Además de los llamados “tiempos fuertes”
del año litúrgico que preparan y celebran los grandes
misterios del Nacimiento y de la Pascua del Señor, se encuentra
el “tiempo ordinario” o “durante el año” en el que
se va evocando la vida pública de Cristo desde el Bautismo en el
Jordán a sus predicciones sobre el final de Jerusalén y de los
tiempos.
Este tiempo comienza el domingo que sigue al
6 de Enero y prosigue hasta el martes anterior al miércoles de
Ceniza, que da paso a la Cuaresma y al Tiempo Pascual;
interrumpido hasta Pentecostés, continúa de nuevo desde el lunes
siguiente hasta la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo,
hasta las primeras vísperas del tiempo de Adviento (hora nona);
contándose en total treinta y tres o treinta y cuatro semanas,
según los años.
Durante este tiempo no se celebra ningún
aspecto particular del misterio de Cristo, sino la totalidad del
misterio de Cristo. De ahí su designación de tiempo
ordinario, o durante el año, tiempo cotidiano o normal.
En las oraciones y plegarias eucarísticas el
misterio cristiano es celebrado como un todo unitario, sin
referirse a momentos concretos de la vida de Jesús de modo
exclusivo –lo que es contrario es normal en los “tiempos
fuertes”- de modo que se hace memoria a la totalidad del
designio salvador de Dios.
Las oraciones colectas, sobre las ofrendas y
después de la comunión proceden en su mayoría de los libros
litúrgicos latinos de los siglos VIII y IX, conservador en el
antiguo Misal Romano dentro de los domingos llamados “después
de Epifanía” y “después de Pentecostés”, si bien a
veces se ha modificado alguna expresión para adecuarla a la
sensibilidad religiosa contemporánea, con una valoración más
positiva del mundo.