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historia: CULTO A LOS SANTOS

 

12.1 Visión histórica:
 

Ø      Culto a los mártires:  Los primeros testimonios del culto a los santos se refieren a la costumbre de celebrar el dies natalis de los mártires, es decir, el aniversario de su martirio mediante una memoria especial. 

El primer testimonio de esta costumbre nace en Oriente a finales del Siglo II y se extiende a Occidente en el Siglo III, que se refiere al mártir San Policarpo de Esmirna, honrado por sus discípulos después de su muerte. 

En Roma se desarrolló este culto durante la época de las grandes persecuciones hacía el 220 – 230.   La primitiva celebración martirial estuvo ligada a la Eucaristía, la cual se celebraba cerca de su tumba.  Incluía un refrigerio, una banquete y unas oraciones.   

También la reliquia de los mártires y santos tenían un valor muy grande para los cristianos.  Esto indica que este culto fuera al principio local, ya que requería un lugar fijo (la tumba del mártir) y un aniversario (de su muerte, en especial del primer año).  Sin embargo, la memoria de los mártires pronto dejaron de estar ligadas solo a los lugares donde estaban sepultados, extendiéndose también a Basílicas dedicadas en su nombre, dedicación que solía hacerse en la fecha del aniversario del mártir. 

Ø      El culto a los santos: A la memoria de los mártires se añadió después la de algunos santos.  Primero fueron los confesores de la fe, es decir, los ascetas y/o Padres del desierto, los Obispos, a quienes se les consideraba mártires indirectos una vez que testimoniaron su fe en las persecuciones, destierros y sufrimientos propios, etc.   

A esto, se les añadieron las vírgenes que por su lucha por guardar la castidad perfecta, eran equiparadas como mártires. 

Junto a las vírgenes eran colocadas también las viudas.  Finalmente, los Obispos fueron considerados como mártires cuando sin haber recibido el martirio, cumplieron su ministerio con absoluta fidelidad, responsabilidad y entrega. 

A esta cadena de grandes ascetas (padres) del desierto, Obispos, vírgenes, etc., se unieron también fundadores y misioneros laicos, hombres y mujeres que fueron fieles testigos de Jesucristo con sus vidas. 

Los nombres de los santos y de los mártires se conservaron en unas listas que se llaman calendarios y martirologios.  Las listas más antiguas proceden del año 334.  El culto de los santos se propagó durante los Siglos IV y VIII gracias, en buena media, a la repartición y fraccionamiento de sus reliquias.  En este intervalo de tiempo aparecen muchas leyendas sobre los mártires y los santos en los cuales se realzaba su personalidad.  

Durante los Siglos VIII y X se incorporarán pocos santos al calendario universales aunque es el momento que florecen los calendarios históricos. 

Con la Reforma Gregoriana[1] a finales del Siglo XI, surge una nueva oleada de santos que entran en el Calendario de la Iglesia Romana, sobre todo Obispos y Papas martirizados en Roma y de algunos de otras Iglesias. 

En los Siglos XII y XIII se incorporaron santos muy ilustres de ese momento como Santo Domingo de Guzmán, San Antonio de Padua y San Francisco de Asís, a quienes la Iglesia comenzó a venerar inmediatamente después de su muerte. 

San Pío V amplió el número de santos del Calendario Romano.  Esta floración provocó serias dificultades en la celebración propia del tiempo, en especial del Ordinario, donde se celebraba los misterios de la Redención, de tal modo que casi habían desaparecido la celebración de los Domingos del año y las ferias de Cuaresma. 

Los Papas Pío X y Pío XII quisieron remediar esta situación decretando la revisión del Calendario.  Sin embargo, esta revisión solo fue posible en 1.969 fecha en que se promulgó el nuevo Calendario después de la Reforma litúrgica del Concilio Vaticano II.


 

[1] Del Papa Gregorio VII

 


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