Es curioso, en el seno materno estamos inmersos
en una bolsa de agua y cuando nacemos ninguno de nosotros sabemos
nadar.
Sólo tenemos la oportunidad de aprender a nadar
cuando la vida pone cerca de nosotros un río, un mar, una piscina o
un lago en el que podamos practicar nuestros primeros chapoteos y
cuando alguien nos invita a sumergirnos con la seguridad de que está
a nuestro lado y no va a pasarnos nada.
Frecuentemente estas experiencias las tenemos
cuando somos niños, es como dar nuestros primeros pasos es un
hábitat que no es el nuestro: el agua.
Las primeras experiencias con el agua suelen ser
de miedo, de temor ante lo desconocido, ante la sensación de no
hacer pie y no poder controlar nuestros movimientos para que el
cuerpo flote. La sinrazón nubla la razón del proceso mental que hay
que hacer rápidamente para serenarnos y ser capaces de mantenernos a
flote.
Por eso, para nadar... para vivir... hay que
hacer un proceso, un camino que a veces se presenta suave y
tranquilo y otras áspero e inseguro... pero hay que hacerlo.
Te invito a comenzar a nadar, si no sabes, o no
te sientes con seguridad para mantenerte a flote busca ayudas.
Existen flotadores, cuerdas, corchos, soportes que nos inician en
ese entrenamiento y a los que siempre podremos acudir si nos
sentimos más débiles. Pero, nunca dejes de nadar pues... nadar es
vivir.
Nadar supone "lanzarse al fondo" no saber lo que
allí vas a encontrar pero tener la seguridad de que vas a emerger
del agua porque la fuerza interior que tienes dentro te va a llevar
hacia arriba.
Nadar supone "dejarse hacer por Dios", es decir,
saber que en cada brazada que das Dios y tú estáis unidos, Él nunca
nos abandona y, menos aún cuando le buscamos desde nuestra debilidad
e inseguridad.
Nadar supone "exponerte a mareas calmadas o
fuertes oleajes" que pueden zarandearte despistándote del trayecto
que debes hacer para llegar a la orilla, esto supone un gran riesgo
que no todos estamos dispuestos a correr por temor a las
consecuencias que nos pueda traer lo desconocido.
Nadar supone "perder la temperatura corporal",
estar expuesto al frío o el calor de los hermanos que nadan en tu
vida.
Nadar supone "ser fuertes" para bracear y aletear
con energía. Esta fuerza sólo nos puede venir de lo alto y esa
fuerza nos ayudará a avanzar, al ritmo que sea, eso es lo de menos,
lo importante es no sucumbir y seguir nadando.
Los más adiestrados son capaces de bucear, los
más arriesgados son aquellos que no se conforman con la superficie
del agua que ven sino que se sumergen hacia la profundidad
desconocida en el mar.
Quiero ser, y te invito a ser, de aquellos que se
lanzan a la oscuridad del mar, aquellos que son capaces de descubrir
las riquezas y los tesoros que se albergan en el fondo. Quiero
descubrir los corales blancos y fuertes que esconden peces de
colores entre sus extremidades. Quiero descubrir la vida que fluye
en la profundidad, valorar cada cosa, extasiarme con la belleza de
cada una de las criaturas que viven en el fondo. Quiero encontrar la
estrella marina que con sus aspas me indique el camino para
encontrarte a ti tal y como hizo la estrella de Belén en el cielo
para mostrarnos el camino que nos llevó a Jesús.
Si encuentro seres vivos agresivos me esconderé
hasta que pasen, es mejor no enfrentarse con quien no merece la pena
luchar. Si encuentro animales dóciles y cercanos me asomaré
tímidamente para encontrar en ellos la belleza de la creación que
Dios hizo como regalo a nuestras manos, ojos, pies, oídos...
Tengo que aletear deprisa para moverme como un
pez, para sentir en el rostro la suavidad y el frescor del agua,
para creer de verdad que "es posible nadar, es posible avanzar sin
sucumbir".
La diversidad está en el mar, miles de seres y
partículas diferentes viven en un mismo hábitat a pesar de ser
distintos en tamaño, color, forma de vida, reproducción,... pero...
son capaces de convivir y de no romper la armonía de la creación.
Para bucear hay que entrenar, no basta con
lanzarse temerariamente, creyendo que podemos llegar al fondo sin
esfuerzo ni pericia. Para bucear, nadie mejor que Dios guiando
nuestro nado hacia el fondo marino, hacia el fondo de nosotros
mismos. A veces necesitaremos amigos, compañeros de viaje, que nos
ayuden a alcanzarlo, que nos envíen oxígeno cuando nuestra bombona
se vaya agotando, otras veces nos tocará bucear solos pero sabiendo
que Dios y nuestros amigos están arriba, en la barca, atentos al
movimiento del agua y deseando vernos emerger con una sonrisa en los
labios.
Cuando llegues a la orilla ponte depié y mira de
frente al mar. No temas su grandeza, admira su color, su sonido,
siente la brisa en tu piel... es Dios que te habla y te susurra al
oído: "Hijo mío, que estás en la tierra, se fuerte, que tu valentía
te impulse a lanzarte hacia tu interior para encontrar lo grande y
maravilloso que eres. No te dejes vencer por el desánimo y la
incomprensión. Nada hijo mío, nada siempre para no hundirte y para
decirle al mundo que sabes, que puedes y que quieres seguir nadando
todos los días. Ayuda a tus hermanos en sus brazadas, que no
sucumban. Todos son importantes porque a todos os he creado para ser
felices. Hijo mío, si te paralizas te hundirás... si mueves brazos y
pies resistirás, si confías en mí te deslizarás como una criatura
más del mar que conoce el fondo, porque -conoce su fondo-... y si
ayudas a otros en su trayectoria Yo, tu Dios, seré inmensamente más
feliz".