6.3.1. La Liturgia actual del Jueves santo:
Este día conmemora un triple misterio:
La Institución de la Sagrada Eucaristía.
La Institución del Sacerdocio
Ministerial.
El Mandamiento del Amor fraterno.
6.3.1.1 La Institución de la Sagrada
Eucaristía.
La Eucaristía es el centro y raíz de los
otros misterios, puesto que los origina y exige. A este triple
misterio responde la celebración de la Santa Misa del Jueves
santo, la adoración del Santísimo en el monumento y el lavatorio
de los pies. La Misa, en la Cena del Señor, es fuente y cumbre
del misterio y de toda la liturgia del jueves santo. La
eucaristía que es fármaco de inmortalidad y antídoto para no
morir, sino para vivir siempre en Jesucristo” (San Ignacio de
Antioquia). Pan partido para la humanidad.
De la ultima cena al sacrificio del
calvario
Nuestro Salvador, en la última cena, la noche
en que le traicionaban, instituyó el sacrificio eucarístico de
su cuerpo y sangre, con el cual iba a perpetuar por los siglos,
hasta su vuelta, el sacrificio de la cruz y a confiar así a su
esposa, la Iglesia, el memorial de su muerte y resurrección:
sacramento de piedad, signo de unidad, vínculo de caridad,
banquete pascual, en el cual se come a Cristo, el alma se llena
de gracia y se nos da una prenda de la gloria venidera El
acontecimiento de la Ultima Cena consiste en el hecho de que
Jesús distribuye su cuerpo y su sangre, es decir, su existencia
terrena, entregándose a sí mismo. En otras palabras: la última
Cena es una anticipación de la muerte, la transformación de la
muerte en un acto de amor. Únicamente en este contexto es
posible comprender qué quiere decir Juan cuando se refiere a la
muerte de Jesús como glorificación de Dios y glorificación del
Hijo (Jn 12,18; 17,21).
La muerte de Jesús nos revela así la clave
para comprender la Ultima Cena: la Cena es la anticipación de la
muerte, la transformación de la muerte violenta en un sacrificio
voluntario, en aquel acto de amor que redime al mundo. La muerte
sin el acto de amor infinito de la Cena sería una muerte vacía,
carente de sentido; la Cena, sin la realización concreta de la
muerte anticipada, sería un mero gesto despojado de realidad.
Cena y Cruz son, conjuntamente, el único e indivisible origen de
la Eucaristía: la Eucaristía no brota de la Cena aislada; brota
de esta unidad de Cena y Cruz, como nos la presenta San Juan en
su gran imagen de la unidad de Jesús, Iglesia y sacramento: del
costado traspasado del Señor «salió sangre y agua» (19,34) (bautismo
y Eucaristía, la Iglesia, la nueva Eva).
Por esta razón, la Eucaristía no es Cena
simplemente: la Iglesia no la ha llamado Cena a sabiendas, para
evitar esta falsa impresión. La Eucaristía es presencia del
sacrificio de Cristo, de este acto supremo de adoración, que es,
al mismo tiempo, acto de amor infinito, de un amor que llega «hasta
el fin» (Jn 13,1) y, por ello, distribución de sí mismo bajo las
especies del pan y del vino. Si consideramos ahora brevemente
las palabras de la institución de la Eucaristía, alcanzaremos a
ver aún más de cerca la unidad de Cena y Cruz. Comencemos con
las palabras centrales: «Esto es mi Cuerpo, éste el cáliz de mi
sangre».
Jesús nos invita a comer su Cuerpo y a
beber su Sangre
Único también es su sacrificio. Conviene
recordar aquí el famoso hapax, «una sola vez», «una vez por
todas» La ultima Cena del Señor: En el Nuevo Testamento
encontramos hasta cuatro testimonios distintos acerca de la
Ultima Cena del Señor: Mateo, Marcos, Lucas y Pablo. Esto quiere
decir que la Ultima Cena fue un hecho de suma importancia en la
vida de Jesús y en la vida de la primitiva Iglesia. La noche
antes de morir, Jesús invitó a sus apóstoles a celebrar la
Pascua de los judíos, que consistía, sobre todo, en una cena
solemne. Esta comida era para los judíos «la gran acción de
gracias» a Dios. Y el Señor Jesús aprovechó la cena para darle
un sentido nuevo y profundo. Leemos en el Evangelio de San
Lucas: «Después, Jesús tomó el pan y dando gracias (eucharistein,
en griego) lo partió y se lo dio diciendo: 'Esto es mi cuerpo
que es entregado por ustedes. Hagan esto en memoria mía'.
Después de la cena hizo lo mismo con la copa. Dijo: 'Esta copa
es la alianza nueva sellada con mi sangre, que va a ser
derramada por ustedes'» (Lc. 22, 19-20). Este texto nos muestra
que es vital comer a Cristo, comer el alimento espiritual de la
eucaristía, este sacramento renovará nuestras fuerzas para el
caminar hacia la felicidad.
«Lo reconocieron al partir el pan» (Lc
24,35)
La carta apostólica mane nobiscum domine
expresa en los numerales 14-15: Es significativo que los dos
discípulos de Emaús, oportunamente preparados por las palabras
del Señor, lo reconocieran mientras estaban a la mesa en el
gesto sencillo de la «fracción del pan». Una vez que las mentes
están iluminadas y los corazones enfervorizados, los signos «hablan».
La Eucaristía se desarrolla por entero en el contexto dinámico
de signos que llevan consigo un mensaje denso y luminoso. A
través de los signos, el misterio se abre de alguna manera a los
ojos del creyente. Como he subrayado en la Encíclica Ecclesia de
Eucharistia, es importante que no se olvide ningún aspecto de
este Sacramento. En efecto, el hombre está siempre tentado a
reducir a su propia medida la Eucaristía, mientras que en
realidad es él quien debe abrirse a las dimensiones del Misterio.
«La Eucaristía es un don demasiado grande para admitir
ambigüedades y reducciones».
No hay duda de que el aspecto más evidente de
la Eucaristía es el de banquete. La Eucaristía nació la noche
del Jueves Santo en el contexto de la cena pascual. Por tanto,
conlleva en su estructura el sentido del convite: «Tomad, comed...
Tomó luego una copa y... se la dio diciendo: Bebed de ella todos...»
(Mt 26,26.27). Este aspecto expresa muy bien la relación de
comunión que Dios quiere establecer con nosotros y que nosotros
mismos debemos desarrollar recíprocamente.
Sin embargo, no se puede olvidar que el
banquete eucarístico tiene también un sentido profunda y
primordialmente sacrificial.[13] En él Cristo nos presenta el
sacrificio ofrecido una vez por todas en el Gólgota. Aun estando
presente en su condición de resucitado, Él muestra las señales
de su pasión, de la cual cada Santa Misa es su «memorial», como
nos recuerda la Liturgia con la aclamación después de la
consagración: «Anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección...».
Al mismo tiempo, mientras actualiza el pasado, la Eucaristía nos
proyecta hacia el futuro de la última venida de Cristo, al final
de la historia. Este aspecto «escatológico» da al Sacramento
eucarístico un dinamismo que abre al camino cristiano el paso a
la esperanza.
LEER EL CAPITULO II DE LA CARTA ENCÍCLICA
MANE NOBISCUM DOMINE: “LA EUCARISTÍA, MISTERIO DE LUZ”