No es indiferente el modo de vestir una persona, para determinadas
actividades y situaciones.
Es una ley
cultural, que tiene su fuerza pedagógica, el llevar especiales vestidos para
especiales ocasiones, sean éstas reuniones políticas, fiestas sociales o
simplemente la distinción de un domingo en relación con los días de trabajo.
Normalmente una
novia acude a su boda vestida como tal y no simplemente de calle. Y si va
de calle, es un gesto el suyo que sigue teniendo una fuerza expresiva, que
bien puede ser por ejemplo señal de contestación o de luto.
El vestido
diferencia las personas (autoridades, militares, jueces, distintas clases de
familias religiosas...) y las circunstancias (luto, fiesta). Es un
elemento, no esencial, pero muy expresivo en todo el complejo de las
comunicaciones humanas y sociales.
No es extraño que
también en la celebración cristiana el vestido tenga su importancia. Además
de obedecer a las leyes de la psicología humana o de las diferenciaciones
sociales, en este caso el vestido apuntará a la naturaleza del misterio que
los cristianos celebramos. Una Misa en la que el presidente no se reviste
de modo especial, "valdría" igual: pero ciertamente sería una celebración
muy poco digna y poco expresiva de lo que la comunidad cristiana entiende de
la Eucaristía. Se puede celebrar el sacramento de la Reconciliación sin
vestidos litúrgicos. Pero el nuevo Ritual indica que, si se hace en la
iglesia, el ministro reciba a los penitentes revestido de alba y estola: el
vestido quiere de alguna manera expresar que lo que allí sucede no es un
mero diálogo entre amigos, sino una "celebración" eclesial.
No es el caso de
absolutizar la importancia de un vestido o de otro. Jesús criticó duramente
a los fariseos y sacerdotes de su tiempo por la idolatría en que habían
caído en relación a pequeños detalles, entre ellos el del vestido. Pero el
otro extremo sería el descuidar la función que tanto. en la vida como, sobre
todo, en la celebración cristiana pueden tener las formas de vestir, sobre
todo cuando se trata de los ministros que actúan en ella.
¿También los fieles
revestidos?
Cuando en una de
las persecuciones romanas fue confiscada una casa en Cirta, en el Norte de
Africa, el año 303, los guardias hicieron un cuidadoso inventario de todo lo
que requisaron en el lugar de reunión de los cristianos de la ciudad. Entre
los diversos objetos de valor que anotaron, además de dos cálices de oro y
seis de plata, de códices y lámparas, constan también unos vestidos que nos
pueden extrañar: 82 túnicas para mujeres y 16 para hombres... Aparte de que
ya se nota que había más mujeres que hombres ya en aquellas Eucaristías,
(cosa que se nota también en el número de sandalias especiales que
requisaron los perseguidores), lo raro es que en aquella comunidad no parece
que se revistieran sólo los ministros, sino toda la asamblea expresaba su
acción festiva con túnicas especiales...
El que los fieles
cristianos acentúen con vestidos diferentes la solemnidad o las
características de lo que celebran, ha quedado todavía en algunas ocasiones:
así, por ejemplo, en la celebración del Matrimonio, sobre todo por parte de
la novia; en la primera Comunión; en los vestidos austeros y especiales que
en otros siglos llevaban los "penitentes", y ahora los miembros de las
hermandades de la Semana Santa; en la profesión religiosa, sobre todo en la
imposición de los diferentes hábitos de las varias familias religiosas...
En el sacramento
del Bautismo, después del gesto central del agua, entre las acciones
simbólicas "complementarias", está también la de la imposición de un paño
blanco sobre el bautizado. La intención es clara; el nuevo "estado" del
cristiano es un estado de gracia, de "revestimiento de Cristo" (Gal 3,26;
Rom 13,14). Su dignidad y el don de la nueva vida en Cristo, se significan
oportunamente con un vestido blanco, a ser posible bordado por la misma
familia, y que se puede conservar como recuerdo del sacramento celebrado.
En este caso, el vestido quiere ayudar a entender en profundidad lo que
sucede en el sacramento del Bautismo. Con una resonancia clara de los
pasajes del Apocalipsis, en que los seguidores victoriosos de Cristo
aparecen también con túnicas blancas, cantando a su Señor (Apoc 7,9), como
"invitados a las bodas del Cordero" (Apoc 19,9).
Por lo general, la
comunidad cristiana puede considerarse que subraya la Eucaristía dominical
con sus vestidos de fiesta. También aquí el vestido tiene su elocuencia:
los cristianos se "endomingan" el día del Señor, distinguiéndolo de los días
de trabajo, acudiendo así a su reunión más festiva de la Eucaristía. ¿No es
esto una señal de libertad, de victoria, de celebración?
Los
vestidos de los ministros: historia
Pero son los
ministros, sobre todo el presidente de la celebración, los que
tradicionalmente se revisten con atuendos especiales en el ejercicio de su
ministerio.
Ya en la liturgia
de los judíos se concedía importancia a veces exagerada a los vestidos de
los celebrantes. Se veía en ellos un signo del carácter sagrado de la
acción, de la gloria poderosa de Dios y de la dignidad de los ministros.
Así se describen, por ejemplo, los ornamentos litúrgicos de un sumo
sacerdote: "cuando se ponía su vestidura de gala y se vestía sus elegantes
ornamentos, al subir al santo altar, llenaba de gloria el recinto del
santuario" (Ecclo 50,11).
En los primeros
siglos no parece que los ministros cristianos significaran tal condición con
vestidos diferentes, ni dentro ni fuera del culto. En todo caso lo hacían
con vestidos normales de fiesta, con las túnicas grecorromanas largas.
Todavía en el
siglo V el papa san Celestino I, en una carta a los obispos de las
provincias galas de Vienna y Narbona, se queja de que algunos sacerdotes
hayan introducido vestidos especiales: ¿por qué introducir distinciones en
el hábito, si ha sido tradición que no? "Nos tenemos que distinguir de los
demás por la doctrina, no por el vestido; por la conducta, no por el hábito;
por la pureza de mente, no por los aderezos exteriores" (PL 50,431).
Pero poco a poco
se dio una evolución: se estilizaron los hábitos normales hasta adquirir una
identidad de vestidos litúrgicos. A medida que el traje civil fue cambiando
-acortándose- se prefirió que para el ministerio litúrgico continuara
usándose la túnica clásica. Con ello a la vez se denotaba el carácter
diferente de la actividad celebrativa, la distinción de los ministros y el
tono festivo de la celebración.
No se ponía en
ello ningún énfasis exagerado, al principio. Más bien se buscaba una
pedagogía para el momento del culto sagrado y se deseaba que fuera, en la
vida normal, no hubiera ninguna distinción entre los ministros y los demás
fieles (así el año 530, el papa Esteban prohibía a los sacerdotes ir
vestidos de forma especial fuera de la iglesia, y lo mismo S. Gregorio
Magno). Fue a partir más o menos del siglo IX cuando se "sacralizó" con
mayor fuerza el tema de los vestidos, buscándoles un sentido más bien
alegórico, interpretando cada uno de ellos en sentido moral (el alba
indicaba la pureza, la casulla el yugo suave de Cristo ... ) 0 como
referencia a la Pasión de Cristo o como imitación de los sacerdotes del AT y
a ala vez se empezó a bendecir los ornamentos y a prescribir unas oraciones
al momentos de revestirlos.
En rigor habría
que decir que los actuales vestidos litúrgicos son herencia de los trajes
normales de los primeros siglos; cuando en la vida profana se dejaron de
usar, se decidió seguir utilizándolos en el culto, porque se veía la
pedagogía expresiva que podían tener para entender mejor el papel de los
ministros y la naturaleza de la celebración.
Vestidos actuales
Actualmente es
distinta la costumbre respecto a los varios ministros de la celebración:
mientras el organista y los cantores no se revisten, los lectores y
ministros de la comunión sí lo hacen a veces; los monaguillos generalmente
tienen su vestidura especial; pero los que como norma se revisten son los
ministros ordenados: diáconos, presbíteros y obispos.
El vestido
litúrgico básico para estos ministros ordenados es el alba, blanca túnica, a
la que se va buscando dar una forma más estética, de modo que no requiera
amito (porque cierra bien el cuello) ni cíngulo (porque adquiere una forma
elegante). Sobre el alba los ministros ordenados se ponen la estola.- esa
franja de diversos colores (su nombre viene del griego "stolizo", adornar)
que los diáconos se colocan en forma cruzada, mientras que los presbíteros y
obispos lo hacen colgándola por ambos lados del cuello; también la estola se
tiende a que sea de materia más digna y estética, para los casos, cada vez
más numerosos, en que se celebra sin casulla (diáconos, concelebrantes,
etc.).
Además del alba y
la estola, el presbítero o el obispo que preside la Eucaristía se reviste la
casulla: su nombre ya indica que es como una especie de "casa pequeña", a
modo de manto amplio que cubre a la persona (como el "poncho" americano
actual). La casulla es el indumento litúrgico que ha venido a caracterizar
sobre todo la celebración eucarística. Mientras que se va perdiendo la
"dalmática" (que vendría a ser como una casulla con mangas) que llevaban
antes los diáconos.
Hay otros vestidos
menos usados: el "palio", que es como una estola que utilizan los arzobispos
a modo de escapulario, de tela blanca salpicada de cruces, que les envía el
Papa como distintivo de su especial dignidad; la "capa pluvial" que se
utiliza principalmente en las procesiones; las vestiduras corales de los
canónigos (por ejemplo el manto coral y la muceta negra); las "insignias"
distintivas (por ejemplo para el obispo, la cruz pectoral, el anillo, el
báculo pastoral, el solideo color violeta -para el Papa es blanco el
solideo, para los cardenales, rojo, y para los abades, negro)...
Ultimamente
diversos Episcopados, ateniéndose a la flexibilidad que el mismo Misal
sugiere (IGMR 304), han pedido y obtenido de Roma un reajuste en el vestido
litúrgico del que preside la Eucaristía, con una soluci6n que tiende a
unificar la casulla, el alba y la estola.
La casulla que,
durante siglos, había sido amplia y elegante, había adquirido con el correr
del tiempo unas formas más recortadas y de poco gusto, hasta llegar a la
forma de guitarra que todos hemos conocido, recargada, además, con adornos y
bordados que hacían de ella más un "ornamento" que un vestido.
En 1972, a
petición de los obispos franceses, se aprobó el uso de una especie de alba
con una gran estola encima, que por su amplia forma de corte se puede decir
que es a la vez alba y casulla. Se ha ido aprobando) por Roma para todos
los países que lo han pedido (Argentina, Brasil, Canadá, Filipinas ... ),
sobre todo para las celebraciones de grupos, concelebraciones o actos de
culto que se tienen fuera de la iglesia, quedando en pie que el vestido
litúrgico del que preside la Eucaristía es la casulla sobre el alba y la
estola, y reconociendo que esta forma de alba-casulla cumple, en esas
circunstancias mencionadas, la finalidad buscada. La búsqueda de una
estilización de los vestidos litúrgicos, más en consonancia con el gusto
estético de nuestros días, no quiere oscurecer, sino por el contrario
favorecer, la razón de ser que tienen en la liturgia cristiana: expresar
pedagóigicamente, con el lenguaje simbólico que les es propio, la dignidad
de lo que celebramos, y el ministerio característico de cada uno de los
ministros que intervienen en la celebración. (Cfr. En Phase 72 (1972)
570-571 la carta de concesión de esta casulla-alba a los obispos
franceses). Ya antes se había hecho una sabia "modernización" en este
terreno, cuando en 1968 se dieron normas para la simplificación de las
insignias y vestidos pontificales. Entonces ya se invitó a que el obispo,
para la celebración solemne, se revistiera aparte (y no delante de la
asamblea, como sucedía hasta entonces); que no hacía falta que se pusiera
diversos distintivos como los guantes o las sandalias; que bastaba con el
alba debajo de la casulla (sin necesidad de otras túnicas que antes se
sobreponía); que la "cátedra", su sede, no debía parecerse a un trono, con
su baldaquino y todo... Se quería conjugar a la vez la expresión gráfica de
lo que es un obispo para la diócesis -maestro, animador espiritual, signo
genuino de Cristo Pastor- con una sencillez más evangélica en los signos de
esa dignidad...
El
sentido de que los ministros se revistan
¿Por qué se
revisten los ministros en la celebración cristiana?
La respuesta la da
el mismo Misal, en su introducción: "En la Iglesia, que es el Cuerpo de
Cristo, no todos los miembros desempeñan un mismo oficio. Esta diversidad
de ministerios se manifiesta en el desarrollo del sagrado culto por la
diversidad de las vestiduras sagradas, que, por consiguiente, deben
constituir un distintivo propio del oficio que desempeña cada ministro. Por
otro lado, estas vestiduras deben contribuir al decoro de la misma acción
sagrada" (IGMR 297).
Los vestidos en la
liturgia no tienen una finalidad en sí mismos, como si fueran algo sagrado.
Tienen una función que podemos llamar pedagógica, en la línea que hemos
visto funcionar en la vida social, con el lenguaje expresivo y simbólico que
les es propio.
Ante todo, estas
vestiduras distinguen las diversas categorías de los ministros.
Es lógico que el
obispo, por la plenitud de ministerio que tiene en la comunidad cristiana,
signifique con algún distintivo su identidad: el báculo, la cruz pectoral,
el anillo, el solideo, la mitra... Es lógico que el que preside la
Eucaristía, presbítero u obispo, en nombre de Cristo, se revista de un modo
determinado, que ha venido a ser con la casulla.
Naturalmente que
estos vestidos no están pensados para "separar" a los ministros de la
comunidad. Toda la comunidad cristiana que celebra la Eucaristía es "pueblo
sacerdotal", con una dignidad radicalmente igual, que le viene del
Bautismo. Todos son hermanos en la casa de Dios. Estos vestidos no son
signos de poder o de superioridad, por parte de los ministros. Son unos
signos simbólicamente eficaces, que recuerdan a todos en primer lugar a los
mismos ministros- que ahora no están actuando como personas particulares en
su oración o en su predicación, sino como ministros de Cristo y de la
Iglesia. Que están actuando "in persona Christi" y también "in persona
Ecclesiae". El vestido tiene, para esta finalidad, una contrastada
eficacia, como en la vida civil, judicial, política o académica. Aquí, en
la celebración, "distinguen" sin separar. Ejercen una cierta mediación
pedagógica para favorecer el clima y la identidad de la celebración
cristiana, en la que hay una alternancia interesante entre una comunidad y
sus ministros.
Estos vestidos
ayudan también al decoro, a la estética festiva de la celebración.
No se trata de
hacer ostentación de riqueza, sino de mostrar, por el mismo modo exterior de
actuar, el aprecio que se tiene a lo que celebramos. Se unta el valor de la
Palabra, de la Eucaristía, de la asamblea misma, del día del Señor- si es
domingo-, del misterio de la presencia del Señor en medio de los suyos: todo
esto hace que la celebración cristiana sea un momento privilegiado en el
conjunto de la vida de fe. Un momento que pide signos exteriores de
aprecio; y el vestido, junto a las imágenes y los cantos y tantos otros
signos, es uno de los elementos más fácilmente inteligibles para subrayar el
carácter festivo de la acción.
En el fondo está
siempre la proporción pedagógica entre lo que celebramos y el modo exterior
de comportarnos. Y aquí lo que celebramos es en verdad algo importante y
festivo. Y cuanto más festivo, tanto más significativo debería ser también
el vestido litúrgico que nos ponemos. Un domingo no es lo mismo que otro
día de la semana. La noche de Pascua no es como cualquier otro domingo...
La estética y la "festividad" (lo que el Misal llama "decoro") son los
objetivos de estos vestidos litúrgicos que se endosan los ministros.
Al decoro festivo
de toda la celebración contribuye ciertamente el que se respeten las leyes e
a estética y la dignidad en esas vestiduras.
Unas leyes que hoy
están presididas por la sencillez (contra el barroquismo que antes gustaba),
por la dignidad en la belleza, sin ampulosidad, pero también sin tacañería,
de modo que exista autenticidad también en este signo: unos verdaderos
"vestidos", nobles y dignos, que favorezcan el aprecio a la misma
celebración y el ejercicio del ministerio por parta de los ministros.
De alguna manera
los vestidos litúrgicos ayudan a entender el misterio que celebramos.
Expresan
elocuentemente que estos ministros -sobre todo el presidente- están animando
una celebración sagrada. Lo que está sucediendo aquí no es como otros
encuentros que se pueden tener en una comunidad o en una parroquia, sino una
verdadera experiencia sacramental de la gracia de Cristo, un encuentro con
el Cristo presente en su Palabra, en su Eucaristía, en la misma comunidad
reunida en su nombre. Y como tal acción misteriosa y sagrada, se realiza
con signos exteriores diversos de los ordinarios.
El que los
ministros se revistan de modo especial quiere expresar el sentido de este
"salto" que existe entre las otras acciones y ésta: la "ruptura" con la vida
normal. Porque la Palabra que aquí se proclama no es lo mismo que las mil
palabras que nos envuelven continuamente. La comunión con el Cristo de la
Eucaristía no es como una comida de hermandad cualquiera.
Así como a un
ministro, el vestido especial le recuerda que no actúa como persona privada,
sino como ministro de Cristo y de la Iglesia, le recuerda también que él no
es "dueño de la Eucaristía", ni de la Palabra. Que está realizando, en
nombre de Cristo y de la Iglesia, una acción que le sobrepasa totalmente a
él: que está sirviendo a un misterio de comuni6n entre Dios y su Pueblo.
Claro que todo
esto no lo dice sólo la indumentaria: es todo un conjunto de
comportamientos, de signos, de palabras y de acciones lo que nos introduce
pedagógicamente a la experiencia de este misterio cristiano de comunión con
Cristo. Pero no es indiferente el factor del vestido. Tampoco en el caso
de los grupos más reducidos (una asamblea de niños, de jóvenes, de grupos o
comunidades): precisamente porque son grupos más pequeños y homogéneos, a
ellos también les hace falta subrayar con signos exteriores que ellos no son
dueños de lo que celebran, sino que lo hacen en unión con toda la Iglesia, y
el ministro que les preside no lo hace porque es un amigo suyo, sino como
ministro de toda la comunidad.
Dejar hablar a los signos.
También en el caso
de los vestidos litúrgicos habría que evitar los dos extremos: la
supervaloración cuasi-idolátrica, y el abandono o menosprecio de su función
pedagógica. No tienen un tono fetichista de valor en sí mismos. Pero
siguen expresando pedagógicamente la dignidad de la acción sagrada, siguen
"ambientando" el encuentro con Dios, siguen recordando a los ministros su
papel de tales en este encuentro misterioso.
No son lo más
importante en liturgia ni lo más eficaz en la pastoral.
No hace falta
resucitar las oraciones alegóricas con que antes nos revestíamos cada uno de
los ornamentos. Ni obligar a las mujeres a llevar "velo". Ni tachar de
pecado mortal al sacerdote que celebra sin casulla. Pero lo que sí hay que
decir es que estos vestidos son un factor válido en el conjunto de la
celebración.
Seguir, también en
esto, las sobrias normas de la Iglesia actual, es un signo de eclesialidad y
de pedagogía celebrativa. Despreciarlos -actuando sin estos vestidos en la
celebración- creo que, además de ser falta de disciplina, es un
empobrecimiento del lenguaje simbólico de la liturgia. En una liturgia que
está ya muy llena de palabras, tenemos que dejar hablar también a los
signos. Y los vestidos, aunque en el conjunto son menos trascendentales, en
comparación con la proclamación de la Palabra o de las oraciones o los
gestos sacramentales, son un elemento muy visible y que ayuda al tono
general de la celebración y a destacar la identidad de los ministros.
Desde el Concilio
se ha dado mayor libertad para que en las diversas regiones las
correspondientes Conferencias Episcopales adapten, si lo creen conveniente,
las vestiduras litúrgicas a la propia cultura y costumbres (IGMR 304,
siguiendo a SC 128).
Esta adaptación,
allí donde se realice, irá aportando ciertamente vestidos más convenientes,
más estéticos, como hemos visto en el caso de la casulla-alba. Buscar una
mejor estética es también importante para la dignidad del culto cristiano,
evitando los diversos abusos que en esto se habían producido (sensiblería,
imaginaría, barroquismo, ostentación).
Junto a la
estética, se irán respetando siempre los fines por los que están pensados
estos vestidos, y de lo que hemos hablado repetidamente: resaltar el papel
de los ministros, subrayar el carácter sagrado de la celebración, y ayudar a
su tono festivo y estético. Cuando Roma, el año 1972, permitió la
casulla-alba a los países que se lo iban pidiendo, vino a razonar así: no
está de acuerdo con la "letra" que hasta ahora era norma (por ejemplo, en el
Misal), pero un vestido así sirve muy bien al "espíritu" de la norma.
Extracto del libro
"Gestos y símbolos" de José Aldazabal
Dossier CPL nº 40 (Barcelona)
SIMBOLISMO
DE LAS VESTIMENTAS LITÚRGICAS
LOS SACERDOTES
Con su simbolismo
enseñan a proveerse de armas espirituales en el combate contra el espíritu
del mal. Como dijo el apóstol: Las armas de nuestra milicia no son
materiales, pero sí poderosas para derribar lo que se le opone. A la par de
la reina, adecuadamente ceñida de sus diversos ornamentos, el sacerdote
adornado exteriormente con las vestimentas sagradas, debe cuidar que su
interior, su alma, esté revestida de buenas costumbres, según lo escrito:
Que los sacerdotes estén revestidos de justicia.
Que se coloque al
principio el amito como un casco de salvación y que descienda sobre sus
hombros. Esto indica que no debe adormecerse en la ociosidad sino
consagrarse fortalecido a las buenas obras y, además, demuestra que deberá
tomar para sí las cargas. Que ligue los cordones del amito sobre el pecho,
recordando que esta acción a punto de comenzar, que es buena por su
intención y el objeto perseguido, se lleve a cabo según el querer de Dios.
A continuación el
sacerdote adaptará convenientemente el alba e torno a su pecho, para evitar
las superfluidades en su vida y costumbres. Que el alba sea blanca,
resplandeciente por la pureza de sus obras; amplia para la justicia, a fin
de dar a cada uno lo que es debido; sus riñones sean ceñidos por un cordón,
para que comprometido en el camino estrecho, no caiga en la lujuria y que no
se sienta entorpecido por la embriaguez y la glotonería.
Para volver a
encontrar la vestimenta de la alegría y la inmortalidad, y llevar con
paciencia el yugo del Señor, poniendo la estola sobre el cuello, que lleve
con paciencia el yugo del Señor: es por la paciencia que se posee el alma.
Que esté atento a su derecha y a su izquierda, así como él debe estar
fortalecido en ambos lados con las armas de la justicia, y sea exaltado por
la prosperidad o abatido por la adversidad.
En el brazo
izquierdo donde coloca el manípulo o pañuelo, una vez rechazadas la
languidez y cansancio de la vida presente, que pueda enjugar, en cierto
sentido, el sudor de su espíritu con el lienzo de la vigilancia y sacuda
la torpeza de su corazón. Los ministros del Señor no deben desanimarse ante
el trabajo: tengan siempre presente en el espíritu, que luego volverán
alegremente cargando sus manojos (manipulus).
Por último se
reviste de la casulla que es la vestimenta nupcial, designa a la caridad y
cubre la multitud de los pecados. El sacerdote debe desbordar de caridad,
extendiendo los dos brazos, en gesto de amor, a derecho e izquierda, hacia
Dios y hacia el prójimo. Y así adornado de todas las virtudes, por sobre
ellas ponga el lazo de una perfecta caridad. De esta manera, con la gracia
del Señor, podrá obtener lo que pide.
LOS OBISPOS
Sus pies calzan
sandalias para preparar el evangelio de la paz, según está escrito: Que sean
hermosos los pies de aquellos que anuncian el evangelio de la paz. Las
suelas por debajo de las sandalias, es para que no se ensucien con las cosas
de la tierra. Por encima el cuero tiene una abertura como ventana, para que
abran los ojos del corazón al conocimiento de las realidades celestiales.
Debe estar esa
abertura significando la conveniencia de revelar a algunos los secretos
del cielo, y mantenerlos ocultos en parte, a otros.
Usan también
caligas apretadas en torno a las rodillas, pues quien predica a los demás,
debe conducir sus pasos por caminos rectos y afirmar sus rodillas
vacilantes. El obispo reviste sobre el alba, una larga túnica llamada toga
que significa la perseverancia de los prelados. Las demás virtudes corren la
carrera; sólo la perseverancia recibe el premio.
Sobre la túnica se
coloca la dalmática. La amplitud de las mangas recuerdan la liberalidad:
que el prelado no tenga la mano extendida para recibir y cerrada para dar,
él que debe abundar en obras de misericordia y tender sus manos para
ponerlas a disposición de los presentes. Es por ello que los diáconos,
elegidos por los apóstoles para el servicio de la mesa, usan dalmática. Por
lo común, esta prenda tiene franjas en su parte izquierda, según la
palabra: aquel que conduce a sus hermanos, que se cuide de vigilarlos.
Que el obispo
tenga guantes en las manos, según lo escrito: Cuidad de no hacer buenas
obras delante de los hombres, para ser vistos. Si es lícito que se hagan
públicamente, la intención debe quedar oculta, a fin que la mano izquierda
ignore lo que hace la derecha.
Que tenga la mitra
en la cabeza, pues quiere decir que lleva la ciencia de ambos Testamentos,
así como el rostro de Moisés mostraba haces luminosos sobre su cabeza. Con
los cuernos de los Testamentos, el obispo debe combatir a los enemigos de la
Iglesia.
Que tenga un
anillo en el dedo, para que pueda decir por la voz de la esposa: "Nuestro
Señor Jesucristo ha puesto el anillo como signo de alianza" No sólo deberá
llevarlo como muestra de fidelidad, sino principalmente para demostrar que
vela para dar a Cristo como único esposo, a las almas que le fueron
encomendadas. Dice el apóstol: Yo os ligué a mi esposo para presentaros a
Cristo como virgen pura.
Que lleve en la
mano el bastón pastoral o báculo para corregir, sostener y empujar. Es
recto en su parte vertical para dirigir y sostener a los débiles; y es
curvo en su parte superior para atraer a los pecadores y reunir a lo que
erran: "Juntad, sostened, estimulad al indeciso, al enfermo, al perezoso".
Los arzobispos,
además, llevan sobre sus vestimentas un collar de lana blanca (Palio), de
forma circular que rodea pecho y espaldas. La lana es la aspereza de la
reprensión a los rebeldes; el color blanco, la benevolencia hacia los
humildes y penitentes, pues el prelado debe mostrar rostro de león y cara
de hombre. La forma circular que encierra los hombros es el temor del Señor,
por quien las obras se cierran a fin de que su perfume cubierto no se vaya
desvaneciendo, como sucede si se descuidan las pequeñas cosas que, poco a
poco, se cae en las grandes.
El palio (Pallium)
tiene cuatro cruces situadas delante y detrás, a la derecha y a la
izquierda. Así el obispo debe poseer vida, ciencia, doctrina y poder. Se
relaciona también con las cuatro virtudes cardinales, teñidas de púrpura
por la fe en la Pasión del Cristo. En la parte anterior se representa la
justicia: el prelado debe velar para dar a cada cual lo suyo. En la parte
posterior, la prudencia: el prelado debe cuidarse de dudas y pensamientos
nocivos. A la izquierda, el coraje, para no sucumbir en la adversidad. A la
derecha, la templanza, para no descontrolarse en la prosperidad.
Sobre el palio hay
además dos rayas, una delante, en el pecho, a fin de que dedique tiempo a la
contemplación, y otra sobre la espalda, para que no rehuya las cargas de la
vida activa. Como Moisés que estuvo un tiempo con el Señor en la montaña y
otro tiempo en la tierra con el pueblo.
El palio es doble
en la izquierda, pues es necesaria la firmeza en la vida presente, debido a
sus múltiples contratiempos. Es simple a la derecha, en razón de la quietud
y uniformidad de la vida futura. Tres hebillas tiene el palio: sobre el
hombro izquierdo, delante del pecho y atrás en la espalda, para que el
prelado sea movido por un triple aguijón: temor a la pena, temor a la culpa
y temor a la ignorancia. Que no sea herido en el pecho por la contrición y
por la compasión; en el hombro izquierdo, por la paciencia ante las pruebas;
en la espalda por el temor. Si el justo apenas se salvará, ¿qué no le espera
al impío? La eterna beatitud no es tiempo de dolor, no tiene hebilla en el
hombro derecho. La hebilla tiene el extremo dirigido hacia abajo y es de
forma redonda hacia arriba: quien sufre en esta tierra por Cristo, será
coronado en la vida eterna.
Fuente:
http://www.franciscanos.net