6.1. Domingo de Ramos: Visión histórica.
Desde el Siglo V el último Domingo de
Cuaresma, encontró en Roma su forma definitiva y se llamó el
Domingo de la Pasión. La Pasión del Señor era el único tema de
este Domingo, hasta el Siglo X.
A diferencia de Roma, otros Ritos celebraron
otra liturgia cuyo núcleo central era la entrada triunfal de
Cristo en Jerusalén.
Hay testimonios del Siglo IV que muestra cómo
se celebraba este día en Jerusalén como la Peregrinatio Etéria.
Destaca: “En la hora séptima, sube todo el pueblo al monte de
los Olivos, reunidos con su Obispo; allí se sientan, y junto con
su pastor, comienzan a entonar himnos, antífonas y lecciones
apropiadas al día y al lugar. A la hora undécima, se lee el
texto del Evangelio de ese día, en donde los niños salen con
ramos y palmas, y van diciendo esta antífona: Bendito el que
viene en el nombre del Señor”.
“En este momento, el pueblo y el Obispo se
levantan, y van caminando cantando himnos y antífonas hacía el
lugar del sepulcro. Así, es llevado el Obispo como fue llevado
el Señor hasta la Anástasis (Santo Sepulcro). Llegan tarde,
hacen lucernarios, y la oración la hacen al lado de una cruz;
finalmente despiden al pueblo”.
La Tradición de Jerusalén pasó luego a las
Iglesias de Oriente en el Siglo V y al Occidentes hacía los
siglos VI y VII. Se daba en esta época, la entrega del Símbolo a
los catecúmenos (el Credo).
Durante los Siglos IX y X, se difundió la
procesión por todo el Imperio Carolingio (procesión de ramos),
entrando también a Roma, que antes conmemoraba el hecho, pero
sin procesión .
También, durante la edad media, la procesión
adquirió un carácter dramático, y se revistió de cantos,
bendiciones y expresiones plásticas como la talla de Cristo y el
asno. La bendición de Ramos creció tanto que pareció una Misa
pero sin plegaria (sin cánon).
En 1.955, el Papa Pío XII simplificó los
Ritos de la procesión, aproximándola más a la praxis primitiva
de Jerusalén.
En esta línea se ha ratificado la Reforma
Litúrgica realizada después del Vaticano II .
6.1.1. Liturgia del día:
En este día la Iglesia recuerda la
entrada de Cristo, el Señor, en Jerusalén para consumar su
misterio pascual. Por esta razón, en todas las misas se hace
memoria de la entrada del Señor: por la procesión o entrada
solemne antes de la misa principal, o por la entrada simple
antes de las restantes misas. La entrada solemne –no así la
procesión- puede repetirse antes de aquellas misas que se
celebran con gran asistencia de fieles.
El Misal de Pío V llamó a esta liturgia
Dominica in palmis, que constaba de 5 partes:
a. Bendición de los Ramos: Tenía una
ceremonia muy estructurada, casi parecida a una Misa (canto
de entrada, oración colecta, Evangelio, Prefacio).
b. Distribución de los Ramos: Se
entregaba persona a persona mientras se cantaban unas
Antífonas.
c. Procesión: Se partía de la Iglesia y
se volvía a ella, después de un largo recorrido por un lugar
de la comunidad.
d. Rito de las puertas cerradas: Tomando
el Salmo 23 (Quién es el Rey de la Gloria), los subdiáconos
tocaban las puertas, con himnos, alabanzas al Rey Redentor.
e. La celebración de la Antigua Misa
Romana de la Pasión.
La Reforma de Pío XII hizo una profunda
introducción explicando estos Ritos, pero también suprimió
algunos y especificó los que quedaron aún más. Dejó dos
partes bien delimitada:
1. La procesión solemne en honor de
Cristo Rey.
2. La Misa de Pasión.
Suprimió el Rito de las puertas cerradas
y sintetizó la bendición de Ramos. Las Rúbricas admitían la
posibilidad de que los ramos estuviesen en las manos de los
fieles desde el comienzo de la celebración.
En la Reforma de Pío XII se veía como dos
celebraciones yuxtapuestas o contrarias: la procesión y la
Misa de pasión.
Ya en la Liturgia de Pablo VI, la
Domínica in palmis, (de la pasión del Señor), no existen dos
celebraciones cerradas o yuxtapuestas sino que hay una
unidad entre ellas. Es verdad que existe la procesión y la
Misa, pero ya no son dos partes independientes, sino
elementos de un todo. De hecho, ni la procesión tiene un
final, ni la Misa tiene un principio, pues la procesión
desemboca en la Misa y ésta no tiene Rito de entrada,
distinto de la procesión. Se han integrado así dos
tradiciones: La de Jerusalén y la de Roma.
La
Procesión: Comienza el Rito con la bendición de los ramos.
Sigue la lectura del Evangelio que relata la entrada de
Cristo en la ciudad santa de Jerusalén, y termina con la
procesión (que es la primera fórmula) o con una entrada
solemne al Templo (que es la segunda fórmula).
La Reforma Litúrgica del Vaticano II, ha
simplificado la Bendición de los ramos y ha dado más realce
a la procesión, poniendo de manifiesto que no se trata tanto
del simbolismo de las palmas, cuanto sí de rendir un
homenaje a Cristo, Rey y Mesías, imitando a quienes en
Jerusalén lo proclamaron Redentor de la humanidad.
La
Eucaristía: La procesión tiene como meta ritual y mistérica
llevar a la celebración de la Eucaristía, ya que en ella se
actualiza el misterio del sacrificio de Cristo. La entrada
de Cristo en Jerusalén, tenía la finalidad de consumar su
misterio pascual.
La liturgia de la Misa insiste en los
aspectos de Pasión y Pascua, Muerte y Resurrección,
expresados en la lectura de la Pasión (especialmente tomada
de los textos sinópticos). Al segundo (Pascua) se refiere a
las oraciones, el Prefacio y las 2º lecturas.
El Domingo de Ramos, en la pasión del
Señor, da comienzo a la Semana Mayor, semana (santa) que se
orienta a conmemorar la pasión de Cristo, desde su entrada
como Mesías en Jerusalén, pasando por los episodios de la
última cena (institución del Orden sacerdotal, Eucaristía y
el mandamiento del amor), el juicio, pasión y muerte y
Resurrección de Jesús.
La Semana Santa se inaugura con una
entrada de la Iglesia peregrina, acompañando a Cristo que va
a padecer y termina con otra entrada: el paso de la muerte a
la vida que acontece en la Vigilia pascual. El acompañar a
Cristo nos indica que Dios ha marcado la huella de una
Iglesia pensada desde la eternidad y que acompaña a su Señor,
su cabeza. Y el paso que cada uno de nosotros damos de un
reconocimiento explícito de Jesucristo como Señor por su
entrada a Jerusalén que es prefiguración de la entrada a la
Jerusalén celestial allá en el cielo.
La Espiritualidad de este momento nos
debe llevar a visualizar cómo ha entrado Jesús en nuestras
vidas… una entrada solemne en un borrico como signo de
pequeñez, una entrada triunfante como Señor de una historia.
Aquí es importante reconocer el Señorío de Cristo… “Señor y
Dominador de todo lo que existe”.
6.2. Lunes, Martes y Miércoles santos:
En los tiempos de San León Magno, el
miércoles santo, sólo poseía una celebración de la Palabra. La
Misa se introdujo más tarde, y tenía solo 2 lecturas y la pasión
del Señor, según San Lucas. En estos días se leía un texto del
lavatorio de los pies que luego pasó al Jueves santo.
En la liturgia actual, la 1º lectura de estos
días, aparece el siervo doliente de Yahvéh (Is. 42), cuyo
sentido profético y tipológico es muy claro: Cristo es el
verdadero siervo que mediante el sacrificio de su pasión y
muerte, realiza la perfecta y definitiva Alianza entre Dios y su
Pueblo (la Iglesia), el nuevo Israel.
La lectura de la Pasión, ha sido desplazada
al Domingo de Ramos en los 3 ciclos, y se ha sustituido por
otros textos como la Unción en Betania, el anuncio de la
traición de Judas, la negación de Pedro.
Estos días son llamados por la liturgia
romana como Ferias mayores del año litúrgico.