Contrariamente al modo de concebirse los libros
litúrgicos desde el concilio de Trento hasta el Vaticano II, es
decir, como textos intocables cuyo dictado había de ejecutarse
escrupulosamente, ahora los nuevos libros se entienden como
proyectos que se han de realizar luego en la celebración, teniendo
en cuenta la particular situación de la asamblea concreta. De aquí
deriva la necesidad de estudiar bien las introducciones, las
posibilidades de adaptación que se dejan a las conferencias
episcopales y también al presidente individual de la asamblea. Estas
posibilidades se han de explotar luego en el momento celebrativo.
Los mismos textos y las rúbricas han de observarse prestando mayor
atención a lo que quieren decir, a la nueva mentalidad con que se
han redactado y con el diverso valor que revisten los diferentes
elementos de la celebración. Así, la palabra de Dios hay que
proclamarla y respetarla como tal: no se permite modificar el texto
de las lecturas, sino que se dan amplias posibilidades de opción en
las misas rituales, en celebraciones particulares, en los días
festivos. Se ha de prestar mucha atención a los textos eucológicos,
especialmente a las fórmulas consecratorias, tanto de la eucaristía
como de los demás sacramentos: son textos cuidadosamente formulados,
que hay que respetar y valorizar debidamente, con oportuna
catequesis previa y con eventuales moniciones breves. Se prevé
cierta libertad para la elección de los textos eucológicos variables
(las oraciones presidenciales), especialmente en los días de labor.
En cambio, sólo tienen valor de ejemplos o modelos los textos de las
moniciones previstas en los libros litúrgicos.
Respetando su función, es bueno que se expresen
con palabras vivas, no atadas al texto del libro litúrgico. Esto
vale sobre todo para las celebraciones de los sacramentos. En suma,
el libro litúrgico, en lugar de ofrecer una serie de celebraciones
ya preordenadas, y por tanto invariables, ofrece abundante material
para construir celebraciones diferenciadas y responder así a
exigencias diversas. Es árbitro de las diversas opciones el
presidente de la asamblea, el cual, sin embargo, mirará al bien
espiritual de su comunidad, sabrá usar convenientemente el sentido
eclesial y el respeto a las situaciones, no impondrá una idea
personal y, sobre todo, sabrá entender y realizar el espíritu que
anima a cada parte de la Celebración.
Una última palabra se refiere al respeto hacia el
libro, considerado en su materialidad. Hay que considerarlo como el
signo exterior y visible de lo que contiene; hay que tributar al
libro litúrgico el mismo respeto y la misma veneración que la
iglesia profesa a la palabra de Dios y la oración de la iglesia. El
Leccionario, especialmente, ha de venerarse como la palabra de Dios:
la liturgia misma nos lo enseña cuando rodea al libro de los
evangelios con tantas señales de veneración (incensación, beso,
entronización sobre el altar y sobre el ambón). Sin embargo, esta
veneración no debe limitarse al momento del uso litúrgico, sino que
hay que cultivarla siempre, tanto durante la celebración como fuera.
El respeto al Misal exige igualmente que se le honre, y no se le
sustituya con ediciones de bolsillo o con hojas volantes. El respeto
al libro se manifiesta en la misma composición tipográfica; en la
encuadernación; en el modo de tener, llevar, usar el libro y
conservarlo.