El concilio de Trento tenía en proyecto una
reforma de la liturgia, pero no se consiguió llevarla a cabo durante
su desarrollo, y en la sesión 25ª (Corpus Tridentinum IX, 1106) se
pidió al papa la tarea de realizarla. Los criterios a que se
atendrán los papas son éstos: reformar, según la tradición de la
iglesia romana (es decir, en continuidad con el período medieval);
imponer los nuevos libros a toda la iglesia occidental, excepto
aquellas iglesias que pudieran honrarse de tener ritos con más de
doscientos años de antigüedad. Esto, debido a que la única autoridad
en campo litúrgico de ahora en adelan¬te habría de ser la sede
apostólica.
En concreto, la reforma fue más bien superficial,
ya que se promulgaron en edición típica libros ya conocidos y usados
antes del concilio, con ligeros retoques y simplificaciones,
especialmente en las partes menos sustanciales.
Sin embargo, todos estos libros se llamarán
romanos en un sentido diverso del que tenían precedentemente, es
decir, válidos no sólo para la ciudad de Roma, sino para todo el
Occidente latino. De hecho, además del rito romano así ensanchado,
permanecieron en Occidente sólo el rito ambrosiano y alguna
diferencia en el rito dominicano.
Inmediatamente después del concilio se promulgan
el Breviario (en 1568), el Misal (en 1570), el Martirologio (en
1584), el Pontifical (en 1595), el Caeremoniale episcoporum (en
1600) y el Ritual (en 1614).
Respecto al Breviario, Liturgia de las horas,
III, 5, c-d. El Misal, después de la bula Quo primum tempore, de Pío
V, contiene dos instrucciones: un Ritus servandus in celebratione
missae y un De defectibus in celebratione missae occurrentibus. Se
trata de normas rubricales para uso de los ministros. No se hace
ninguna alusión a la parte de los fieles.
El Martirologio es un libro que encontramos ahora
por primera vez. Pero tiene una larga historia. Encuentra su
antecesor en el calendario, es decir, en la lista de las fiestas y
de los santos que tienen una celebración en un determinado lugar. El
más antiguo calendario litúrgico romano está constituido por la
Depositio martyrum y Depositio episcoporum, insertas en Cronógrafo
del 354. Posteriormente los calendarios se insertan en los libros
litúrgicos a modo de índice. Redactados aparte, con la indicación
del día y del lugar, tomarán el nombre de martirologios. El más
antiguo es el llamado Martyrologium hieronymianum, de la segunda
mitad del siglo V. Siguen los martirologios históricos, que a las
indicaciones precedentes añaden noticias esenciales de la figura y
de la obra de los santos, especialmente respecto a su muerte. Entre
éstos, el de Beda, de Floro, de Usuardo. Estos últimos, sin embargo,
daban cabida a muchas noticias legendarias, por lo que era necesaria
una revisión. El papa Gregorio XIII se interesará por ella, ya que a
partir del siglo IX el martirologio se leía cada día en el officium
capituli de los monasterios y después de las catedrales. Se le
encarga al célebre historiador cardenal César Baronio; el libro fue
publicado en 1584 como Martyrologium romanum. La reforma del
Vaticano II no lo considera ya libro litúrgico, aunque no es
improbable una nueva revisión. El Ritual tridentino nace tarde por
un motivo muy preciso. Gregorio XIII se lo había encargado al
cardenal Julio Santori. Éste se puso a la obra, insertando en su
Ritual también indicaciones de textos bíblicos adaptados al
catecumenado y a la mistagogia. Sin embargo, antes de que se hubiera
acabado de imprimir morían el papa y Santori (1602), y el pontífice.
siguiente, Pablo V, mandó destruir los ejemplares. El Ritual de
Santori fue impreso de nuevo por los herederos con la fecha que
habría debido llevar (1583). Pablo V publicó luego su Rituale
romanum (1614), mucho más reducido que el de Santori. Hay que
señalar que este libro no fue impreso en edición típica sino en
1952, y nunca ha sido propiamente obligatorio, dejando sobrevivir
los Rituales de las iglesias locales que lo quisieren. El
Caeremoniale episcoporum es también un libro nuevo. Había nacido ya
en 1455 de la necesidad de describir más detalladamente las
ceremonias del papa, de los obispos y de los presbíteros en la
celebración litúrgica. Textos semejantes se habían visto en 1516 y
1564, pero el Caeremoniale pasó a ser libro oficial con la bula de
Clemente VIII en 1600. Revisado y corregido varias veces en los
siglos siguientes, ha llegado hasta los umbrales del Vaticano II.
Hoy no se ve la oportunidad de un libro semejante, dada la
elasticidad de las nuevas normas litúrgicas. Desde el tiempo de su
promulgación, los libros tridentinos habían permanecido casi
inalterados, salvo pequeños retoques en las sucesivas ediciones.
Nunca se les ha sometido a una verdadera reforma. Tentativas de este
género, hechas por iniciativa de algún obispo, serán condenadas por
Roma. Sólo en nuestro siglo, más aún, de 1950 en adelante, tenemos
cambios de relieve, como el restablecimiento de la vigilia pascual
en 1951, la restauración de la semana santa en 1955, el nuevo código
de rúbricas en 1960, cuando ya estaba anunciado el concilio Vaticano
II.