6.3.1.2 La Institución del Sacerdocio
Ministerial
Este mismo se da la institución del sacerdocio,
el cual confecciona el sublime misterio de la eucaristía… por ello
no existe sacerdocio sin eucaristía y eucaristía sin sacerdocio son
un solo acontecimiento. Por el sacerdocio se da el sacramento de la
eucaristía el es quien consagra según las palabras del evangelio y
la eucaristía no puede darse sino hay quien consagre la sustancia
del pan y el vino, para darse la transubstanciación el cambio del
pan en cuerpo y el vino en sangre de Cristo. Y para que un
sacerdocio sin eucaristía, él mismo asume los sentimientos de Cristo
y por ello actúa in persona Christi. La carta a los Hebreos presenta
así mismo a Cristo como “Pontífice de los bienes futuros”, esto es,
mediador sacerdotal para alcanzar los bienes futuros, mucho más
deseables que los obtenidos por el santuario -tienda material- y por
las prescripciones carnales. El nuevo Sacerdote nos ha ganado una
redención eterna (9,12). No necesitó de la sangre de animales, sino
que entró en el santuario eterno por su propia sangre,
sacrificándose a sí mismo (7,27). Él es el Cordero inmolado
profetizado por Isaías (53,7), anunciado por Juan el Bautista (Jn
1,36), contemplado en visión por el evangelista Juan (Ap 5,9-12). Su
sacrificio ha sido el de una víctima agradable a Dios, purificando
del pecado y de las obras muertas (6,1), limpiando nuestras
conciencias y renovándonos interiormente para servir a Dios con el
culto que le agrada, que es el mismo de Cristo.
Él es el Mediador y por su mediación recibimos la
promesa de la herencia eterna; pero tuvo que morir para que fuera
válido el testamento (9,17) sellado con su propia sangre, ya que sin
efusión de sangre no hay remisión (9,22). Ahora (es decir, siempre)
está intercediendo por nosotros (9,24).
Jesucristo “Fue Él quien constituyo a unos
apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores
y maestros, con el fin de equipar a los consagrados para la tarea
del servicio y construir el cuerpo de Cristo” (Ef 4,lls,).
Los ministros son en la Iglesia enviados y
representantes de Cristo (vicarios de Cristo), pueden confiar en la
promesa hecha por Cristo a sus discípulos: “Quien os escucha a
vosotros, me escucha a mí; quien os rechaza a vosotros, me rechaza a
mi” (Lc 10,16). Esta presencia de Cristo en sus discípulos les
confiere una autoridad que ellos ejercen en nombre del Señor, pero
que sólo se les otorga si son humildes (Mc9,35). En el régimen
cristiano van estrechamente unidas la humildad y la autoridad.
La autoridad del ministro es como la del mismo
Cristo, completamente distinta del poder secular, y no puede
servirse de medios de poder propios de este mundo. No busca
afirmarse por sí misma; su fin es la salvación del pecador. Tampoco
exige una aceptación humillante, sino que ha de ser aceptada
interiormente; exige un convencimiento personal madurado en un clima
de libertad. Más que en un “poder” propiamente dicho, consiste el
ministerio eclesial en un cuidado, en una vigilancia ejercida en
nombre de Dios.
No obstante, dentro del ámbito propio de la
Iglesia, la autoridad de los ministros tiene cierta forma de
potestad; así lo confirman varias sentencias del Señor: “Haced esto
en conmemoración mía”; “Id y haced discípulos de todas las naciones”.
Los Apóstoles son designados de este modo testigos y mensajeros para
todo el tiempo de la historia de la salvación, hasta que Cristo
vuelva, y desde Jerusalén hasta los confines del mundo. Estas
palabras de Cristo se dirigen principalmente a los discípulos y, al
mismo tiempo, a toda la Iglesia. De los discípulos se refieren
especialmente a Pedro y, al mismo tiempo, a la totalidad de los
apóstoles.
En este sentido puede decirse que la potestad en
la Iglesia es “colegial”. Por eso en el ministerio de la Iglesia
hay, lo mismo que en su misión, como dos aspectos o puntos de vista:
por una parte, el ministerio es obligación de dar testimonio y de
cumplir fielmente el servicio encomendado; esta obligación resulta
de ser cristiano como tal, y por tanto la misión llama a todos; ser
cristiano significa ser discípulo y ser discípulo significa ser
apóstol. Por otra parte, uno es designado para un servicio mediante
una encomienda determinada que tiene su origen en el mismo Cristo; y
en este sentido existen los ministerios especiales dentro de la
Iglesia.
LECTURA HISTÓRICA DEL SACERDOCIO
1. EL SACERDOCIO ANTES DE CRISTO.
La concepción del Sacerdocio en tas religiones
paganas:
En diferentes pueblos de la antigüedad aparece la
figura del sacerdote identificada en su más alta jerarquía con la
persona del jefe político o nacional. Así, entre los egipcios el
faraón era el sumo sacerdote; pero había también una casta
sacerdotal, sagrada, en la cual se transmitía el sacerdocio por
herencia de padres a hijos. Debían pronunciar las oraciones, llevar
una vida ascética y abstenerse de relaciones sexuales mientras
ejercían sus funciones sacerdotales. Sólo el principal de ellos
podía entrar en lo íntimo del santuario. San Jerónimo nos trae un
testimonio acerca del ascetismo que practicaban los sacerdotes
egipcios y de cómo permanecían en el templo, dejando todos los
negocios y cuidados del mundo (Adv.Iov.2,13).
Entre los babilonios también el rey era el sumo
sacerdote o vicario de la divinidad. Existía, así mismo, la casta
sacerdotal hereditaria. Cultivaban también la astrología y uno de
ellos era como el adivino o consultor de la voluntad de los dioses.
Entre los árabes (tribus guerreras), el sacerdote
era custodio del santuario mientras la tribu se dedicaba a sus
incursiones y correrías. No consta de una casta sacerdotal entre los
cananeos, pero se supone que existían sacerdotes. Entre los arameos,
el sacerdote era llamado Komer.
En la cultura griega se menciona al sacerdote con
un significado afín al de adivino. Se creía que el sacerdote y el
adivino tenían fuerza o virtud interior para tratar y mediar con la
divinidad y con lo santo. Ofrecían sacrificios los jefes de familia
o tribu, de raza, de comunidad o de ciudad; e incluso los demás
podían ofrecer purificaciones y expiaciones. Era sí propio de los
sacerdotes el cuidado del santuario adscrito a una divinidad
determinada; de ahí que se hable de sacerdotes de Júpiter, de Apolo,
etc. Las funciones sacerdotales estaban reservadas a ciertas
familias aristocráticas y eran transmitidas por herencia. Platón
habla del “género de los sacerdotes” en la estructuración que hace
de la sociedad ideal, atribuyéndoles el oficio de ofrecer
sacrificios y oraciones. Aristóteles atribuye al oficio sacerdotal
el cuidado de lo concerniente a la divinidad.
En la Stoa (300 a.c.) hallamos en Zenón, de la
antigua stoa, una definición del sacerdote, según la cual éste debe
tener conocimiento y experiencia en el culto, sobre todo de “las
leyes del sacrificio”. Entre las cualidades morales del sacerdote
sobresalen su piedad y el interiorizarse en la naturaleza divina;
por la piedad llega a la ciencia del servicio divino. Así, culto y
piedad del sacerdote están en estrecha relación. La verdadera
sabiduría y prudencia debe ser propia del sacerdote.
Platón resume en tres condiciones las cualidades
del sacerdote que se hace cargo de un santuario: carencia de defecto
corporal, genuina ascendencia y estar libre de crímenes que manchan.
Entre las prescripciones de pureza se menciona la castidad, que en
muchos cultos era exigida, bien directamente como virginidad, bien
al menos como continencia sexual en el tiempo del oficio sacerdotal.
El Sacerdote es símbolo del Logos, de la razón,
en el judaísmo helenístico, debiendo llevar una vida sin mancha; la
carencia de taras y defectos corporales es símbolo de su perfección
en el alma. Para Filón, el pueblo judío tiene rango sacerdotal
dentro de la humanidad a causa de su pureza y consagración por medio
de la Ley. La legislación es una preparación para el sacerdocio.
En resumen podemos decir que en las religiones
paganas el oficio sacerdotal era el de mediador o puente (pontífice)
entre el Dios inaccesible y trascendente y el hombre débil y
limitado. La mediación se realiza mediante la oración y, sobre todo,
mediante el sacrificio. El oficio de vidente o adivino, transmisor
de los oráculos divinos, era también propio del sacerdote, pero no
alcanzó en estas religiones un carácter tan marcado como en Israel,
o como después en el cristianismo, ya que en aquellas religiones no
había un mensaje particular para aceptar o transmitir, pues el
pertenecer a ellas venía dado por el hecho de haber nacido en tal
país o raza.
El sacerdote entre los Hebreos:
En la época de los Patriarcas:
En la Biblia se mencionan funciones sacerdotales
ejercidas por los mismos jefes de familia. Noé, después del diluvio,
levanta un altar para Yahvé y, tomando de todos los animales puros,
ofrece holocaustos sobre el altar (Gen 8,20). Abraham, después de
contemplar la tierra prometida, edifica altares al Señor y en uno de
ellos invoca el nombre de Yahvé (Gen l2,7ss.); también sacrifica
diferentes animales después de recibir la promesa divina de la
descendencia (Gen 15,5-18). Isaac edifica un altar en Bersabé e
invoca allí el nombre del Señor (Gen 26,23-25). Jacob también
levanta un altar en Salem (Gen 33,20). También habla la Biblia de
sacrificios ofrecidos por el jefe político o rey, como Melquisedec,
que juntaba en sí la dignidad real y la sacerdotal (Gen 14,18). En
la tierra de Madián, un sacerdote, Jetró, era suegro de Moisés (Ex
2,16ss.; 3,1).
Aun antes de la legislación mosaica se conocen en
Israel “los sacerdotes que se acercan a Yahvé”, pero que deben
santificarse y no pasar los límites establecidos (Ex 19,22-24). El
mismo Moisés “levantó un altar en la raíz del monte Sinaí” (Ex 24,4)
y por medio de “jóvenes de los hijos de Israel” ofreció holocaustos
y víctimas pacíficas a Yahvé (Ex 24,5ss.). Estos jóvenes que ejercen
funciones sacerdotales pueden ser, a juicio de San Jerónimo, los
primogénitos de las familias israelitas, que después serían
sustituidos por los levitas.
El Sacerdocio mosaico:
Después de la alianza del Sinaí, el sacerdocio es
ejercido por Aarón y sus hijos. Son llamados por Dios (Ex 28,1). Su
indumentaria es prescrita minuciosamente (Ex 28,2-43), así como el
rito de su consagración (Ex 29,1ss.). La tribu de Leví es destinada,
como casta sacerdotal, para auxiliar al sumo sacerdote. Para el
ejercicio del sacerdocio mosaico se exigía cierta perfección
corporal y externa, así como limpieza y abstención de todo contacto
con lo “impuro” (Lev 21,1-4.17-24). Debían cuidar su presentación
exterior, vestidos, cabellera, barba (Lev 21,5), ya que debían mirar
por el honor de Aquel a quien representaban, porque “ofrecían el
incienso del Señor y los panes de su Dios” (Lev 21,6).
El Éxodo (29,1-37; 30,30-33; 40,12ss.), y el
Levítico (8,2-36) describen minuciosamente la consagración
sacerdotal de Aarón y de sus hijos. Son ritos de purificación y
lavatorio, de imposición de vestiduras e insignias sagradas, de
unción con el aceite aromatizado (Ex 30,22-25), de sacrificio y de
expiación con la aspersión de la sangre. Se describen las vestiduras
y demás accesorios que debían servir para darle esplendor a la casta
sacerdotal delante del pueblo. Se exigía a los levitas cierta edad
de madurez (de 25 a 50 años),así como cierta robustez corporal;
después de los cincuenta años se les asignaban cargos de vigilancia
(Num 8,24-26). Respecto a los sacerdotes descendientes de Aarón, la
Ley no determina edad.
Más tarde, David, ante la multitud de
descendientes de Aarón, dividió en 24 órdenes o turnos a los
sucesores de Eleazar y de Atamar, para que por orden y suerte
ejercitaran el ministerio sacerdotal (1Cro 24,l-l9; 2Cro 8,14).
También se establecieron órdenes en el ministerio de los levitas y
otros oficiales del templo (1Cro 24,20ss.).
Para el sostenimiento de la tribu de Leví no le
fue asignada región especial en la repartición de las tribus; su
sostenimiento era a base de los sacrificios y víctimas ofrecidas a
Yahvé, el cual era así mismo su heredad (Jos 13,14; Num 18,20). Las
primicias de las cosechas (Num 5,9; 18,13; Dt 26,11), los diezmos
(Num 18,21-24; Dt 26,12), el rescate de los primogénitos (Ex 13,13;
22,29), ciertas expiaciones o compensaciones por los pecados (Num
5,6-8), lo proveniente de los votos o promesas de los israelitas
(Num l8,14) eran otros tantos medios de subsistencia. Así mismo los
sacerdotes recibían su parte en los sacrificios por el pecado y por
delito (Lev.7,7; Num 18,9);en las oblaciones de Yahvé (Lev 2,1-3),
en los panes de la proposición (Lev 24,9), en las víctimas pacíficas
(Lev.7,30-34); también en los holocaustos se les reservaba la piel
de la víctima. Estos manjares debían ser consumidos frecuentemente
por los sacerdotes en el lugar santo (Lev 2 4,9).
El oficio más propio de los sacerdotes de Israel
era el de ofrecer sacrificios, como mediadores entre el hombre y
Dios. Ellos presentaban la oblación a Dios en nombre del pueblo (cfr.
Lev cap.1 a 4; Si.45,7.16).
El ministerio sacerdotal de los descendientes de
Aarón, cuando estos fueron numerosos, duraba por turno una semana,
desde la tarde del sábado hasta el sacrificio matutino del sábado
siguiente (cfr. 2Cro 23,5). Durante el tiempo de su oficio
sacerdotal no debían beber vino ni bebidas embriagantes (Lev 10,9).
Los sacerdotes, además, participaban en las guerras y oficios
públicos, tocando las trompetas (Num 10,8; 31,6) y arengando antes
de la batalla (Dt 20,2-4).
Era también propio de los sacerdotes enseñar la
Ley (Lev 10,10s.; Ex 33,10). Tenían el carisma de contemplar en
visión la voluntad de la divinidad; su mismo nombre “kohen”, viene
del árabe “kahin”, que significa vidente o adivino. Sin embargo en
Israel este oficio era ejercido por los profetas, mientras que el
oficio sacerdotal miraba al culto.
El Sacerdocio en tiempo de los Reyes:
En el período de los reyes, y bajo su protección,
florece el sacerdocio en Israel. El culto se ejercita principalmente
en el santuario de la alianza, que recuerda lo pactado entre Yahvé y
su pueblo; en Jerusalén, sobre todo, y en su templo de Sión. Allí
florece el culto y aparece un derecho sacerdotal. Trono y altar se
apoyan mutuamente, promocionando sobre todo los centros de culto y
los sacerdotes que lo ofrecen. El servicio de los sacrificios prima
sobre el de los oráculos y la enseñanza de la Ley.
Bajo la reforma del Rey Josías en el año 622 el
culto es centralizado. Se insiste en que los levitas son los
portadores de la tradición mosaica; en que se debe renunciar al
culto de los falsos dioses, a la superstición y a la indisciplina
cultual. El único lugar legítimo del culto es el templo de Yahvé en
Sión. Abundan los sacrificios mucho más que la enseñanza de los
mandamientos. Algunos profetas critican el carácter meramente
exterior de este culto.
Durante el período que va desde la ruina y
cautiverio hasta la vuelta del destierro babilónico (año 586 a 538),
los sacerdotes desplegaron gran actividad para recoger y ordenar las
Escrituras. Ezequiel y el libro de las Crónicas presentan el culto
como oficio de los sacerdotes.
El Sacerdocio Postexílico:
Con la reorganización religiosa realizada por
Esdras una vez vueltos del exilio, se reorganizó también el
sacerdocio. Las prácticas y los derechos sacerdotales son objeto de
ordenaciones jurídicas. El sacrificio único debía realizarse en el
templo único y central. Pero los profetas reprendieron a los
sacerdotes por su poco celo del honor divino y de la Ley (Miq 3,11;
Mal 2,7s.); están ofreciendo pan manchado y víctimas defectuosas
(Mal 1,6-10).
Aparecen en este tiempo los Escribas, quienes
controlan a los sacerdotes por lo escrito en la Ley. Así va poco a
poco adquiriendo mas importancia el escriba que el sacerdote, porque
aquel es expositor de la Torá e instruye aun al mismo sacerdote. Sin
embargo el sacerdote conserva su posición aristocrática y su gran
influjo social.
El Sacerdocio en tiempo de Jesús:
El lugar preeminente lo ocupaban los sumos
sacerdotes. Los sacerdotes ordinarios y del común, aunque formaban
una clase aparte del pueblo judío, tenían poca importancia en
comparación con el sumo sacerdote y con los doctores de la Ley. El
oficio sacerdotal les había venido por herencia, y vivían en sus
regiones o pueblos; actuaban sacerdotalmente en el templo dos
semanas en el año y en las tres grandes fiestas de los israelitas.
Cuando en la Escritura se mencionan “sacerdotes y
levitas” (1Cro 9,2, Ez 43,19; 44,15) se entienden los sacerdotes del
género levítico. Pero también se pueden señalar dos clases
conjuntamente, dos estratos o categorías de oficios (cfr. 1S 8,4; Is
62,21; Jer 33,18.21; Ez 44,10ss.) separando los servicios superiores
y los inferiores.
Los sumos sacerdotes parecen haber formado un
colegio con las funciones directivas, judiciales y administrativas
del culto y del templo. Tenían participación en el Sanedrín. El jefe
del templo era el que seguía en dignidad al sumo sacerdote
principal; otros eran los altos funcionarios del templo. Jesús mismo
reconoce su autoridad, pues encarga a los curados de la lepra que se
presenten a ellos para cumplir con la Ley (Mt 8 , 4 ; Mc 1.44; Lc
5,14; 17,14; cfr. Lev 13,49) y que ofrezcan sacrificios. Sin embargo
Jesús mismo presenta al samaritano como superior al sacerdote y al
levita (Lc l0,31ss.). Es también Lucas quien menciona la gran
multitud de sacerdotes que abrazan la fe (Hech 6,7).
Jesús no ha utilizado con frecuencia
comparaciones del oficio sacerdotal, aunque sí se ha designado como
más importante que el templo (Mt 12,6) y libre frente al sábado (Mt
12,2ss.). Nunca se llamó a sí mismo sacerdote, aunque implícitamente
lo afirma al atribuirse el Salmo 109 (cfr. Mt 22,44ss.) en que se
habla de la dignidad sacerdotal del Mesías.
La carta a los Hebreos trae múltiples referencias
al sacerdocio levítico: lo ejercen personas llamadas por Dios (Heb
5,4-6); representa al pueblo ante Dios en su oficio y servicio
(2,17;5 ,1) ; es solidario con la humanidad (5,lss.); su oficio
propio es ofrecer sacrificios cruentos e incruentos por los pecados
(5,1; 8,3; 10,11) para expiación (2,17).
2. EL “MINISTERIO” EN LA HISTORIA DE LA
IGLESIA.
El Episcopado y el Presbiterado.
El hecho de que algunos documentos de la primera
época cristiana no disciernan suficientemente entre episcopado y
presbiterado, nos lleva a considerarlos dentro de una misma unidad.
Veamos algunos testimonios mas claros:
Clemente de Roma (a.92-101) invoca la institución
de “epíscopos” (y diáconos) por efecto de la sucesión apostólica,
refiriendo a Jesucristo en definitiva el origen de estos oficios:
“Los apóstoles nos evangelizaron de parte del Señor Jesucristo...Y
así, según predicaban por lugares y ciudades la buena nueva, iban
estableciendo a los que eran primicias de ellos -después de
probarlos con el Espíritu- por epíscopos y diáconos de los que
habían de creer” (Carta a los Corintios). Habla así mismo de la
sucesión, ya que los Apóstoles dieron la norma de que al morir sus
sucesores, otros varones probados recibieran su oficio sagrado. Como
el ministerio no viene del pueblo (aunque el pueblo elija los
ministros), no pueden ser depuestos de su oficio los que lo cumplen
fielmente, “porque sería pecado no pequeño si expulsáramos del
episcopado a los que intachable y santamente ofrecen los dones”. No
designa Clemente en toda la carta al obispo como a una persona
determinada y singular que dirija la comunidad de los Corintios, lo
cual hace presumir que aun no existía en Corinto la figura del
obispo monárquico. Pero sí habla en diferentes lugares de los
“presbíteros” que gobiernan la comunidad y son los que han sido
constituidos en el oficio sagrado. Estos presbíteros bien pueden
considerarse equivalentes a los epíscopos, pero de una categoría
meramente presbiteral o de segundo grado.
En la Didajé (a.90-100) o Doctrina de los Doce
Apóstoles, se habla igualmente de los epíscopos y diáconos, sobre
todo a propósito del oficio litúrgico dominical. Para partir el pan
y dar gracias al Señor después de haber confesado los pecados, deben
elegirse “episcopos y diáconos dignos del Señor, varones mansos y
desinteresados, veraces y aprobados”. Como se ve por el documento,
la finalidad es preferentemente litúrgica. Aquí también parecen
coincidir los episcopos y los presbíteros en la realización de las
funciones.
En San Ignacio de Antioquía aparece fuertemente
delineada la figura del obispo monárquico, fuente de unidad y
responsable de la Iglesia local. En las Iglesias del Asia Menor, a
las cuales escribe sus cartas al final del siglo I, se encuentran
nítidamente los tres grados jerárquicos en el pleno sentido en que
después los ha conocido la tradición: obispos, presbíteros y
diáconos. En la Carta a los Efesios exhorta a la unidad, basada
sobre el obispo, pero a la cual no son ajenos los presbíteros, que
están de tal modo armonizados con su obispo “como las cuerdas con la
lira”. El obispo es el presidente de la oración litúrgica y de la
comunidad, de ahí el que “hemos de mirar al obispo como al Señor
mismo” y “obedecer al obispo y al presbiterio con pensamiento
indivisible, partiendo un solo pan, que es medicina de inmortalidad”.
La poca edad del obispo de Magnesia no debe ser obstáculo para
prestarle la obediencia y el respeto debidos a su jerarquía, incluso
por parte de los presbíteros.
El obispo es también el representante de Dios,
“está en lugar de Dios”, y bajo su presidencia se debe vivir la
concordia entre todos los creyentes, pues “cuantos son de Dios y de
Jesucristo están con el obispo”. Así como Jesús nada hizo sin contar
con su Padre, tampoco los cristianos deben hacer nada sin contar con
el obispo y los presbíteros. Esto lo repite a los Tralianos: “No
hagáis cosa alguna sin contar con el obispo, antes someteos también
al presbiterio como a los Apóstoles de Jesucristo”; y a los de
Esmirna: “El que honra al obispo es honrador de Dios. El que a
ocultas del obispo hace algo, rinde culto al diablo”. Solo mediante
la guía del obispo pueden los cristianos “abstenerse de toda hierba
ajena, que es la herejía”; así también, sólo es segura la Eucaristía
hecha por el obispo o por quien el autorizare, y no se puede
bautizar sin su aprobación. La imagen de la unidad perfecta está en
la Eucaristía, un solo altar, “así como un obispo junto con el
presbiterio y los diáconos” dice a los Filadelfos.
Son, sin duda alguna, las cartas de Ignacio un
argumento histórico firmísimo para tener por cierta la existencia de
obispos monárquicos en las Iglesias del Asia Menor a las que él
escribe, junto con un colegio de presbíteros y los diáconos. De su
doctrina se desprende que ya son instituciones fijas, lo cual indica
que existen desde hace ya algunos decenos (al final del siglo I).
Policarpo, obispo de Esmirna, en carta a los de
Filipos (después del a.107), recomienda a todos “vivir sometidos a
los presbíteros y a los diáconos, como a Dios y a Cristo”. No habla
de la existencia de un obispo en Filipos.
En el Pastor de Hermas también encontramos la
mención de los oficios directores de la comunidad: obispos,
presbíteros y diáconos.
San Justino en la descripción que hace de la
Eucaristía en su primera Apología, habla de “uno que preside”, en lo
cual debe entenderse al obispo o un presbítero delegado por él. Él
es quien recibe la ofrenda del pan y del vino mezclado con agua,
dirige la oración litúrgica y la oración eucarística; los diáconos
son quienes distribuyen la comunión a los presentes y la llevan
luego a los ausentes. De esta manera el oficio sacerdotal propio del
director de la asamblea ha quedado diseñado ya desde antes de la
mitad del siglo II, que es cuando Justino escribe.
San Ireneo nos trae un testimonio valiosísimo con
respecto a la sucesión apostólica. En su obra “Contra las Herejías”
reconoce y puede enumerar la lista de los obispos instituidos por
los apóstoles y los sucesores de ellos. Dice que ellos son los
maestros de la auténtica fe. Enumera de hecho la sucesión de los
obispos desde Pedro en la Iglesia de Roma. De Policarpo afirma
expresamente que fue constituido por los Apóstoles “obispo de
Esmirna”. Por tanto, hay que seguir la tradición que nos han dejado
aquellos a quienes los Apóstoles encomendaban las Iglesias. Ireneo
conoce bien el oficio y la función del obispo, aunque en ocasiones
lo designe con el título de “presbítero”: “Hay que obedecer -decía-
a los presbíteros que hay en la Iglesia, a los que tienen la
sucesión de los apóstoles”. Con esta palabra (presbítero) designa en
general a los discípulos inmediatos o mediatos de los Apóstoles.
Clemente de Alejandría conoce y menciona
expresamente los tres grados jerárquicos de los presbíteros, obispos
y diáconos, llamándolos “personas escogidas” para los cuales hay
preceptos particulares en los libros sagrados. (Cfr. Pedagogus 3,12;
y también en Stromata 6,13). También los menciona Orígenes (“De
Oratione” 28,4).
Tertuliano en su “De baptismo” escribió sobre los
tres oficios jerárquicos: “El derecho a dar el bautismo lo tiene el
sumo sacerdote, que es el obispo; después los presbíteros y diáconos,
pero no sin autorización del obispo”. Igualmente recalca con fuerza
la idea de la sucesión apostólica en los obispos. A los herejes que
pretendían enseñar doctrinas transmitidas por los Apóstoles, les
conmina a mostrar los orígenes de sus Iglesias: “Que publiquen
-dice- los orígenes de sus Iglesias; que desarrollen la lista de sus
obispos desde el principio por diferentes sucesiones, de modo que el
primer obispo haya tenido por promotor (autor) y antecesor a algunos
de los Apóstoles o de los varones apostólicos, pero que haya
perseverado con los Apóstoles. Porque de esta manera las Iglesias
apostólicas proponen sus listas: la Iglesia de Esmirna cita a
Policarpo, colocado por Juan; la de los Romanos pone a Clemente,
ordenado por Pedro; y así los demás muestran quienes son los que
poseen el vástago de la semilla apostólica, constituidos en el
episcopado por los Apóstoles” (De praescrip. haeret.32).
San Cipriano habla de los “obispos que presidimos
en la Iglesia”, exhortando a procurar la unidad; también habla de
los presbíteros y los diáconos, a quienes dirige frecuentemente sus
cartas. Los presbíteros están unidos con el obispo en la dignidad
sacerdotal. Los presbíteros son sacerdotes que sirven al altar y a
los sacrificios, dice en su Carta 72.
Eusebio de Cesarea en su Historia Eclesiástica
(a.311-325), refiriéndose a la persecución de Diocleciano escribe
que “las cárceles antes destinadas a los homicidas y expoliadores de
sepulcros, entonces se llenaban de obispos, presbíteros, diáconos,
lectores y exorcistas” (8,6).
Los Diáconos.
Los diáconos son mencionados juntamente con los
obispos por Clemente, como instituidos por los Apóstoles. También la
Didajé se les menciona en orden al ministerio litúrgico, “porque
para vosotros también ellos ofician litúrgicamente”. San Ignacio de
Antioquía no limita la función de los diáconos al servicio corporal,
sino que la extiende a los ministerios sagrados y al servicio de la
Iglesia de Jesucristo. Los diáconos son puestos por él dentro de los
grados jerárquicos necesarios en la Iglesia. Ellos también están
dentro del altar, ellos ofician a su manera en el sacrificio. Todos
sus escritos manifiestan de modo claro el diaconado como una función
firmemente establecida en las Iglesias; y esta figura jerárquica
procede del “sentir de Jesucristo” y por su voluntad han sido
constituidos, fortalecidos por el Espíritu Santo.
De igual modo presenta Policarpo a los diáconos
como “ministros” de Dios y de Cristo y no de los hombres; de ahí el
que deban ser irreprochables, “no calumniadores, no hipócritas,
desinteresados, confinentes en todo, misericordiosos, diligentes,
comunicando en la verdad del Señor, que se hizo servidor- (diácono)
de todos”. El Pastor de Hermas entiende la diaconía en un sentido
genérico de servicio o ministerio, que puede convenir a cualquier
cristiano. Pero también entiende el diaconado como uno de los grados
jerárquicos, junto a los apóstoles, obispos y doctores. Su oficio es
el de administrar los bienes en favor de las viudas, huérfanos y
necesitados. Es el ministerio del servicio temporal a la comunidad.
En la primera Apología de San Justino se pone muy
de manifiesto la misión de los diáconos como auxiliares del misterio
eucaristico, pues, según vimos, eran los encargados de distribuir el
pan y el vino eucaristizados entre los presentes y de llevarlos a
los ausentes.
Algunas conclusiones.
Del examen de los documentos escriturísticos y
patrísticos que hemos realizado, así sea someramente, podemos sacar
algunas conclusiones que nos permitirán comprender mejor la
existencia y la razón de ser de los ministerios en la Iglesia.
Veamos:
a) Las primeras Iglesias locales o regionales
tenían una institución jerárquica, y eran gobernadas con autoridad
apostólica, fuera directamente o mediante delegación especial.
b) Consta, así mismo, de la existencia del
episcopado monárquico, ya desde Jerusalén con la presidencia de
Santiago y un poco después en otras Iglesias.
c) El gobierno de las Iglesias locales se hacía
ordinariamente mediante el colegio de presbíteros o presbiterio, al
estilo del gobierno de las comunidades judías, con las funciones
específicamente cristianas de apacentar, enseñar, vigilar por las
rectas doctrinas, corregir los errores, etc., así como el presidir
las asambleas litúrgicas.
d) Algunas funciones litúrgicas han sido
practicadas únicamente por los apóstoles, tales como la imposición
de las manos para comunicar bien el Espíritu o alguna misión
carismática o ministerial. Lo podrán realizar después también los
delegados y colaboradores de los apóstoles, que les sucederían en el
gobierno de las Iglesias. Con ello se dibujaba ya de hecho la figura
del “sucesor de los apóstoles”, con poderes característicos para
ordenar nuevos “ministros” y para comunicar la plenitud del Espíritu
después del bautismo.
e) El obispo monárquico es como el centro y la
garantía de la unidad de la Iglesia local o regional en la
conservación de la sana doctrina o depósito de la fe, en la
conservación de la concordia fraterna y en la presidencia del culto,
sobre todo eucarístico. Por su parte la Iglesia universal tiene su
centro y garantía de unidad en la persona de Pedro, primero en
Jerusalén y luego en Roma, y en los sucesores suyos.
f) Al obispo se le debía una especial veneración
y obediencia como representante de Dios, e incluso su presbiterio y
los diáconos debían estar muy unidos a el, los apóstoles a Dios y a
Jesucristo. Del obispo dependía por consiguiente la celebración de
la auténtica eucaristía, el bautismo, los sacramentos y la
predicación. En torno al obispo se establecía, pues, la armonía de
toda la comunidad.
3. LA EDAD PATRÍSTICA POSTNICENA.
Son abundantes los materiales de que se dispone
para comprender la síntesis de los ministerios a partir del siglo
IV; sin embargo faltan monografías y estudios particularizados. De
ahí que haya que entresacar diversos testimonios sobre algunos
puntos particulares.
La gracia del Espíritu Santo, comunicada por
la imposición de manos.
Ya en las épocas anteriores vimos cómo la
imposición de manos era el signo propio de la transmisión de la
potestad ministerial. En estos siglos posteriores, se va a
desarrollar aún más este rito y sus efectos sacramentales. Para San
Basilio (a.374) aún aquellos que se apartaban de la Iglesia recibían
el “don espiritual” por la imposición de manos. San Gregorio Niseno
describe bellamente en el rito de la ordenación episcopal, ensalzan
las altas potestades del obispo, a la vez que prescriben que “el
obispo sea ordenado por tres o dos obispos”. La preeminencia local
de un obispo la manifiestan estas palabras: “El obispo bendice, no
es bendecido. Impone las manos, ordena, ofrece. Recibe la bendición
de los obispos, pero no de los presbíteros. El obispo depone a todo
clérigo que lo merezca, excepto a un obispo, porque esto no lo puede
él solo” (Const. Apost.8).
El oficio diaconal.
Los Padres tenían plena conciencia del oficio
diaconal como grado jerárquico. Así mismo aparece la índole
sacramental de este oficio en las liturgias de ordenación de
diáconos, análogas a las utilizadas para ordenar obispos y
presbíteros, esto es, mediante la imposición de manos y la oración.
San Siricio (a,385) incluye también a los diáconos (levitas) con los
sacerdotes en las obligaciones del celibato. Incluso se exigía en
una época el que siempre fueran siete, aunque se tratara de una eran
ciudad.
Fue tal el crédito y el honor que tuvieron los
diáconos como servidores de los obispos y una cosa con ellos, que
llegaron algunos a pretender superioridad sobre los presbíteros. La
llamada “rebelión de los diáconos romanos” del siglo IV, es índice
de semejantes pretensiones; contra ellas el Concilio de Arlés
(a.314) les dice que no presuman ofrecer sacrificios, y el Concilio
de Nicea les recuerda que no comulguen antes de los presbíteros ni
se sienten en medio de ellos. El autor anónimo del “Ambrosiaster”
afirma la superioridad del presbítero sobre el diácono, en cuanto
aquél es quien hace las veces del obispo, por ejemplo en la
confirmación, y no el diácono. Incluso San Jerónimo pretende
equiparar los presbíteros a los obispos con el fin de mostrar la
superioridad de aquellos sobre los diáconos, aunque reconoce al
obispo la potestad de ordenar que no tienen los presbíteros.
Validez de las ordenaciones cismáticas y de
las conferidas por herejes.
Los santos Padres pensaron que la imposición de
manos o la ordenación produce sus efectos aunque proceda de un
ministro indigno. Es un sacramento y una acción de Cristo, que no
queda desvirtuada por la indignidad del instrumento. San Basilio
escribió que “los primeros que se apartaron de la Iglesia habían
recibido la ordenación, y por la imposición de las manos de los
Padres tenían el don espiritual”. Y San Jerónimo dice: “Si el que
bautiza en su fe (herética) no puede dañar al bautizado, tampoco el
que en su propia fe hace la ordenación del sacerdote le mancha”. San
Agustín piensa igual, pues el que se aparta de la Iglesia, al no
perder el bautismo, tampoco pierde el derecho a darlo: ni al
bautismo ni al orden hay que hacer injuria, ya que como sacramentos
ambos son acciones de Cristo. San Gregorio Magno (a.601) admitirá la
validez de las órdenes conferidas por los nestorianos. Si León XII
en 1896 declaró inválidas las ordenaciones anglicanas, no fue por
razón de haber conferido dichas órdenes quienes estaban fuera de la
Iglesia católica romana, sino solamente por vicio de forma y de
intención (cuestión ésta que está siendo replanteada actualmente).
4. DOCTRINA DEL MAGISTERIO
La doctrina acerca del sacramento del orden del
Concilio de Trento está contenida en la sesión XXIII del año 1563,
bajo el pontificado de Pío IV. Presenta varios capítulos:
1- De la Institución del sacerdocio de la Nueva
Ley: al recibir la Iglesia por institución del Señor el sacrificio
de la Eucaristía, hay un nuevo sacerdocio, visible y externo, en el
que fue trasladado el antiguo (Dz.957).
2- De las siete órdenes: Estuvieron en uso estos
ministerios desde la primera Iglesia, aunque con distintos nombres:
presbítero, diácono, subdiácono, acólito, exorcista, lector y
ostiario (Dz.958).
3- Que el Orden es verdadero sacramento. Nadie
debe dudar que el Orden es verdadera y propiamente uno de los siete
sacramentos de la Iglesia, según el testimonio de 2Tim l,6s. y de
1Tim 4,14. (Dz.959).
4- De la Jerarquía Eclesiástica y de la
Ordenación: El orden imprime carácter indeleble. El sacerdocio
ministerial es distinto de la función de los fieles y es jerárquico,
estando el episcopado en el grado máximo, pues los obispos suceden a
los apóstoles y están puestos por el Espíritu Santo para regir la
Iglesia de Dios, son superiores a los presbíteros y “confieren la
confirmación, ordenan a los ministros de la Iglesia y pueden hacer
muchas cosas más, en cuyo desempeño ninguna potestad tienen los
otros de orden inferior”. Para la validez de la ordenación no se
requiere el consentimiento del pueblo o de potestad secular alguna
ni pueden arrogarse el sacerdocio por propia temeridad (Dz.960).
Presenta a continuación el Concilio los cánones
sobre el sacramento del orden que resumen en general la enseñanza de
los capítulos anteriores señalados (Dz.961 a 968).
El Papa León XIII, en la carta “Apostolicae curae”
del año 1896, se pronunció contra la validez de las ordenaciones
administradas por los anglicanos por defecto en la forma, al cual
está unida una falta de intención (Dz.1963-1966).
Muy abundante es la doctrina sobre el sacerdocio
de los Papas Pío XII, Paulo VI y Juan Pablo II, como preparación o
explicitación de la doctrina del Vaticano II.
5. SÍNTESIS DE SANTO TOMÁS DE AQUINO.
Santo Tomás trata el sacramento del orden en la
parte tercera de la Suma Teológica, cuestiones 34 a 40. No tanto por
la actualidad de su doctrina como por la importancia de algunos
conceptos fundamentales y por reflejar la teología medieval sobre el
sacramento, presentaremos aquí una brevísima síntesis de las
principales cuestiones tratadas por el santo doctor.
Cuestión 34: Del Sacramento del Orden: Se
pregunta en primer lugar Santo Tomás si debe haber un orden en la
Iglesia, a lo cual responde afirmativamente tomando como base el
orden mismo que existe en el universo entero, pues “para que la
Iglesia no careciese de esta belleza, puso Dios orden en ella, de
suerte que unos administren a otros los sacramentos” (art.1). Y este
orden es sacramento por cuanto “el sacramento...es una santificación
dada al hombre mediante algún signo visible” lo cual efectivamente
sucede en el orden mediante la consagración que se da al hombre
(art.3). La materia de este sacramento es diferente de la utilizada
en los otros sacramentos, pues su eficacia se encuentra
fundamentalmente en el que lo confiere, teniendo la materia en este
caso por función “determinar la potestad que entrega el que la tiene,
más bien que causarla” (art.5).
Cuestión 35: De los Efectos del Sacramento del
Orden: El orden confiere la gracia santificante, porque “a quien se
le da divinamente una potestad, se le dan también los medios para
usarla dignamente...y así como la gracia santificante es necesaria
para que el hombre reciba dignamente los sacramentos, de igual modo
lo es para su digna administración” (art.l). Sostiene la opinión,
más común en su tiempo, de que todas las órdenes imprimen carácter
lo cual “se confirma por el hecho de que permanecen para siempre y
nunca pueden repetirse” (art.2), presuponiendo tal carácter del
orden el carácter bautismal (art.3), no así el de la confirmación
con carácter de necesidad pero sí por conveniencia (art.4); por su
parte no cree que sea necesario haber recibido las órdenes menores
para recibir las superiores, aunque la Iglesia lo ha querido
disponer así (art.5).
Cuestión 36: De las cualidades de los ordenandos:
El orden exige santidad de vida por precepto, pero no como algo
necesario para que se dé el sacramento; de ahí que “si se ordenare
uno que es malo, recibe verdaderamente el orden aunque cometiendo
pecado” (art.l). Para desempeñar el oficio del orden, se requiere
tener conocimiento suficiente (art.2) Quien promueva al orden a
personas indignas peca gravemente por ser infiel al Dios Sumo, tanto
más que esto redunda en daño de la Iglesia y de la gloria de Dios,
que se fomenta con buenos ministros (art.4). Quien en pecado mortal
ejerce un oficio sagrado, no hay duda de que lo hace indignamente y,
por lo tanto, comete pecado mortal (art.5).
Cuestión 37: De la pluralidad de órdenes y de sus
funciones: “La multiplicidad de órdenes se introdujo en la Iglesia
por
ios son los documentos conciliares que presentan
su enseñanza sobre el sacerdocio desde diversos ángulos. Ya la
Constitución sobre la Liturgia, al poner de relieve que “la liturgia
es la cima a la cual tiende la actividad de la Iglesia y al mismo
tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza” (S.C.16), ha puesto
también de manifiesto la excelsa vocación del “liturgo”, esto es,
del sacerdote. Toda la doctrina de esta Constitución acerca del
sacrificio de la Misa (47-48), sobre la confesión y administración
de los sacramentos y sacramentales (59-82), sobre la oración oficial
de la Iglesia en la Liturgia de las Horas (83-101) y sobre el
cultivo de la música sagrada (114-119), tiene ante la vista la
función de los sacerdotes y clérigos. Por ello precisamente se debe
formar en la liturgia a los que han de ser educadores y maestros del
pueblo de Dios (14-18).
Todo el capítulo III de la Lumen Gentium está
dedicado a exponer la estructura jerárquica de la Iglesia,
desarrollando en primer lugar la doctrina del episcopado: el
episcopado tiene su origen en el colegio de los Doce, instituido por
Cristo (19); los obispos como sucesores de los Apóstoles (20); el
episcopado como sacramento, el carácter y los oficios que confiere
la consagración episcopal (21); la colegialidad episcopal, su
naturaleza, condiciones y contenido (22); la unión dentro del
colegio y la preocupación de todos por la Iglesia universal y por
las misiones (23); la misión confiada por Cristo a los obispos y la
misión canónica (24); los oficios episcopales de enseñar (25), de
santificar (26), de gobernar (27). Luego habla de los presbíteros y
los diáconos como que forman parte de la estructura jerárquica
eclesial, siendo presentados como de institución divina (28). Los
presbíteros son sacerdotes, a imagen de Cristo, y como cooperadores
del orden episcopal, deben vivir en mutua fraternidad y deben ser
padres para los fieles. Los diáconos por su parte tienen sus oficios
característicos, que son ampliados por el Concilio, y su orden ha
quedado restaurada como oficio permanente (29).
Sobre esta base se fundamentan los documentos
Christus Dominus y Presbyterorum Ordinis, el primero sobre “el
oficio pastoral de los obispos”, y el segundo “sobre él ministerio y
vida de los presbíteros”. Con ello el Concilio ha querido poner de
relieve la íntima unidad que entre el obispo como pastor de la
Iglesia local, y el presbítero, como su colaborador necesario en el
ministerio, debe reinar. La doctrina de estos documentos es bastante
sólida y contiene muchos elementos para la reflexión y la
comprensión clara del ministerio en la Iglesia. Igualmente, el
Decreto Optatam Totius, sobre la formación sacerdotal, va todo
encaminado a diseñar en el candidato al sacerdocio la imagen
adecuada de la futura misión y vida sacerdotal. Un candidato al
sacerdocio tendrá que estudiar a fondo estos documentos si es que
quiere comprender la esencia y la razón de ser de su vocación al
ministerio en la Iglesia.
6. LA VOCACIÓN Y LA PASTORAL VOCACIONAL.
Introducción.
La Exhortación Apostólica “Pastores Dabo Vobis”
del Papa Juan Pablo II (1992) enfoca la vocación sacerdotal dentro
del contexto universal de la vocación, dado que toda vida humana es
una vocación, y en la vocación a la santidad que es universal en la
Iglesia. “Toda vocación cristiana encuentra su fundamento en la
elección gratuita y precedente de parte del Padre... Toda vocación
cristiana viene de Dios, es don de Dios. Sin embargo nunca se
concede fuera o independientemente de la Iglesia” (No.35). Y esta
Iglesia, que por propia naturaleza es vocación, “es generadora y
educadora de las vocaciones” (Ib.).
Se define la vocación sacerdotal como “un
llamamiento, a través del sacramento del Orden recibido en la
Iglesia, a ponerse al servicio del Pueblo de Dios con una peculiar
pertenencia y configuración con Jesucristo y que da también la
autoridad para actuar en su nombre ‘et in persona’ de quien es
Cabeza y Pastor de la Iglesia” (Ib.). Por ello la vocación de cada
uno de los presbíteros existe en la Iglesia y para la Iglesia como
un don gratuito, por lo que el Obispo debe, no sólo examinar la
idoneidad y la vocación del candidato, sino también reconocerla.
A la Iglesia le corresponde la tarea de la
Pastoral Vocacional, presentándola de tal manera que “toda vocación,
incluida la sacerdotal, pueda ser percibida en su verdad, amada en
su belleza y vivida con entrega total y con gozo profundo” (No.37).
Algo definitivo en la Pastoral Vocacional es la
imagen que del sacerdocio dan, de palabra y sobre todo de obra,
quienes han optado por la vocación sacerdotal. La mejor pastoral
vocacional es el testimonio de vida de los sacerdotes en los que
aparezca “el espíritu de servicio y el verdadero gozo pascual y la
excelencia y necesidad del sacerdocio” (P.O.ll). De ahí la
vinculación de la Pastoral Vocacional con la pastoral orgánica
sacerdotal.
Una conexión íntima debe darse también entre
Pastoral Vocacional y Pastoral Familiar, dado que las familias son
como “el primer seminario” (O.T.2). Igualmente debe estar en
estrecha relación con la Pastoral Juvenil, ya que, como bien lo
advierte Puebla, “toda Pastoral Juvenil debe ser al mismo tiempo
pastoral vocacional” (No.865).Y Juan Pablo II decía en el Discurso
inaugural de esta conferencia que “hay que reactivar una intensa
acción pastoral que, partiendo de la vocación cristiana en general,
de una pastoral juvenil entusiasta, dé a la Iglesia los servidores
que necesita”. Sin embargo, la pastoral vocacional puede realizarse
también independiente de la Pastoral Juvenil en cuanto ella no tiene
barreras de edades y se dirige especialmente a cristianos que ya han
optado por su fe. No se puede descuidar tampoco la pastoral
vocacional entre los niños, con el fin de orientarlos de tal manera
que estén preparados para responder generosamente al Señor como el
Profeta: “Envíame Señor”.
Los responsables de la pastoral de promoción
vocacional.
La comunidad cristiana: “El deber de fomentar
las vocaciones afecta a toda la comunidad cristiana, la cual ha de
procurarlo ante todo con una vida plenamente cristiana” (O.T.2), Es
también fruto y expresión de la vitalidad y madurez de toda la
comunidad eclesial (P.860).
Los obispos: “Es deber primario de los obispos
preocuparse para que se provea a la continuidad y suficiencia
numérica de los diversos ministros de las sagrada jerarquía” (Directorio
para el ministerio pastoral de los obispos, n.197).
Los presbíteros: Con su testimonio de alegría y
gozo pascual, con su entrega y sacrificio constante, todo sacerdote
anima a otros para responder al Señor. Cualquiera que sea la misión
del presbítero, párroco, cooperador, capellán, educador, etc., es el
más inmediatamente llamado a sembrar y cultivar en el coraz6n de los
jóvenes la vocación cristiana y sacerdotal. Su acción debe
concentrarse muy especialmente en la oración personal y comunitaria
por tal intención, ya que como bien lo dice Puebla, “la vocación es
la respuesta de Dios providente a la comunidad orante” (n.882). De
ahí la importancia de que el presbítero mantenga vivo en su
comunidad el espíritu de oración por las vocaciones (v.gr., con la
instauración de los jueves sacerdotales, grupos especiales de
oración por las vocaciones...).
Los religiosos y las religiosas: “Colaborarán a
la promoción vocacional ante todo con el testimonio de su propia
vida abnegada y penetrada de espíritu eclesial, con su oración
asidua y su mortificación generosa.
La familia: La experiencia de amor, de oración,
de vida sacrificada en el seno del hogar, facilita el conocimiento
de Dios como Padre y ayuda a que la llamada de Dios se pueda
escuchar y obtenga una respuesta generosa.
Los maestros y educadores: Han de orientar
hacia una opción vocacional madura y acompañar a quienes están
eligiendo su campo de misión específico en la Iglesia. Deben ser los
primeros en promover apoyar y respetar las diferentes opciones que
sus alumnos van tomando como respuesta a la vocación y a la vida (cfr.
O.T.2).
Los promotores vocacionales: Por medio del
diálogo personal y de la organización de encuentros locales, zonales,
etc., buscarán la identificación de los posibles candidatos al
sacerdocio ministerial y su progresiva maduración humana y cristiana.
Debe estar unido a un comité vocacional que sea “la expresión y
órgano de la obra diocesana a favor de las vocaciones”.
Los seminarios y seminaristas: Los seminaristas
son agentes especiales de la Pastoral Vocacional entre sus
compañeros; y el seminario se convierte así en un foco de promoción
vocacional.
Recursos para la promoción vocacional.
En primer lugar se debe contar con la eficaz y
necesaria ayuda de la oración, tal como lo pidió el mismo Cristo:
“Rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Lc 10,2).
Deben aprovecharse, además, todos los medios de difusión que en la
sociedad moderna tienen tanto poder y que se han convertido en
vehículo obligado de comunicación humana. Finalmente, se debe buscar
la financiación económica necesaria, tanto para la obra de promoción,
como para apoyar a los seminaristas en su realización vocacional. Y
en esto deben colaborar con entusiasmo todos los miembros de la
comunidad.
Algunos criterios de pastoral vocacional.
Es necesaria una permanente búsqueda de
claridad y profundidad teológica sobre la unidad y diversidad de la
vocación cristiana.
El promotor vocacional debe ser sensible y
dócil a la acción del Espíritu y hacer consciente a la comunidad de
la presencia del Espíritu.
Al ser la vocación la respuesta de Dios
providente a la comunidad orante es necesario incrementar las
diversas formas de oración personal y comunitaria.
La pastoral vocacional debe tener en cuenta la
dirección espiritual, cuyo objetivo es acompañar personalmente a
quien es llamado, para que adquiera capacidad de interioridad,
experiencia vivencial de Dios, discernimiento de su vocación y
responda libremente al llamado de Dios.
La vocación debe ser presentada como misión que
implica desprendimiento, seguimiento y envío a todas las gentes.
La Pastoral Vocacional debe orientar hacia una
filial devoción a María Santísima. Debe ser propuesta como ejemplo
de fidelidad a la vocación.
Puesto que la juventud es el momento
privilegiado de la opción vocacional, toda pastoral juvenil debe ser
al mismo tiempo pastoral vocacional.
La Pastoral Vocacional debe hacer madurar
progresivamente los valores y virtudes humanas, para formar al
hombre integral.
La Pastoral Vocacional debe procurar que
quienes se preparan a una vida de mayor compromiso, sean conscientes
de su dignidad y responsabilidad histórica.
La Pastoral Vocacional debe proyectar acciones
concretas, para interesar y comprometer a toda la comunidad
cristiana en el trabajo vocacional.
Los mismos jóvenes deben ser agentes activos de
la Pastoral Vocacional
TALLER:
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de la lectura. 2. cuál cree usted que debe ser su compromiso al leer
este documento.