6. LA SEMANA SANTA: “SEMANA MAYOR”
La Semana Santa o Mayor está formada por los
últimos días de la Cuaresma (del Domingo de Ramos en la Pasión del
Señor a la Misa en la Cena del Señor inclusive) y el Triduo Pascual
de la Pasión, Muerte, Sepultura y Resurrección del Señor, que
comienza con la Misa vespertina de la Cena del Señor, el Jueves
Santo, tiene su centro en la Vigilia Pascual y acaba con las
Vísperas del Domingo de Resurrección.
Este conjunto de ocho días encierra un gran
número de celebraciones ligadas a los diferentes momentos de la
Pasión y glorificación de Jesús.
Estos actos proceden del desglose de la primitiva
y única celebración pascual cristiana que tenía lugar la noche del
sábado al domingo de Pascua con la iniciación de los nuevos
cristianos; entonces se celebraba el misterio de muerte y vida que
encierra esta fiesta, y la misma hora de la liturgia, de la noche al
día, servía de ambientación.
Sin embargo, tras dar libertad a la Iglesia a
comienzos del Siglo IV, el emperador Constantino y su madre Santa
Elena dispusieron la construcción de grandes basílicas o de
sencillas ermitas sobre los lugares donde real o supuestamente
habían ocurrido los momentos más importantes de la vida de Jesús; la
práctica siguió incrementándose y los peregrinos llegados a Tierra
Santa quería, sobre todo, visitar los santos lugares de la Pasión
del Señor.
De ahí vino también el organizar celebraciones en
estos lugares y en el mismo día y hora en que ocurrieron. Nació así
en Jerusalén la Semana Santa y los peregrinos extendieron este uso
por todas las Iglesias; la Vigilia Pascual perdió entonces ante los
fieles la consideración de memoria de la muerte de Cristo,
celebrándose sólo la resurrección y perdiéndose la unidad del
Misterio Pascual; lo que no debe ocurrir, porque en cada acto se
celebra siempre a Cristo, muerto y resucitado.
Estas celebraciones no son simples recuerdos o
escenificaciones teatrales porque, como enseña el Concilio Vaticano
II: “La santa madre Iglesia... conmemorando así los misterios de la
redención abre las riquezas del poder santificador y de los méritos
de su Señor, de tal manera que, en cierto modo, esos misterios se
hacen presentes en todo tiempo para que los fieles puedan ponerse en
contacto con ellos y llenarse de la gracia de la salvación” (SC
102).
Estas celebraciones reciben con la mayor
propiedad el nombre de “misterio litúrgico” y de “misterios o
sacramentos pascuales”. La palabra misterio no quiere decir algo
indescifrable, sino que designa el plan salvífico de Dios, su
realización en la historia del pueblo de Israel y, llegada la
plenitud de los tiempos, en los principales acontecimientos de la
vida de Jesucristo, en particular de su muerte y resurrección; y
luego quiere decir también la actualización de tal obra salvífica en
la Iglesia y en las acciones sagradas de su liturgia; pero, como la
salvación realizada en Cristo no fue otra cosa que la Pascua de su
muerte y resurrección reales, la liturgia será la actualización de
la Pascua por medio del misterio, o sea, por medio de signos reales
y eficaces. En una reconstrucción litúrgica de los últimos días de
Jesús, el domingo de Ramos recordamos su entrada en Jerusalén y el
conjunto de la Pasión; el lunes, martes y miércoles santos hacemos
memoria respectivamente de la unción en Betania, del anuncio de la
traición de Judas y del hecho mismo de la traición. El jueves se
celebra la eucaristía queriendo revivir el ambiente de la última
Cena y se vela en oración acompañando a Jesús en Getsemaní. El
viernes está dedicado al misterio de la cruz y la muerte gloriosa
del Señor, y el domingo, finalmente, en la noche santa que lo inicia,
es la celebración integral del Misterio Pascual, con particular
énfasis en el triunfo del Señor sobre la muerte.
Esta es la Semana Santa y el Triduo santo pascual,
punto culminante de todo el año litúrgico. La preeminencia que tiene
el domingo en la semana, la tiene la solemnidad de la Pascua en el
año litúrgico. Allí es necesario dar primacía a todo el cometido de
la pasión, es la semana de los signos, de la organización de la
estructuración, de la vida interior, un peldaño más que se avanza
cuando se centra en el misterio del año… es imposible no redescubrir
en cada vivencia litúrgica la grandeza de la celebración y lo que se
vive internamente… es como el dinamismo interno trinitario… que se
vive hasta que se da la economía de la salvación, al igual que este
evento estamos expectantes no solamente para ver cada paso sino para
ahondarlo a profundidad. La elevación del alma a Dios en esta
participación fructuosa, nos capacita para discernir los signos de
Dios en la historia humana.
Por ello, esta semana meditaremos sobre la vida
de Jesucristo, en los dolorosos de su vida, por eso hay que “vivir
en Cristo”, vida que descansa en el “ser en Cristo”, y que esta
participación del ser y del vivir del Hijo le hace al cristiano
cristiforme: “Pues a los que de antemano conoció, también los
predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que fuera El, el
primogénito entre muchos hermanos” (Rom 8,29). Semana dada para el
cultivo de la renovación interior, es el itinerario místico de la
contemplación de la belleza del misterio, “camino espiritual que
exige una entrega ciega”, contemplación que no sólo es para los
místicos y los santos, por tanto no es la recompensa de una vida
virtuosa, es la necesidad para la vida virtuosa. Se habla necesidad
en cuanto hay falencia, se inicia el proceso de contemplación y se
da la inversión de los valores, se da un vuelco total de lo
preestablecido por el hombre, por ello Dios rompe los paradigmas
humanos, los esquemas prediseñados.
Tenemos que darnos cuenta que cuando recuperamos
el espíritu de la contemplación de esta semana mayor, estamos
recuperando gradualmente la convicción y la ascesis. Camino de
perfección que nos indica la inhabitación de la trinidad como evento
trascendental en nuestras vidas.
La actitud, por tanto, de quien se acerca a esta
magna celebración es la de poder descubrir y redescubrir el tesoro
que dimana de la pasión, muerte y resurrección de Jesucristo, único
salvador de la humanidad y para obtener ello, el cristiano debe
pasar los obstáculos que le impiden ver más allá de su realidad,
debe haber una dedicación exclusiva por ahondar el secreto de Dios,
de cara al encuentro pasivo activo con él…. Pasivo en cuanto el ser
con su integridad sólo tiene la apertura, dejando la hiperactividad
y los procesos de desarrollo cognitivo para introducirse al interior
de lo sacro… y activo en cuanto que se da la dinámica del encuentro,
es Dios quien propone el camino a recorrer, nada se ha hecho sin su
voz, sin su hálito de vida, sin su palabra. El nos permite
experimentar un vestigio de su amor, ya que el ser es capaz de Dios.
San Agustín es un maestro insigne. Si quieres
encontrar a Dios, dice, abandona el mundo exterior y entra en tí
mismo. Sin embargo, prosigue, no te quedes allí, sino sube por
encima de tí mismo, porque tú no eres Dios : El es más profundo y
grande que tú. " Busco en mi alma su sustancia y no la encuentro;
sin embargo, he meditado en la búsqueda de Dios y, empujado hacia El
a través de las cosas creadas, he intentado conocer sus "
perfecciones invisibles " (Rm 1, 20)". " Quedarse en sí mismo ": he
aquí el verdadero peligro. EL gran Doctor de la Iglesia recomienda
concentrarse en sí mismo, pero también trascender el yo que no es
Dios, sino sólo una criatura. Dios es " interior intimo meo, et
superior summo meo ".Efectivamente, Dios está en nosotros y con
nosotros, pero nos trasciende en su misterio.
La vida cristiforme abarca a toda la persona, ya
que el cristiano, al vivir la vida de Jesús, debe responder con
actitudes de hijo, en el Hijo y, además, porque está llamado a una
transformación más plena, lo que implica su colaboración: “Despojaos
del hombre viejo con sus obras, y revestíos del hombre nuevo, que se
va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la
imagen de su Creador” (Col 3, 9-10). Por tanto, la vida cristiforme
exige una respuesta integral consecuente.