarse, hacía
desesperados intentos para llamarlos y salvarlos, pero sin resultado.
No importaba que se los hubiese criado en tierra
seca, nadie pudo borrar de aquellos patitos su natural inclinación
hacia el agua, porque era parte de sus propios instintos.
¿No llevamos los seres humanos, también por instinto, a Dios en el
alma?
Negar su existencia equivaldría a desnaturalizarnos. Sería
resistirnos a aceptar algo que de todos modos se impone en el
corazón. El rey David declaró que Dios estaba “impuesto” en todos
sus caminos, y que no importaba adonde fuera, allí advertía la
presencia divina.
Cierto filósofo francés afirmaba que los hombres creen en Dios solo
porque se les inculca esta creencia desde niños. Y para demostrar su
pensamiento, llevó a un niño a su finca para educarlo con la orden
expresa de que nadie le hablara de Dios.
Pero al poco tiempo de iniciada su educación atea,
el filósofo encontró al niño cierta mañana mirando fijamente hacia
el sol naciente, y diciendo estas palabras: “¡Cuán hermoso eres, oh
sol” ¡Cuánto más grande y hermoso debe ser el que te hizo! Yo no lo
conozco; pero si tu lo ves, llévale un beso de mi parte”.
Sí, la convicción de la existencia de Dios forma parte de nuestra
naturaleza. Es un instinto humano, como lo reveló el niño de este
experimento; o como lo ilustraron los patitos de la historia. Por
instinto, la gallina permaneció en tierra seca, y por igual razón
los patitos se vieron atraídos por el agua.
¿Nos dice nuestro corazón que Dios existe, que El es todopoderoso, y
que podemos confiar en su conducción de amor?
Mientras el sol mantenga su brillo; mientras la tierra siga girando
sobre sueje; mientras las nubes del cielo nos regalen su lluvia;
mientras tengamos aire para llenar nuestros pulmones; mientras
nuestro corazón siga latiendo…
Mientras ocurra todo esto, podremos saber que
Dios existe, y que “en él vivimos, y nos movemos, y somos” (Hechos
17:28) Además, cada expresión sincera de afecto humano no es otra
cosa que un reflejo del amor divino, instalado en nuestros corazones.
Es señal de cordura espiritual confiar en Dios y rogarle que El
dirija nuestra vida. Si el rige sabiamente sobre el universo
infinito, ¿cómo no habría de regir tiernamente nuestro ser
individual?