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sacerdocio ministerial

 

6.3.1.2  La Institución del Sacerdocio Ministerial

Este mismo se da la institución del sacerdocio, el cual confecciona el sublime misterio de la eucaristía… por ello no existe sacerdocio sin eucaristía y eucaristía sin sacerdocio son un solo acontecimiento. Por el sacerdocio se da el sacramento de la eucaristía el es quien consagra según las palabras del evangelio y la eucaristía no puede darse sino hay quien consagre la sustancia del pan y el vino, para darse la transubstanciación el cambio del pan en cuerpo y el vino en sangre de Cristo. Y para que un sacerdocio sin eucaristía, él mismo asume los sentimientos de Cristo y por ello actúa in persona Christi. La carta a los Hebreos presenta así mismo a Cristo como “Pontífice de los bienes futuros”, esto es, mediador sacerdotal para alcanzar los bienes futuros, mucho más deseables que los obtenidos por el santuario -tienda material- y por las prescripciones carnales. El nuevo Sacerdote nos ha ganado una redención eterna (9,12). No necesitó de la sangre de animales, sino que entró en el santuario eterno por su propia sangre, sacrificándose a sí mismo (7,27). Él es el Cordero inmolado profetizado por Isaías (53,7), anunciado por Juan el Bautista (Jn 1,36), contemplado en visión por el evangelista Juan (Ap 5,9-12). Su sacrificio ha sido el de una víctima agradable a Dios, purificando del pecado y de las obras muertas (6,1), limpiando nuestras conciencias y renovándonos interiormente para servir a Dios con el culto que le agrada, que es el mismo de Cristo.

Él es el Mediador y por su mediación recibimos la promesa de la herencia eterna; pero tuvo que morir para que fuera válido el testamento (9,17) sellado con su propia sangre, ya que sin efusión de sangre no hay remisión (9,22). Ahora (es decir, siempre) está intercediendo por nosotros (9,24).

Jesucristo “Fue Él quien constituyo a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, con el fin de equipar a los consagrados para la tarea del servicio y construir el cuerpo de Cristo” (Ef 4,lls,).

Los ministros son en la Iglesia enviados y representantes de Cristo (vicarios de Cristo), pueden confiar en la promesa hecha por Cristo a sus discípulos: “Quien os escucha a vosotros, me escucha a mí; quien os rechaza a vosotros, me rechaza a mi” (Lc 10,16). Esta presencia de Cristo en sus discípulos les confiere una autoridad que ellos ejercen en nombre del Señor, pero que sólo se les otorga si son humildes (Mc9,35). En el régimen cristiano van estrechamente unidas la humildad y la autoridad.

La autoridad del ministro es como la del mismo Cristo, completamente distinta del poder secular, y no puede servirse de medios de poder propios de este mundo. No busca afirmarse por sí misma; su fin es la salvación del pecador. Tampoco exige una aceptación humillante, sino que ha de ser aceptada interiormente; exige un convencimiento personal madurado en un clima de libertad. Más que en un “poder” propiamente dicho, consiste el ministerio eclesial en un cuidado, en una vigilancia ejercida en nombre de Dios.

No obstante, dentro del ámbito propio de la Iglesia, la autoridad de los ministros tiene cierta forma de potestad; así lo confirman varias sentencias del Señor: “Haced esto en conmemoración mía”; “Id y haced discípulos de todas las naciones”. Los Apóstoles son designados de este modo testigos y mensajeros para todo el tiempo de la historia de la salvación, hasta que Cristo vuelva, y desde Jerusalén hasta los confines del mundo. Estas palabras de Cristo se dirigen principalmente a los discípulos y, al mismo tiempo, a toda la Iglesia. De los discípulos se refieren especialmente a Pedro y, al mismo tiempo, a la totalidad de los apóstoles.

En este sentido puede decirse que la potestad en la Iglesia es “colegial”. Por eso en el ministerio de la Iglesia hay, lo mismo que en su misión, como dos aspectos o puntos de vista: por una parte, el ministerio es obligación de dar testimonio y de cumplir fielmente el servicio encomendado; esta obligación resulta de ser cristiano como tal, y por tanto la misión llama a todos; ser cristiano significa ser discípulo y ser discípulo significa ser apóstol. Por otra parte, uno es designado para un servicio mediante una encomienda determinada que tiene su origen en el mismo Cristo; y en este sentido existen los ministerios especiales dentro de la Iglesia.
 

LECTURA HISTÓRICA DEL SACERDOCIO

1. EL SACERDOCIO ANTES DE CRISTO.

La concepción del Sacerdocio en tas religiones paganas:

En diferentes pueblos de la antigüedad aparece la figura del sacerdote identificada en su más alta jerarquía con la persona del jefe político o nacional. Así, entre los egipcios el faraón era el sumo sacerdote; pero había también una casta sacerdotal, sagrada, en la cual se transmitía el sacerdocio por herencia de padres a hijos. Debían pronunciar las oraciones, llevar una vida ascética y abstenerse de relaciones sexuales mientras ejercían sus funciones sacerdotales. Sólo el principal de ellos podía entrar en lo íntimo del santuario. San Jerónimo nos trae un testimonio acerca del ascetismo que practicaban los sacerdotes egipcios y de cómo permanecían en el templo, dejando todos los negocios y cuidados del mundo (Adv.Iov.2,13).

Entre los babilonios también el rey era el sumo sacerdote o vicario de la divinidad. Existía, así mismo, la casta sacerdotal hereditaria. Cultivaban también la astrología y uno de ellos era como el adivino o consultor de la voluntad de los dioses.

Entre los árabes (tribus guerreras), el sacerdote era custodio del santuario mientras la tribu se dedicaba a sus incursiones y correrías. No consta de una casta sacerdotal entre los cananeos, pero se supone que existían sacerdotes. Entre los arameos, el sacerdote era llamado Komer.

En la cultura griega se menciona al sacerdote con un significado afín al de adivino. Se creía que el sacerdote y el adivino tenían fuerza o virtud interior para tratar y mediar con la divinidad y con lo santo. Ofrecían sacrificios los jefes de familia o tribu, de raza, de comunidad o de ciudad; e incluso los demás podían ofrecer purificaciones y expiaciones. Era sí propio de los sacerdotes el cuidado del santuario adscrito a una divinidad determinada; de ahí que se hable de sacerdotes de Júpiter, de Apolo, etc. Las funciones sacerdotales estaban reservadas a ciertas familias aristocráticas y eran transmitidas por herencia. Platón habla del “género de los sacerdotes” en la estructuración que hace de la sociedad ideal, atribuyéndoles el oficio de ofrecer sacrificios y oraciones. Aristóteles atribuye al oficio sacerdotal el cuidado de lo concerniente a la divinidad.

En la Stoa (300 a.c.) hallamos en Zenón, de la antigua stoa, una definición del sacerdote, según la cual éste debe tener conocimiento y experiencia en el culto, sobre todo de “las leyes del sacrificio”. Entre las cualidades morales del sacerdote sobresalen su piedad y el interiorizarse en la naturaleza divina; por la piedad llega a la ciencia del servicio divino. Así, culto y piedad del sacerdote están en estrecha relación. La verdadera sabiduría y prudencia debe ser propia del sacerdote.

Platón resume en tres condiciones las cualidades del sacerdote que se hace cargo de un santuario: carencia de defecto corporal, genuina ascendencia y estar libre de crímenes que manchan. Entre las prescripciones de pureza se menciona la castidad, que en muchos cultos era exigida, bien directamente como virginidad, bien al menos como continencia sexual en el tiempo del oficio sacerdotal.

El Sacerdote es símbolo del Logos, de la razón, en el judaísmo helenístico, debiendo llevar una vida sin mancha; la carencia de taras y defectos corporales es símbolo de su perfección en el alma. Para Filón, el pueblo judío tiene rango sacerdotal dentro de la humanidad a causa de su pureza y consagración por medio de la Ley. La legislación es una preparación para el sacerdocio.

En resumen podemos decir que en las religiones paganas el oficio sacerdotal era el de mediador o puente (pontífice) entre el Dios inaccesible y trascendente y el hombre débil y limitado. La mediación se realiza mediante la oración y, sobre todo, mediante el sacrificio. El oficio de vidente o adivino, transmisor de los oráculos divinos, era también propio del sacerdote, pero no alcanzó en estas religiones un carácter tan marcado como en Israel, o como después en el cristianismo, ya que en aquellas religiones no había un mensaje particular para aceptar o transmitir, pues el pertenecer a ellas venía dado por el hecho de haber nacido en tal país o raza.
 

El sacerdote entre los Hebreos:

En la época de los Patriarcas:

En la Biblia se mencionan funciones sacerdotales ejercidas por los mismos jefes de familia. Noé, después del diluvio, levanta un altar para Yahvé y, tomando de todos los animales puros, ofrece holocaustos sobre el altar (Gen 8,20). Abraham, después de contemplar la tierra prometida, edifica altares al Señor y en uno de ellos invoca el nombre de Yahvé (Gen l2,7ss.); también sacrifica diferentes animales después de recibir la promesa divina de la descendencia (Gen 15,5-18). Isaac edifica un altar en Bersabé e invoca allí el nombre del Señor (Gen 26,23-25). Jacob también levanta un altar en Salem (Gen 33,20). También habla la Biblia de sacrificios ofrecidos por el jefe político o rey, como Melquisedec, que juntaba en sí la dignidad real y la sacerdotal (Gen 14,18). En la tierra de Madián, un sacerdote, Jetró, era suegro de Moisés (Ex 2,16ss.; 3,1).

Aun antes de la legislación mosaica se conocen en Israel “los sacerdotes que se acercan a Yahvé”, pero que deben santificarse y no pasar los límites establecidos (Ex 19,22-24). El mismo Moisés “levantó un altar en la raíz del monte Sinaí” (Ex 24,4) y por medio de “jóvenes de los hijos de Israel” ofreció holocaustos y víctimas pacíficas a Yahvé (Ex 24,5ss.). Estos jóvenes que ejercen funciones sacerdotales pueden ser, a juicio de San Jerónimo, los primogénitos de las familias israelitas, que después serían sustituidos por los levitas.
 

El Sacerdocio mosaico:

Después de la alianza del Sinaí, el sacerdocio es ejercido por Aarón y sus hijos. Son llamados por Dios (Ex 28,1). Su indumentaria es prescrita minuciosamente (Ex 28,2-43), así como el rito de su consagración (Ex 29,1ss.). La tribu de Leví es destinada, como casta sacerdotal, para auxiliar al sumo sacerdote. Para el ejercicio del sacerdocio mosaico se exigía cierta perfección corporal y externa, así como limpieza y abstención de todo contacto con lo “impuro” (Lev 21,1-4.17-24). Debían cuidar su presentación exterior, vestidos, cabellera, barba (Lev 21,5), ya que debían mirar por el honor de Aquel a quien representaban, porque “ofrecían el incienso del Señor y los panes de su Dios” (Lev 21,6).

El Éxodo (29,1-37; 30,30-33; 40,12ss.), y el Levítico (8,2-36) describen minuciosamente la consagración sacerdotal de Aarón y de sus hijos. Son ritos de purificación y lavatorio, de imposición de vestiduras e insignias sagradas, de unción con el aceite aromatizado (Ex 30,22-25), de sacrificio y de expiación con la aspersión de la sangre. Se describen las vestiduras y demás accesorios que debían servir para darle esplendor a la casta sacerdotal delante del pueblo. Se exigía a los levitas cierta edad de madurez (de 25 a 50 años),así como cierta robustez corporal; después de los cincuenta años se les asignaban cargos de vigilancia (Num 8,24-26). Respecto a los sacerdotes descendientes de Aarón, la Ley no determina edad.

Más tarde, David, ante la multitud de descendientes de Aarón, dividió en 24 órdenes o turnos a los sucesores de Eleazar y de Atamar, para que por orden y suerte ejercitaran el ministerio sacerdotal (1Cro 24,l-l9; 2Cro 8,14). También se establecieron órdenes en el ministerio de los levitas y otros oficiales del templo (1Cro 24,20ss.).

Para el sostenimiento de la tribu de Leví no le fue asignada región especial en la repartición de las tribus; su sostenimiento era a base de los sacrificios y víctimas ofrecidas a Yahvé, el cual era así mismo su heredad (Jos 13,14; Num 18,20). Las primicias de las cosechas (Num 5,9; 18,13; Dt 26,11), los diezmos (Num 18,21-24; Dt 26,12), el rescate de los primogénitos (Ex 13,13; 22,29), ciertas expiaciones o compensaciones por los pecados (Num 5,6-8), lo proveniente de los votos o promesas de los israelitas (Num l8,14) eran otros tantos medios de subsistencia. Así mismo los sacerdotes recibían su parte en los sacrificios por el pecado y por delito (Lev.7,7; Num 18,9);en las oblaciones de Yahvé (Lev 2,1-3), en los panes de la proposición (Lev 24,9), en las víctimas pacíficas (Lev.7,30-34); también en los holocaustos se les reservaba la piel de la víctima. Estos manjares debían ser consumidos frecuentemente por los sacerdotes en el lugar santo (Lev 2 4,9).

El oficio más propio de los sacerdotes de Israel era el de ofrecer sacrificios, como mediadores entre el hombre y Dios. Ellos presentaban la oblación a Dios en nombre del pueblo (cfr. Lev cap.1 a 4; Si.45,7.16).

El ministerio sacerdotal de los descendientes de Aarón, cuando estos fueron numerosos, duraba por turno una semana, desde la tarde del sábado hasta el sacrificio matutino del sábado siguiente (cfr. 2Cro 23,5). Durante el tiempo de su oficio sacerdotal no debían beber vino ni bebidas embriagantes (Lev 10,9). Los sacerdotes, además, participaban en las guerras y oficios públicos, tocando las trompetas (Num 10,8; 31,6) y arengando antes de la batalla (Dt 20,2-4).

Era también propio de los sacerdotes enseñar la Ley (Lev 10,10s.; Ex 33,10). Tenían el carisma de contemplar en visión la voluntad de la divinidad; su mismo nombre “kohen”, viene del árabe “kahin”, que significa vidente o adivino. Sin embargo en Israel este oficio era ejercido por los profetas, mientras que el oficio sacerdotal miraba al culto.
 

El Sacerdocio en tiempo de los Reyes:

En el período de los reyes, y bajo su protección, florece el sacerdocio en Israel. El culto se ejercita principalmente en el santuario de la alianza, que recuerda lo pactado entre Yahvé y su pueblo; en Jerusalén, sobre todo, y en su templo de Sión. Allí florece el culto y aparece un derecho sacerdotal. Trono y altar se apoyan mutuamente, promocionando sobre todo los centros de culto y los sacerdotes que lo ofrecen. El servicio de los sacrificios prima sobre el de los oráculos y la enseñanza de la Ley.

Bajo la reforma del Rey Josías en el año 622 el culto es centralizado. Se insiste en que los levitas son los portadores de la tradición mosaica; en que se debe renunciar al culto de los falsos dioses, a la superstición y a la indisciplina cultual. El único lugar legítimo del culto es el templo de Yahvé en Sión. Abundan los sacrificios mucho más que la enseñanza de los mandamientos. Algunos profetas critican el carácter meramente exterior de este culto.

Durante el período que va desde la ruina y cautiverio hasta la vuelta del destierro babilónico (año 586 a 538), los sacerdotes desplegaron gran actividad para recoger y ordenar las Escrituras. Ezequiel y el libro de las Crónicas presentan el culto como oficio de los sacerdotes.


El Sacerdocio Postexílico:

Con la reorganización religiosa realizada por Esdras una vez vueltos del exilio, se reorganizó también el sacerdocio. Las prácticas y los derechos sacerdotales son objeto de ordenaciones jurídicas. El sacrificio único debía realizarse en el templo único y central. Pero los profetas reprendieron a los sacerdotes por su poco celo del honor divino y de la Ley (Miq 3,11; Mal 2,7s.); están ofreciendo pan manchado y víctimas defectuosas (Mal 1,6-10).

Aparecen en este tiempo los Escribas, quienes controlan a los sacerdotes por lo escrito en la Ley. Así va poco a poco adquiriendo mas importancia el escriba que el sacerdote, porque aquel es expositor de la Torá e instruye aun al mismo sacerdote. Sin embargo el sacerdote conserva su posición aristocrática y su gran influjo social.
 

El Sacerdocio en tiempo de Jesús:

El lugar preeminente lo ocupaban los sumos sacerdotes. Los sacerdotes ordinarios y del común, aunque formaban una clase aparte del pueblo judío, tenían poca importancia en comparación con el sumo sacerdote y con los doctores de la Ley. El oficio sacerdotal les había venido por herencia, y vivían en sus regiones o pueblos; actuaban sacerdotalmente en el templo dos semanas en el año y en las tres grandes fiestas de los israelitas.

Cuando en la Escritura se mencionan “sacerdotes y levitas” (1Cro 9,2, Ez 43,19; 44,15) se entienden los sacerdotes del género levítico. Pero también se pueden señalar dos clases conjuntamente, dos estratos o categorías de oficios (cfr. 1S 8,4; Is 62,21; Jer 33,18.21; Ez 44,10ss.) separando los servicios superiores y los inferiores.

Los sumos sacerdotes parecen haber formado un colegio con las funciones directivas, judiciales y administrativas del culto y del templo. Tenían participación en el Sanedrín. El jefe del templo era el que seguía en dignidad al sumo sacerdote principal; otros eran los altos funcionarios del templo. Jesús mismo reconoce su autoridad, pues encarga a los curados de la lepra que se presenten a ellos para cumplir con la Ley (Mt 8 , 4 ; Mc 1.44; Lc 5,14; 17,14; cfr. Lev 13,49) y que ofrezcan sacrificios. Sin embargo Jesús mismo presenta al samaritano como superior al sacerdote y al levita (Lc l0,31ss.). Es también Lucas quien menciona la gran multitud de sacerdotes que abrazan la fe (Hech 6,7).

Jesús no ha utilizado con frecuencia comparaciones del oficio sacerdotal, aunque sí se ha designado como más importante que el templo (Mt 12,6) y libre frente al sábado (Mt 12,2ss.). Nunca se llamó a sí mismo sacerdote, aunque implícitamente lo afirma al atribuirse el Salmo 109 (cfr. Mt 22,44ss.) en que se habla de la dignidad sacerdotal del Mesías.

La carta a los Hebreos trae múltiples referencias al sacerdocio levítico: lo ejercen personas llamadas por Dios (Heb 5,4-6); representa al pueblo ante Dios en su oficio y servicio (2,17;5 ,1) ; es solidario con la humanidad (5,lss.); su oficio propio es ofrecer sacrificios cruentos e incruentos por los pecados (5,1; 8,3; 10,11) para expiación (2,17).
 

2. EL “MINISTERIO” EN LA HISTORIA DE LA IGLESIA.

El Episcopado y el Presbiterado.

El hecho de que algunos documentos de la primera época cristiana no disciernan suficientemente entre episcopado y presbiterado, nos lleva a considerarlos dentro de una misma unidad. Veamos algunos testimonios mas claros:

Clemente de Roma (a.92-101) invoca la institución de “epíscopos” (y diáconos) por efecto de la sucesión apostólica, refiriendo a Jesucristo en definitiva el origen de estos oficios: “Los apóstoles nos evangelizaron de parte del Señor Jesucristo...Y así, según predicaban por lugares y ciudades la buena nueva, iban estableciendo a los que eran primicias de ellos -después de probarlos con el Espíritu- por epíscopos y diáconos de los que habían de creer” (Carta a los Corintios). Habla así mismo de la sucesión, ya que los Apóstoles dieron la norma de que al morir sus sucesores, otros varones probados recibieran su oficio sagrado. Como el ministerio no viene del pueblo (aunque el pueblo elija los ministros), no pueden ser depuestos de su oficio los que lo cumplen fielmente, “porque sería pecado no pequeño si expulsáramos del episcopado a los que intachable y santamente ofrecen los dones”. No designa Clemente en toda la carta al obispo como a una persona determinada y singular que dirija la comunidad de los Corintios, lo cual hace presumir que aun no existía en Corinto la figura del obispo monárquico. Pero sí habla en diferentes lugares de los “presbíteros” que gobiernan la comunidad y son los que han sido constituidos en el oficio sagrado. Estos presbíteros bien pueden considerarse equivalentes a los epíscopos, pero de una categoría meramente presbiteral o de segundo grado.

En la Didajé (a.90-100) o Doctrina de los Doce Apóstoles, se habla igualmente de los epíscopos y diáconos, sobre todo a propósito del oficio litúrgico dominical. Para partir el pan y dar gracias al Señor después de haber confesado los pecados, deben elegirse “episcopos y diáconos dignos del Señor, varones mansos y desinteresados, veraces y aprobados”. Como se ve por el documento, la finalidad es preferentemente litúrgica. Aquí también parecen coincidir los episcopos y los presbíteros en la realización de las funciones.

En San Ignacio de Antioquía aparece fuertemente delineada la figura del obispo monárquico, fuente de unidad y responsable de la Iglesia local. En las Iglesias del Asia Menor, a las cuales escribe sus cartas al final del siglo I, se encuentran nítidamente los tres grados jerárquicos en el pleno sentido en que después los ha conocido la tradición: obispos, presbíteros y diáconos. En la Carta a los Efesios exhorta a la unidad, basada sobre el obispo, pero a la cual no son ajenos los presbíteros, que están de tal modo armonizados con su obispo “como las cuerdas con la lira”. El obispo es el presidente de la oración litúrgica y de la comunidad, de ahí el que “hemos de mirar al obispo como al Señor mismo” y “obedecer al obispo y al presbiterio con pensamiento indivisible, partiendo un solo pan, que es medicina de inmortalidad”. La poca edad del obispo de Magnesia no debe ser obstáculo para prestarle la obediencia y el respeto debidos a su jerarquía, incluso por parte de los presbíteros.

El obispo es también el representante de Dios, “está en lugar de Dios”, y bajo su presidencia se debe vivir la concordia entre todos los creyentes, pues “cuantos son de Dios y de Jesucristo están con el obispo”. Así como Jesús nada hizo sin contar con su Padre, tampoco los cristianos deben hacer nada sin contar con el obispo y los presbíteros. Esto lo repite a los Tralianos: “No hagáis cosa alguna sin contar con el obispo, antes someteos también al presbiterio como a los Apóstoles de Jesucristo”; y a los de Esmirna: “El que honra al obispo es honrador de Dios. El que a ocultas del obispo hace algo, rinde culto al diablo”. Solo mediante la guía del obispo pueden los cristianos “abstenerse de toda hierba ajena, que es la herejía”; así también, sólo es segura la Eucaristía hecha por el obispo o por quien el autorizare, y no se puede bautizar sin su aprobación. La imagen de la unidad perfecta está en la Eucaristía, un solo altar, “así como un obispo junto con el presbiterio y los diáconos” dice a los Filadelfos.

Son, sin duda alguna, las cartas de Ignacio un argumento histórico firmísimo para tener por cierta la existencia de obispos monárquicos en las Iglesias del Asia Menor a las que él escribe, junto con un colegio de presbíteros y los diáconos. De su doctrina se desprende que ya son instituciones fijas, lo cual indica que existen desde hace ya algunos decenos (al final del siglo I).

Policarpo, obispo de Esmirna, en carta a los de Filipos (después del a.107), recomienda a todos “vivir sometidos a los presbíteros y a los diáconos, como a Dios y a Cristo”. No habla de la existencia de un obispo en Filipos.

En el Pastor de Hermas también encontramos la mención de los oficios directores de la comunidad: obispos, presbíteros y diáconos.

San Justino en la descripción que hace de la Eucaristía en su primera Apología, habla de “uno que preside”, en lo cual debe entenderse al obispo o un presbítero delegado por él. Él es quien recibe la ofrenda del pan y del vino mezclado con agua, dirige la oración litúrgica y la oración eucarística; los diáconos son quienes distribuyen la comunión a los presentes y la llevan luego a los ausentes. De esta manera el oficio sacerdotal propio del director de la asamblea ha quedado diseñado ya desde antes de la mitad del siglo II, que es cuando Justino escribe.

San Ireneo nos trae un testimonio valiosísimo con respecto a la sucesión apostólica. En su obra “Contra las Herejías” reconoce y puede enumerar la lista de los obispos instituidos por los apóstoles y los sucesores de ellos. Dice que ellos son los maestros de la auténtica fe. Enumera de hecho la sucesión de los obispos desde Pedro en la Iglesia de Roma. De Policarpo afirma expresamente que fue constituido por los Apóstoles “obispo de Esmirna”. Por tanto, hay que seguir la tradición que nos han dejado aquellos a quienes los Apóstoles encomendaban las Iglesias. Ireneo conoce bien el oficio y la función del obispo, aunque en ocasiones lo designe con el título de “presbítero”: “Hay que obedecer -decía- a los presbíteros que hay en la Iglesia, a los que tienen la sucesión de los apóstoles”. Con esta palabra (presbítero) designa en general a los discípulos inmediatos o mediatos de los Apóstoles.

Clemente de Alejandría conoce y menciona expresamente los tres grados jerárquicos de los presbíteros, obispos y diáconos, llamándolos “personas escogidas” para los cuales hay preceptos particulares en los libros sagrados. (Cfr. Pedagogus 3,12; y también en Stromata 6,13). También los menciona Orígenes (“De Oratione” 28,4).

Tertuliano en su “De baptismo” escribió sobre los tres oficios jerárquicos: “El derecho a dar el bautismo lo tiene el sumo sacerdote, que es el obispo; después los presbíteros y diáconos, pero no sin autorización del obispo”. Igualmente recalca con fuerza la idea de la sucesión apostólica en los obispos. A los herejes que pretendían enseñar doctrinas transmitidas por los Apóstoles, les conmina a mostrar los orígenes de sus Iglesias: “Que publiquen -dice- los orígenes de sus Iglesias; que desarrollen la lista de sus obispos desde el principio por diferentes sucesiones, de modo que el primer obispo haya tenido por promotor (autor) y antecesor a algunos de los Apóstoles o de los varones apostólicos, pero que haya perseverado con los Apóstoles. Porque de esta manera las Iglesias apostólicas proponen sus listas: la Iglesia de Esmirna cita a Policarpo, colocado por Juan; la de los Romanos pone a Clemente, ordenado por Pedro; y así los demás muestran quienes son los que poseen el vástago de la semilla apostólica, constituidos en el episcopado por los Apóstoles” (De praescrip. haeret.32).

San Cipriano habla de los “obispos que presidimos en la Iglesia”, exhortando a procurar la unidad; también habla de los presbíteros y los diáconos, a quienes dirige frecuentemente sus cartas. Los presbíteros están unidos con el obispo en la dignidad sacerdotal. Los presbíteros son sacerdotes que sirven al altar y a los sacrificios, dice en su Carta 72.

Eusebio de Cesarea en su Historia Eclesiástica (a.311-325), refiriéndose a la persecución de Diocleciano escribe que “las cárceles antes destinadas a los homicidas y expoliadores de sepulcros, entonces se llenaban de obispos, presbíteros, diáconos, lectores y exorcistas” (8,6).
 

Los Diáconos.

Los diáconos son mencionados juntamente con los obispos por Clemente, como instituidos por los Apóstoles. También la Didajé se les menciona en orden al ministerio litúrgico, “porque para vosotros también ellos ofician litúrgicamente”. San Ignacio de Antioquía no limita la función de los diáconos al servicio corporal, sino que la extiende a los ministerios sagrados y al servicio de la Iglesia de Jesucristo. Los diáconos son puestos por él dentro de los grados jerárquicos necesarios en la Iglesia. Ellos también están dentro del altar, ellos ofician a su manera en el sacrificio. Todos sus escritos manifiestan de modo claro el diaconado como una función firmemente establecida en las Iglesias; y esta figura jerárquica procede del “sentir de Jesucristo” y por su voluntad han sido constituidos, fortalecidos por el Espíritu Santo.

De igual modo presenta Policarpo a los diáconos como “ministros” de Dios y de Cristo y no de los hombres; de ahí el que deban ser irreprochables, “no calumniadores, no hipócritas, desinteresados, confinentes en todo, misericordiosos, diligentes, comunicando en la verdad del Señor, que se hizo servidor- (diácono) de todos”. El Pastor de Hermas entiende la diaconía en un sentido genérico de servicio o ministerio, que puede convenir a cualquier cristiano. Pero también entiende el diaconado como uno de los grados jerárquicos, junto a los apóstoles, obispos y doctores. Su oficio es el de administrar los bienes en favor de las viudas, huérfanos y necesitados. Es el ministerio del servicio temporal a la comunidad.

En la primera Apología de San Justino se pone muy de manifiesto la misión de los diáconos como auxiliares del misterio eucaristico, pues, según vimos, eran los encargados de distribuir el pan y el vino eucaristizados entre los presentes y de llevarlos a los ausentes.
 

Algunas conclusiones.

Del examen de los documentos escriturísticos y patrísticos que hemos realizado, así sea someramente, podemos sacar algunas conclusiones que nos permitirán comprender mejor la existencia y la razón de ser de los ministerios en la Iglesia. Veamos:

a) Las primeras Iglesias locales o regionales tenían una institución jerárquica, y eran gobernadas con autoridad apostólica, fuera directamente o mediante delegación especial.

b) Consta, así mismo, de la existencia del episcopado monárquico, ya desde Jerusalén con la presidencia de Santiago y un poco después en otras Iglesias.

c) El gobierno de las Iglesias locales se hacía ordinariamente mediante el colegio de presbíteros o presbiterio, al estilo del gobierno de las comunidades judías, con las funciones específicamente cristianas de apacentar, enseñar, vigilar por las rectas doctrinas, corregir los errores, etc., así como el presidir las asambleas litúrgicas.

d) Algunas funciones litúrgicas han sido practicadas únicamente por los apóstoles, tales como la imposición de las manos para comunicar bien el Espíritu o alguna misión carismática o ministerial. Lo podrán realizar después también los delegados y colaboradores de los apóstoles, que les sucederían en el gobierno de las Iglesias. Con ello se dibujaba ya de hecho la figura del “sucesor de los apóstoles”, con poderes característicos para ordenar nuevos “ministros” y para comunicar la plenitud del Espíritu después del bautismo.

e) El obispo monárquico es como el centro y la garantía de la unidad de la Iglesia local o regional en la conservación de la sana doctrina o depósito de la fe, en la conservación de la concordia fraterna y en la presidencia del culto, sobre todo eucarístico. Por su parte la Iglesia universal tiene su centro y garantía de unidad en la persona de Pedro, primero en Jerusalén y luego en Roma, y en los sucesores suyos.

f) Al obispo se le debía una especial veneración y obediencia como representante de Dios, e incluso su presbiterio y los diáconos debían estar muy unidos a el, los apóstoles a Dios y a Jesucristo. Del obispo dependía por consiguiente la celebración de la auténtica eucaristía, el bautismo, los sacramentos y la predicación. En torno al obispo se establecía, pues, la armonía de toda la comunidad.
 

3. LA EDAD PATRÍSTICA POSTNICENA.

Son abundantes los materiales de que se dispone para comprender la síntesis de los ministerios a partir del siglo IV; sin embargo faltan monografías y estudios particularizados. De ahí que haya que entresacar diversos testimonios sobre algunos puntos particulares.
 

La gracia del Espíritu Santo, comunicada por la imposición de manos.

Ya en las épocas anteriores vimos cómo la imposición de manos era el signo propio de la transmisión de la potestad ministerial. En estos siglos posteriores, se va a desarrollar aún más este rito y sus efectos sacramentales. Para San Basilio (a.374) aún aquellos que se apartaban de la Iglesia recibían el “don espiritual” por la imposición de manos. San Gregorio Niseno describe bellamente en el rito de la ordenación episcopal, ensalzan las altas potestades del obispo, a la vez que prescriben que “el obispo sea ordenado por tres o dos obispos”. La preeminencia local de un obispo la manifiestan estas palabras: “El obispo bendice, no es bendecido. Impone las manos, ordena, ofrece. Recibe la bendición de los obispos, pero no de los presbíteros. El obispo depone a todo clérigo que lo merezca, excepto a un obispo, porque esto no lo puede él solo” (Const. Apost.8).
 

El oficio diaconal.

Los Padres tenían plena conciencia del oficio diaconal como grado jerárquico. Así mismo aparece la índole sacramental de este oficio en las liturgias de ordenación de diáconos, análogas a las utilizadas para ordenar obispos y presbíteros, esto es, mediante la imposición de manos y la oración. San Siricio (a,385) incluye también a los diáconos (levitas) con los sacerdotes en las obligaciones del celibato. Incluso se exigía en una época el que siempre fueran siete, aunque se tratara de una eran ciudad.

Fue tal el crédito y el honor que tuvieron los diáconos como servidores de los obispos y una cosa con ellos, que llegaron algunos a pretender superioridad sobre los presbíteros. La llamada “rebelión de los diáconos romanos” del siglo IV, es índice de semejantes pretensiones; contra ellas el Concilio de Arlés (a.314) les dice que no presuman ofrecer sacrificios, y el Concilio de Nicea les recuerda que no comulguen antes de los presbíteros ni se sienten en medio de ellos. El autor anónimo del “Ambrosiaster” afirma la superioridad del presbítero sobre el diácono, en cuanto aquél es quien hace las veces del obispo, por ejemplo en la confirmación, y no el diácono. Incluso San Jerónimo pretende equiparar los presbíteros a los obispos con el fin de mostrar la superioridad de aquellos sobre los diáconos, aunque reconoce al obispo la potestad de ordenar que no tienen los presbíteros.
 

Validez de las ordenaciones cismáticas y de las conferidas por herejes.

Los santos Padres pensaron que la imposición de manos o la ordenación produce sus efectos aunque proceda de un ministro indigno. Es un sacramento y una acción de Cristo, que no queda desvirtuada por la indignidad del instrumento. San Basilio escribió que “los primeros que se apartaron de la Iglesia habían recibido la ordenación, y por la imposición de las manos de los Padres tenían el don espiritual”. Y San Jerónimo dice: “Si el que bautiza en su fe (herética) no puede dañar al bautizado, tampoco el que en su propia fe hace la ordenación del sacerdote le mancha”. San Agustín piensa igual, pues el que se aparta de la Iglesia, al no perder el bautismo, tampoco pierde el derecho a darlo: ni al bautismo ni al orden hay que hacer injuria, ya que como sacramentos ambos son acciones de Cristo. San Gregorio Magno (a.601) admitirá la validez de las órdenes conferidas por los nestorianos. Si León XII en 1896 declaró inválidas las ordenaciones anglicanas, no fue por razón de haber conferido dichas órdenes quienes estaban fuera de la Iglesia católica romana, sino solamente por vicio de forma y de intención (cuestión ésta que está siendo replanteada actualmente).
 

4. DOCTRINA DEL MAGISTERIO

La doctrina acerca del sacramento del orden del Concilio de Trento está contenida en la sesión XXIII del año 1563, bajo el pontificado de Pío IV. Presenta varios capítulos:

1- De la Institución del sacerdocio de la Nueva Ley: al recibir la Iglesia por institución del Señor el sacrificio de la Eucaristía, hay un nuevo sacerdocio, visible y externo, en el que fue trasladado el antiguo (Dz.957).

2- De las siete órdenes: Estuvieron en uso estos ministerios desde la primera Iglesia, aunque con distintos nombres: presbítero, diácono, subdiácono, acólito, exorcista, lector y ostiario (Dz.958).

3- Que el Orden es verdadero sacramento. Nadie debe dudar que el Orden es verdadera y propiamente uno de los siete sacramentos de la Iglesia, según el testimonio de 2Tim l,6s. y de 1Tim 4,14. (Dz.959).

4- De la Jerarquía Eclesiástica y de la Ordenación: El orden imprime carácter indeleble. El sacerdocio ministerial es distinto de la función de los fieles y es jerárquico, estando el episcopado en el grado máximo, pues los obispos suceden a los apóstoles y están puestos por el Espíritu Santo para regir la Iglesia de Dios, son superiores a los presbíteros y “confieren la confirmación, ordenan a los ministros de la Iglesia y pueden hacer muchas cosas más, en cuyo desempeño ninguna potestad tienen los otros de orden inferior”. Para la validez de la ordenación no se requiere el consentimiento del pueblo o de potestad secular alguna ni pueden arrogarse el sacerdocio por propia temeridad (Dz.960).

Presenta a continuación el Concilio los cánones sobre el sacramento del orden que resumen en general la enseñanza de los capítulos anteriores señalados (Dz.961 a 968).

El Papa León XIII, en la carta “Apostolicae curae” del año 1896, se pronunció contra la validez de las ordenaciones administradas por los anglicanos por defecto en la forma, al cual está unida una falta de intención (Dz.1963-1966).

Muy abundante es la doctrina sobre el sacerdocio de los Papas Pío XII, Paulo VI y Juan Pablo II, como preparación o explicitación de la doctrina del Vaticano II.
 

5. SÍNTESIS DE SANTO TOMÁS DE AQUINO.

Santo Tomás trata el sacramento del orden en la parte tercera de la Suma Teológica, cuestiones 34 a 40. No tanto por la actualidad de su doctrina como por la importancia de algunos conceptos fundamentales y por reflejar la teología medieval sobre el sacramento, presentaremos aquí una brevísima síntesis de las principales cuestiones tratadas por el santo doctor.

Cuestión 34: Del Sacramento del Orden: Se pregunta en primer lugar Santo Tomás si debe haber un orden en la Iglesia, a lo cual responde afirmativamente tomando como base el orden mismo que existe en el universo entero, pues “para que la Iglesia no careciese de esta belleza, puso Dios orden en ella, de suerte que unos administren a otros los sacramentos” (art.1). Y este orden es sacramento por cuanto “el sacramento...es una santificación dada al hombre mediante algún signo visible” lo cual efectivamente sucede en el orden mediante la consagración que se da al hombre (art.3). La materia de este sacramento es diferente de la utilizada en los otros sacramentos, pues su eficacia se encuentra fundamentalmente en el que lo confiere, teniendo la materia en este caso por función “determinar la potestad que entrega el que la tiene, más bien que causarla” (art.5).

Cuestión 35: De los Efectos del Sacramento del Orden: El orden confiere la gracia santificante, porque “a quien se le da divinamente una potestad, se le dan también los medios para usarla dignamente...y así como la gracia santificante es necesaria para que el hombre reciba dignamente los sacramentos, de igual modo lo es para su digna administración” (art.l). Sostiene la opinión, más común en su tiempo, de que todas las órdenes imprimen carácter lo cual “se confirma por el hecho de que permanecen para siempre y nunca pueden repetirse” (art.2), presuponiendo tal carácter del orden el carácter bautismal (art.3), no así el de la confirmación con carácter de necesidad pero sí por conveniencia (art.4); por su parte no cree que sea necesario haber recibido las órdenes menores para recibir las superiores, aunque la Iglesia lo ha querido disponer así (art.5).

Cuestión 36: De las cualidades de los ordenandos: El orden exige santidad de vida por precepto, pero no como algo necesario para que se dé el sacramento; de ahí que “si se ordenare uno que es malo, recibe verdaderamente el orden aunque cometiendo pecado” (art.l). Para desempeñar el oficio del orden, se requiere tener conocimiento suficiente (art.2) Quien promueva al orden a personas indignas peca gravemente por ser infiel al Dios Sumo, tanto más que esto redunda en daño de la Iglesia y de la gloria de Dios, que se fomenta con buenos ministros (art.4). Quien en pecado mortal ejerce un oficio sagrado, no hay duda de que lo hace indignamente y, por lo tanto, comete pecado mortal (art.5).

Cuestión 37: De la pluralidad de órdenes y de sus funciones: “La multiplicidad de órdenes se introdujo en la Iglesia por

ios son los documentos conciliares que presentan su enseñanza sobre el sacerdocio desde diversos ángulos. Ya la Constitución sobre la Liturgia, al poner de relieve que “la liturgia es la cima a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (S.C.16), ha puesto también de manifiesto la excelsa vocación del “liturgo”, esto es, del sacerdote. Toda la doctrina de esta Constitución acerca del sacrificio de la Misa (47-48), sobre la confesión y administración de los sacramentos y sacramentales (59-82), sobre la oración oficial de la Iglesia en la Liturgia de las Horas (83-101) y sobre el cultivo de la música sagrada (114-119), tiene ante la vista la función de los sacerdotes y clérigos. Por ello precisamente se debe formar en la liturgia a los que han de ser educadores y maestros del pueblo de Dios (14-18).

Todo el capítulo III de la Lumen Gentium está dedicado a exponer la estructura jerárquica de la Iglesia, desarrollando en primer lugar la doctrina del episcopado: el episcopado tiene su origen en el colegio de los Doce, instituido por Cristo (19); los obispos como sucesores de los Apóstoles (20); el episcopado como sacramento, el carácter y los oficios que confiere la consagración episcopal (21); la colegialidad episcopal, su naturaleza, condiciones y contenido (22); la unión dentro del colegio y la preocupación de todos por la Iglesia universal y por las misiones (23); la misión confiada por Cristo a los obispos y la misión canónica (24); los oficios episcopales de enseñar (25), de santificar (26), de gobernar (27). Luego habla de los presbíteros y los diáconos como que forman parte de la estructura jerárquica eclesial, siendo presentados como de institución divina (28). Los presbíteros son sacerdotes, a imagen de Cristo, y como cooperadores del orden episcopal, deben vivir en mutua fraternidad y deben ser padres para los fieles. Los diáconos por su parte tienen sus oficios característicos, que son ampliados por el Concilio, y su orden ha quedado restaurada como oficio permanente (29).

Sobre esta base se fundamentan los documentos Christus Dominus y Presbyterorum Ordinis, el primero sobre “el oficio pastoral de los obispos”, y el segundo “sobre él ministerio y vida de los presbíteros”. Con ello el Concilio ha querido poner de relieve la íntima unidad que entre el obispo como pastor de la Iglesia local, y el presbítero, como su colaborador necesario en el ministerio, debe reinar. La doctrina de estos documentos es bastante sólida y contiene muchos elementos para la reflexión y la comprensión clara del ministerio en la Iglesia. Igualmente, el Decreto Optatam Totius, sobre la formación sacerdotal, va todo encaminado a diseñar en el candidato al sacerdocio la imagen adecuada de la futura misión y vida sacerdotal. Un candidato al sacerdocio tendrá que estudiar a fondo estos documentos si es que quiere comprender la esencia y la razón de ser de su vocación al ministerio en la Iglesia.
 

6. LA VOCACIÓN Y LA PASTORAL VOCACIONAL.

Introducción.

La Exhortación Apostólica “Pastores Dabo Vobis” del Papa Juan Pablo II (1992) enfoca la vocación sacerdotal dentro del contexto universal de la vocación, dado que toda vida humana es una vocación, y en la vocación a la santidad que es universal en la Iglesia. “Toda vocación cristiana encuentra su fundamento en la elección gratuita y precedente de parte del Padre... Toda vocación cristiana viene de Dios, es don de Dios. Sin embargo nunca se concede fuera o independientemente de la Iglesia” (No.35). Y esta Iglesia, que por propia naturaleza es vocación, “es generadora y educadora de las vocaciones” (Ib.).

Se define la vocación sacerdotal como “un llamamiento, a través del sacramento del Orden recibido en la Iglesia, a ponerse al servicio del Pueblo de Dios con una peculiar pertenencia y configuración con Jesucristo y que da también la autoridad para actuar en su nombre ‘et in persona’ de quien es Cabeza y Pastor de la Iglesia” (Ib.). Por ello la vocación de cada uno de los presbíteros existe en la Iglesia y para la Iglesia como un don gratuito, por lo que el Obispo debe, no sólo examinar la idoneidad y la vocación del candidato, sino también reconocerla.

A la Iglesia le corresponde la tarea de la Pastoral Vocacional, presentándola de tal manera que “toda vocación, incluida la sacerdotal, pueda ser percibida en su verdad, amada en su belleza y vivida con entrega total y con gozo profundo” (No.37).

Algo definitivo en la Pastoral Vocacional es la imagen que del sacerdocio dan, de palabra y sobre todo de obra, quienes han optado por la vocación sacerdotal. La mejor pastoral vocacional es el testimonio de vida de los sacerdotes en los que aparezca “el espíritu de servicio y el verdadero gozo pascual y la excelencia y necesidad del sacerdocio” (P.O.ll). De ahí la vinculación de la Pastoral Vocacional con la pastoral orgánica sacerdotal.

Una conexión íntima debe darse también entre Pastoral Vocacional y Pastoral Familiar, dado que las familias son como “el primer seminario” (O.T.2). Igualmente debe estar en estrecha relación con la Pastoral Juvenil, ya que, como bien lo advierte Puebla, “toda Pastoral Juvenil debe ser al mismo tiempo pastoral vocacional” (No.865).Y Juan Pablo II decía en el Discurso inaugural de esta conferencia que “hay que reactivar una intensa acción pastoral que, partiendo de la vocación cristiana en general, de una pastoral juvenil entusiasta, dé a la Iglesia los servidores que necesita”. Sin embargo, la pastoral vocacional puede realizarse también independiente de la Pastoral Juvenil en cuanto ella no tiene barreras de edades y se dirige especialmente a cristianos que ya han optado por su fe. No se puede descuidar tampoco la pastoral vocacional entre los niños, con el fin de orientarlos de tal manera que estén preparados para responder generosamente al Señor como el Profeta: “Envíame Señor”.
 

Los responsables de la pastoral de promoción vocacional.

 La comunidad cristiana: “El deber de fomentar las vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana, la cual ha de procurarlo ante todo con una vida plenamente cristiana” (O.T.2), Es también fruto y expresión de la vitalidad y madurez de toda la comunidad eclesial (P.860).

 Los obispos: “Es deber primario de los obispos preocuparse para que se provea a la continuidad y suficiencia numérica de los diversos ministros de las sagrada jerarquía” (Directorio para el ministerio pastoral de los obispos, n.197).

 Los presbíteros: Con su testimonio de alegría y gozo pascual, con su entrega y sacrificio constante, todo sacerdote anima a otros para responder al Señor. Cualquiera que sea la misión del presbítero, párroco, cooperador, capellán, educador, etc., es el más inmediatamente llamado a sembrar y cultivar en el coraz6n de los jóvenes la vocación cristiana y sacerdotal. Su acción debe concentrarse muy especialmente en la oración personal y comunitaria por tal intención, ya que como bien lo dice Puebla, “la vocación es la respuesta de Dios providente a la comunidad orante” (n.882). De ahí la importancia de que el presbítero mantenga vivo en su comunidad el espíritu de oración por las vocaciones (v.gr., con la instauración de los jueves sacerdotales, grupos especiales de oración por las vocaciones...).

 Los religiosos y las religiosas: “Colaborarán a la promoción vocacional ante todo con el testimonio de su propia vida abnegada y penetrada de espíritu eclesial, con su oración asidua y su mortificación generosa.

 La familia: La experiencia de amor, de oración, de vida sacrificada en el seno del hogar, facilita el conocimiento de Dios como Padre y ayuda a que la llamada de Dios se pueda escuchar y obtenga una respuesta generosa.

 Los maestros y educadores: Han de orientar hacia una opción vocacional madura y acompañar a quienes están eligiendo su campo de misión específico en la Iglesia. Deben ser los primeros en promover apoyar y respetar las diferentes opciones que sus alumnos van tomando como respuesta a la vocación y a la vida (cfr. O.T.2).

 Los promotores vocacionales: Por medio del diálogo personal y de la organización de encuentros locales, zonales, etc., buscarán la identificación de los posibles candidatos al sacerdocio ministerial y su progresiva maduración humana y cristiana. Debe estar unido a un comité vocacional que sea “la expresión y órgano de la obra diocesana a favor de las vocaciones”.

 Los seminarios y seminaristas: Los seminaristas son agentes especiales de la Pastoral Vocacional entre sus compañeros; y el seminario se convierte así en un foco de promoción vocacional.
 

Recursos para la promoción vocacional.

En primer lugar se debe contar con la eficaz y necesaria ayuda de la oración, tal como lo pidió el mismo Cristo: “Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Lc 10,2). Deben aprovecharse, además, todos los medios de difusión que en la sociedad moderna tienen tanto poder y que se han convertido en vehículo obligado de comunicación humana. Finalmente, se debe buscar la financiación económica necesaria, tanto para la obra de promoción, como para apoyar a los seminaristas en su realización vocacional. Y en esto deben colaborar con entusiasmo todos los miembros de la comunidad.
 

Algunos criterios de pastoral vocacional.

 Es necesaria una permanente búsqueda de claridad y profundidad teológica sobre la unidad y diversidad de la vocación cristiana.

 El promotor vocacional debe ser sensible y dócil a la acción del Espíritu y hacer consciente a la comunidad de la presencia del Espíritu.

 Al ser la vocación la respuesta de Dios providente a la comunidad orante es necesario incrementar las diversas formas de oración personal y comunitaria.

 La pastoral vocacional debe tener en cuenta la dirección espiritual, cuyo objetivo es acompañar personalmente a quien es llamado, para que adquiera capacidad de interioridad, experiencia vivencial de Dios, discernimiento de su vocación y responda libremente al llamado de Dios.

 La vocación debe ser presentada como misión que implica desprendimiento, seguimiento y envío a todas las gentes.

 La Pastoral Vocacional debe orientar hacia una filial devoción a María Santísima. Debe ser propuesta como ejemplo de fidelidad a la vocación.

 Puesto que la juventud es el momento privilegiado de la opción vocacional, toda pastoral juvenil debe ser al mismo tiempo pastoral vocacional.

 La Pastoral Vocacional debe hacer madurar progresivamente los valores y virtudes humanas, para formar al hombre integral.

 La Pastoral Vocacional debe procurar que quienes se preparan a una vida de mayor compromiso, sean conscientes de su dignidad y responsabilidad histórica.

 La Pastoral Vocacional debe proyectar acciones concretas, para interesar y comprometer a toda la comunidad cristiana en el trabajo vocacional.

 Los mismos jóvenes deben ser agentes activos de la Pastoral Vocacional
 

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