6.4.3. La Sagrada Comunión:
Ésta se introduce en Roma, siguiendo la
liturgia de los Presantificados hacía el Siglo XV, que consistía
en distribuir la comunión (ya consagradas anteriormente),
después de una liturgia de la Palabra.
Hasta 1.955, los fieles no comulgaban el
viernes santo. La liturgia actual concluye con una oración sobre
el pueblo que ha celebrado la muerte y resurrección de Cristo.
Con ella se manifiesta más la unidad del Misterio pascual y con
esa oración se despide al pueblo (sin bendición). Se deja
motivada la magna liturgia de la Vigilia Pascual.
“Pero la especial intimidad que se da en la «comunión»
eucarística no puede comprenderse adecuadamente ni
experimentarse plenamente fuera de la comunión eclesial. Esto lo
he subrayado repetidamente en la Encíclica Ecclesia de
Eucharistia. La Iglesia es el cuerpo de Cristo: se camina «con
Cristo» en la medida en que se está en relación «con su cuerpo».
Para crear y fomentar esta unidad Cristo envía el Espíritu
Santo. Y Él mismo la promueve mediante su presencia eucarística.
En efecto, es precisamente el único Pan eucarístico el que nos
hace un solo cuerpo.
El apóstol Pablo lo afirma: «Un solo pan y un
solo cuerpo somos, pues todos participamos de un solo pan» (1 Co
10,17). En el misterio eucarístico Jesús edifica la Iglesia como
comunión, según el supremo modelo expresado en la oración
sacerdotal: «Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has
enviado» (Jn 17,21). La Eucaristía es fuente de la unidad
eclesial y, a la vez, su máxima manifestación. La Eucaristía es
epifanía de comunión. Por ello la Iglesia establece ciertas
condiciones para poder participar de manera plena en la
Celebración eucarística.
Son exigencias que deben hacernos tomar
conciencia cada vez más clara de cuán exigente es la comunión
que Jesús nos pide. Es comunión jerárquica, basada en la
conciencia de las distintas funciones y ministerios, recordada
también continuamente en la plegaria eucarística al mencionar al
Papa y al Obispo diocesano. Es comunión fraterna, cultivada por
una «espiritualidad de comunión» que nos mueve a sentimientos
recíprocos de apertura, afecto, comprensión y perdón”. (Mane
Nbiscum Domine • 20,21)