La Mediator Dei afirma que es deber de la Iglesia, esposa de Cristo, el
celebrar el memorial del Señor. La dimensión pascual: el domingo, día del
Señor.
Breve Sinopsis:
S.C. 102:
Misterio de Cristo en el año litúrgico. “Deber” de la Iglesia de celebrar el
Domingo y el misterio Pascual (Triduo).
S.C. 103:
Misterio de María en el año litúrgico.
S.C. 104:
Misterio de los santos en el Misterio de Cristo, durante el año.
S.C. 105:
Complejidad de elementos del año litúrgico (ejercicios de piedad espiritual,
entre otros).
S.C. 106:
Valoración del Domingo, día del Señor resucitado y de la Asamblea. Este
numeral recupera la teología y la pastoral del Domingo.
S.C. 107 y 108:
Reforma del año litúrgico: Criterios generales de renovación tradición y
presentes.
S.C. 39 y 40:
Resalta la centralidad del Misterio pascual de Cristo en el año litúrgico.
S.C. 109 y 110:
Tiempo litúrgico de la Cuaresma.
S.C. 111:
Fiesta de los santos.
La constitución Sacrosanctum Concilium, del Concilio
Vaticano II, fue una de las primeras en presentarse y aprobarse, en 1.963.
Insistió bastante en la Reforma Litúrgica, en el volver a las fuentes,
respetar la tradición (Reforma litúrgica de Trento, S. IV) y en la búsqueda
de una liturgia celebrada y vivida más consciente y fructuosa por parte de
los fieles laicos.
Presenta una definición integral de liturgia en el
Numeral 7 de la misma. S.C. Además, esta Constitución del Vaticano II ofrece
las líneas generales de la Reforma litúrgica, con nuevos contenidos, pero la
ejecución práctica de estas normas se encuentra en los contenidos
eucológicos, los rituales del Misal, la Liturgia de las Horas, y los
rituales para los sacramentos.
Realmente, en esta obra tan grande por la que Dios es
perfectamente glorificado y los hombres santificados, Cristo asocia siempre
consigo a su amadísima Esposa la Iglesia, que invoca a su Señor y por El
tributa culto al Padre Eterno.
Con razón, entonces, se considera la Liturgia como el
ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles
significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y
así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros,
ejerce el culto público íntegro.
En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra
de Cristo sacerdotes y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada
por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no
la iguala ninguna otra acción de la Iglesia.
Por ello, sintetizamos la acción litúrgica de esta
constitución en lo siguiente:
1. La liturgia es «el ejercicio del sacerdocio de
Jesucristo».
«En ella los signos sensibles significan y, cada uno de
ellos a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo
místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto
público íntegro» (SC 7c). En la liturgia, la finalidad doxológica, por la
que se glorifica a Dios (doxa, gloria), y la soteriológica, que procura al
hombre la salvación (sotería), van siempre expresamente unidas.
2. La liturgia de la Iglesia visible es una participación
de la liturgia celestial.
«En la liturgia terrena pregustamos y tomamos parte en
aquella liturgia celestial que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén,
hacia la cual nos dirigimos como peregrinos» (SC 8). Esta doctrina es la
clave misma de la carta a los Hebreos, y sin ella no puede entenderse la
liturgia cristiana: «El punto principal de todo lo dicho es que tenemos un
Sumo Sacerdote que está sentado a la diestra del trono de la Majestad en los
cielos, como ministro del santuario y del tabernáculo verdadero» (Heb
8,1-2).
3. La liturgia terrena es, pues, presencia eficacísima en
este mundo del Cristo glorioso.
En efecto, «Cristo está siempre presente a su Iglesia,
sobre todo en la acción litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa,
sea en la persona del ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los
sacerdotes el mismo que entonces se ofreció en la cruz, sea sobre todo bajo
las especies eucarísticas. Está presente con su virtud en los sacramentos,
de modo que, cuando alguien bautiza, es Cristo quien bautiza. Está presente
en su palabra, pues cuando se lee en la Iglesia la sagrada Escritura, es él
quien habla. Está presente, por último, cuando la Iglesia suplica y canta
salmos, aquel mismo que prometió: «donde dos o tres están congregados en mi
nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20)» (SC 7a). A partir de la
presencia de Jesús, que está en los cielos, han de entenderse todos estos
modos eclesiales de hacerse realmente presente entre nosotros.