12 de Septiembre
MARÍA, EL NOMBRE DE LA VIRGEN
“Y el nombre de la Virgen era María”, nos dirá el
Evangelio. En la Sagrada Escritura y en la liturgia el nombre tiene
un sentido más profundo que el usual en el lenguaje de nuestros
días. Es la expresión de la personalidad del que lo lleva, de la
misión que Dios le encomienda al nacer, la razón de ser de su vida.
El nombre de la Madre de Dios no fue escogido al
azar. Fue traído del cielo. Todos los siglos han invocado el nombre
de María con el mayor respeto, confianza y amor... Si los nombres de
personajes bíblicos juegan papel tan importante en el drama de
nuestra redención y están llenos de sentido, ¡cuánto más el de
María!... Madre del Salvador, tenía que ser el más simbólico y
representativo de su tarea en mundo y eternidad. El más dulce y
suave, y, al mismo tiempo, el más bello de cuantos nombres se han
pronunciado en la tierra después del de Jesús. Sólo para los nombres
de María y Jesús ha establecido la liturgia una fiesta especial en
su calendario.
España se anticipó en solicitar y obtener de la
Santa Sede la celebración de la fiesta del Dulce Nombre de María.
Nuestros cruzados, después de ocho siglos de Reconquista, apenas
descubierta América, pidieron su celebración en 1513. Cuenca fue la
primera diócesis que la solemnizó.
La Virgen en sus distintas advocaciones, coronada
de estrellas o atravesada de espadas dolorosas, resume en su culto
los amores de la Península Ibérica. Creció bajo su manto, desde las
montañas de Covadonga al iniciar la gran cruzada de Occidente, hasta
terminarla invocando su nombre en aguas de Lepanto. La carabela de
Colón descubriendo América, la prodigiosa de Magallanes dando la
primera vuelta al mundo, bordarán también entre los pliegues de sus
velas henchidas al viento, el dulce nombre de María, Reina y Auxilio
de los cristianos.
Después de la derrota de Lepanto, los turcos se
retiran hacia el interior de Persia. Cien años más tarde, con
inesperado coraje, reaccionan y ponen sitio a Viena. Alborea límpido
y radiante el sol del 12 de septiembre de 1663. El ejército cruzado
‑sólo unos miles de hombres‑ se consagra a María. El rey polaco Juan
Sobieski ayuda la misa con brazos en cruz. Sus guerreros le imitan.
Después de comulgar, tras breve oración, se levanta y exclama lleno
de fe: ¡Marchemos bajo la poderosa protección de la Virgen Santa
María!»
Se lanzan al ataque de los sitiadores. Una
tormenta de granizo cae inesperada y violenta sobre el campamento
turco. Antes de anochecer, el prodigio se ha realizado. La victoria
sonríe a las fuerzas cristianas que se habían lanzado al combate
invocando el nombre de María, vencedora en cien batallas. Inocencio
XI extiende a toda la iglesia la festividad del dulce y santísimo
nombre de María para conmemorar este triunfo de la Virgen.
«Y el nombre de la Virgen era María»...
Preguntas: «¿quién eres?»> Con suavidad te responde: «Yo, como una
viña, di aroma fragante. Mis flores y frutos son bellos y
abundantes. Soy la madre del amor hermoso, del temor, de la santa
esperaza. Tengo la gracia del camino y de la verdad. En mí está la
esperanza de la vida» (cf. Si 24, 16‑21).
ESTRELLA, LUZ, DULZURA
María, Estrella del mar. En las tormentas de la
vida, cuando la galerna ruge y encrespa olas, cuando la navecilla
del alma está a punto de naufragar: Dios te salve, María, Estrella
del mar.
María, Esperanza. Eso significa también su nombre
arco iris de ilusión y anhelo que une el cielo con la tierra. «Feliz
el que ama tu santo nombre ‑grita San Buenaventura , pues es fuente
de gracia que refresca el alma sedienta y la hace fecunda en frutos
de justicia».
Está llena de luz y transparencia. Sostiene en
sus brazos a la luz del mundo (cf. Jn 8, 12). Irradia pureza. El
nombre de María indica castidad, apunta Pedro Crisólogo. Azucenas y
jazmines, nardos y lirios, embalsaman el ambiente con la fragancia
de sus perfumes. Pero María, iluminada y pura, nos embriaga con el
aroma de su virginidad incontaminada. Nos invita a todos: ,Venid a
mí los que me amáis, saciaos de mis frutos. Mi recuerdo es más dulce
que la. miel, mi heredad mejor que los panales» (Si 24, 19‑20).
María, mar amargo, simboliza asimismo su nombre.
Asociada a la redención dolorosa de Cristo, su corazón es mar de
amargura inundado de sufrimientos. Pide reparación y amor aún hoy,
en Fátima y Lourdes. Dios te salve María, mar amargo de dolores.
Angustia de madre, que ve con tristeza que sus hijos se condenan...
«María, nombre cargado de divinas dulzuras» (San
Alfonso de Ligorio, ‑ 1 de agosto). «Puede el Altísimo fabricar un
mundo mayor, extender un cielo más espacioso ‑exclama Conrado de
Sajonia‑, pero una madre mejor y más excelente no puede hacerla»».
Años antes, San Anselmo (‑‑ 21 de abril), prorrumpía lleno de
admiración: «Nada hay igual a ti, de cuanto existe, o está sobre ti
o debajo de ti. Sobre ti, sólo Dios. Debajo de ti, cuanto no es
Dios>.
«Dios te salve, María...» San Bernardo (.‑ 20 de
agosto), entusiasmado al mirarla, siente su corazón arrebatarse en
amor. Cantaba un día la Salve con sus monjes en un anochecer
misterioso. Llenos de melancolía y esperanza, los cistercienses
despiden el día rodeando a la Virgen. Al llegar a la petición final
‑‑‑después de este destierro, muéstranos a jesús, fruto bendito de
tu vientre‑, Bernardo sigue solo balbuceando lleno de Júbilo, loco
de amor: <«¡Oh clementísima, oh piadosísima, oh dulce Virgen
María...!»
MIRA A LA ESTRELLA, INVOCA A MARÍA
Estrella de
los mares. Ave, Maris stella», le canta la Iglesia. La estrella
irradia luz sin corromperse. De María nace Jesús sin mancillar su
pureza virginal. Ni el rayo de luz disminuye la claridad de la
estrella, ni el Hijo de la Virgen marchita su integridad. María es
la noble y brillante estrella que baña en su luz todo el orbe. Su
resplandor ilumina la tierra. Enardece corazones, florecen virtudes,
se amortiguan pasiones y se ahogan los vicios.
Es la estrella bella y hermosa reluciendo en las
tinieblas del mundo y marcándonos la ruta del cielo. «<Mi recuerdo
durará por los siglos. El que me come, tendrá más hambre; el que me
bebe, tendrá más sed. El que me escucha, no se avergonzará. El que
trabaja conmigo, no pecará. Los que me den a conocer, tendrán la
vida eterna» (cf. Si 24, 20‑22).
San Bernardo nos dice en este día del Santísimo y
Dulce Nombre de María: ,No apartes tu mirada del resplandor de esta
estrella, si no quieres sucumbir entre las olas del mundo. Cuando
soplen vientos de tentaciones o te abatan tribulaciones, mira a la
estrella, invoca a María. Cuando olas furiosas de soberbia, ambición
o envidia amenacen tragarte, mira a la estrella, invoca a María. Si
la ira, avaricia o impureza quieren hundir la nave de tu alma, mira
a la estrella, llama a María. Si, desesperado por la multitud de tus
pecados, anegado por tus miserias, empiezas a desconfiar de tu
salvación, piensa en María. En los peligros, en los sufrimientos, en
tus trabajos y luchas, piensa en María, invoca a María. Que su
nombre no se aleje de tu corazón ni se separe de tus labios».
«Dios te salve, María...» Es tu santo, el de
todos tus hijos. Recibe nuestra felicitación emocionada, llena de
confianza en el poder de tu nombre santísimo. Unámonos a la Iglesia
y con ella alegrémonos venerando el nombre de María para merecer
llegar a las eternas alegrías del cielo.
El Santísimo y Dulce Nombre de María será para
nosotros emblema de victoria. Así ella va delante señalando luminosa
el camino... Nos apropiamos las palabras de San Bernardo que
continúan su segunda homilía de la Anunciación. <,,Siguiéndola a
ella, no te desviarás. Rogándola, serás fuerte. Mirándola, no te
equivocarás. Agarrándote, no caerás. Siendo ella protectora, no
temerás. Capitana, no te fatigarás. Siendo propicia, llegarás».