5.2.
El sentido de la
Cuaresma actual:
La Constitución Sacrosanctum Concilium en el numeral 109-110
considera la Cuaresma como el tiempo litúrgico en el que los
cristianos se preparan a celebrar el Misterio Pascual mediante
una verdadera conversión. El recuerdo o celebración del
Bautismo y la participación en el sacramento de la
Reconciliación.
Este tiempo hace una invitación fuerte al cristiano a la escucha
y meditación atenta de la Palabra de Dios y a la oración
personal y comunitaria, y a otros medios ascéticos tradicionales
como la abstinencia, el ayuno y la limosna.
La celebración de la Pascua es por tanto, la meta a la que
tiende toda la cuaresma;
es el núcleo a que convergen todas las intenciones de este
tiempo. La Iglesia quiere que durante este tiempo los
cristianos tomemos más conciencia de las exigencias vitales que
se derivan de la pascua de Cristo como centro de nuestra fe y
esperanza.
No se trata por tanto de preparar solo una celebración
histórica, drama ritual, de la pascua de Cristo, sino de
disponernos a participar en su Misterio, en la muerte y
Resurrección del Señor.
Esta participación se realiza mediante el Bautismo que se ha
recibido y ahora se ha actualizado, y también de la penitencia
como muerte al hombre viejo e incorporación al hombre nuevo, y
por la recepción de la Eucaristía, que es reactualización del
misterio pascual de Cristo.
Lectura
LA
CONVERSIÓN, CONSECUENCIA DEL ENCUENTRO CON CRISTO
(Juan pablo
II)
«Metánoia»,
palabra griega que significa conversión, es el movimiento
interior que surge en toda persona que se encuentra con Cristo.
1.
Canta el salmista: «De mi vida errante llevas tú la cuenta»
(Sal 56, 9). En esta frase breve y esencial se resume la
historia del hombre que vaga en el desierto de la soledad, del
mal, de la aridez. Con el pecado, ha roto la admirable armonía
de la creación establecida por Dios en los orígenes: «Vio Dios
cuanto había hecho, y todo estaba muy bien». Y, sin embargo,
Dios nuca está lejos de su criatura, es más, permanece siempre
presente en su intimidad, según la bella intuición de san
Agustín: «¿Dónde estabas tú cuando estabas lejos de mí? Yo
vagaba lejos de ti (...). Tú, sin embargo, estabas dentro de mí,
en lo más profundo de mí mismo, y en lo más alto de lo más
elevado de mí» (Confesiones 3, 6, 11).
Pero ya el salmista
había trazado en un himno estupendo la vana fuga del hombre de
su Creador: «¿A dónde iré yo lejos de tu espíritu, a dónde de tu
rostro podré huir? Si hasta los cielos subo, allí estás tú, si
en el sheol me acuesto, allí te encuentras. Si tomo las alas de
la aurora, si voy a parar a lo último del mar, también allí tu
mano me conduce, tu diestra me aprehende. Aunque diga: «¡Me
cubra al menos la tiniebla, y la noche sea en torno a mí un
ceñidor, ni la misma tiniebla es tenebrosa para ti, y la noche
es luminosa como el día».
Dios sale al encuentro
2.
Dios busca con particular insistencia y amor al hijo rebelde que
huye lejos de su mirada. Dios se ha puesto en camino por las
sendas tortuosas de los pecadores a través de su Hijo,
Jesucristo, que precisamente al irrumpir en el escenario de la
historia se presentó como «el Cordero de Dios que quita los
pecados del mundo» (Jn 1, 29). Las primeras palabras que
pronuncia en público son éstas: «Convertíos, porque el reino de
los cielos está cerca» (Mt 4, 17). Aparece así un término
importante que Jesús ilustrará repetidamente tanto con sus
palabras como con sus actos: «Convertíos», en griego «metanoéite»,
es decir, emprended una «metánoia», un cambio radical de
la mente y del corazón. Es necesario dejar a las espaldas el mal
y entrar en el reino de justicia, de amor y de verdad, que está
comenzando.
La trilogía de las
parábolas de la misericordia divina recogidas por Lucas en el
capítulo 15 de su Evangelio constituye la representación más
incisiva de la búsqueda activa y de la espera amorosa de Dios a
su criatura pecadora. Al realizar la «metánoia», la
conversión, el hombre vuelve, como el hijo pródigo, a abrazar al
Padre, que nunca lo ha olvidado ni abandonado.
El abrazo
3.
San Ambrosio, comentando esta parábola del padre pródigo de amor
hacia su hijo pródigo de pecado, introduce la presencia de la
Trinidad: «Levántate, ven corriendo a la Iglesia: aquí está
el Padre, aquí está el Hijo, aquí está el Espíritu Santo. Te
sale al encuentro, pues te escucha mientras estás reflexionando
dentro de ti, en el secreto del corazón. Y, cuando todavía estás
lejos, te ve y se pone a correr. Ve en tu corazón, corre para
que nadie te detenga, y por su fuera poco, te abraza... Se echa
a tu cuello para levantarte a ti, que yacías en el suelo, y para
hacer que, quien estaba oprimido por el peso de los pecados y
postrado por lo terreno, vuelva a dirigir su mirada al cielo,
donde debía buscar al propio Creador. Cristo se echa al cuello,
pues quiere quitarte de la nuca el yugo de la esclavitud e
ponerte en el cuello su dulce yugo» (In Lucam VII,
229-230).
Jesús cambia una vida
4.
El encuentro con Cristo cambia la existencia de una persona,
como enseña el caso de Zaqueo, que hemos escuchado al comenzar.
Así sucedió también a los pecadores y pecadoras que cruzaron sus
caminos con Jesús. En la cruz, tiene lugar un extremo acto de
perdón y de esperanza, ofrecido al malhechor, que cumple con su
propia «metánoia» cuando llega a la frontera última entre
la vida y la muerte y dice a su compañero: «A nosotros se nos
hace justicia por lo que hemos hecho» (Lc 23, 41). Y cuando
implora: «Acuérdate de mi cuando estés en tu reino», Jesús
responde: «En verdad te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso»
(cfr. Lc 23, 42-43). De este modo, la misión terrena de Cristo,
comenzada con la invitación a convertirse para entrar en el
reino de Dios, se concluye con una conversión y la entrada de
una persona en su Reino.
El mensaje de los
apóstoles
5.
La misión de los apóstoles también comenzó con una invitación
apremiante a la conversión. Los que escuchaban su primer
discurso, conmovidos en lo más profundo de su corazón,
preguntaban con ansia: «¿Qué es lo que tenemos que hacer?».
Pedro respondió: «Convertíos y que cada uno de vosotros se haga
bautizar en el nombre de Jesucristo, para remisión de vuestros
pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo» (Hch 2,
37-38). Esta respuesta de Pedro fue acogida inmediatamente:
«unas tres mil almas» se convirtieron aquel día (cfr. Hch 2,
41). Después de la curación milagrosa de un cojo, Pedro renovó
su exhortación. Recordó a los habitantes de Jerusalén su
horrendo pecado: «Vosotros renegasteis del Santo y del Justo
(...), y matasteis al Jefe que lleva a la Vida» (Hch, 3, 14-15).
Sin embargo, atenuó su culpabilidad diciendo: «Ya sé yo,
hermanos, que obrasteis por ignorancia» (Hechos 3, 17); después,
los invitó a convertirse (cfr. 3, 19) y a cada uno le dio una
esperanza inmensa: «Para vosotros en primer lugar ha resucitado
Dios a su Siervo y le ha enviado para bendeciros, apartándoos a
cada uno de vuestras iniquidades» (3, 26).
Una puerta de
esperanza
6.
Del mismo modo, el
apóstol Pablo predicaba la conversión. Lo dice en su discurso al
rey Agripa, describiendo así su apostolado: a todos, « he
predicado que se convirtieran y que se volvieran a Dios haciendo
obras dignas de conversión» (Hch 26, 20; cfr. 1Ts 1, 9-10).
Pablo enseñaba que la «bondad de Dios te impulsa a la
conversión». Inspirada por el amor (cfr. Ap 3, 19), la
exhortación es vigorosa y manifiesta la urgencia de la
conversión (cf. Ap 2, 5.16.21-22; 3, 3.19), pero es acompañada
por promesas maravillosas de intimidad con el Salvador (cfr. 3,
20-21).
Por tanto, a
todos los pecadores siempre se les abre una puerta de esperanza.
«El hombre no se queda solo para intentar, de mil modos a menudo
frustrados, una imposible ascensión al cielo: hay un tabernáculo
de gloria, que es la persona santísima de Jesús el Señor, donde
lo humano y lo divino se encuentran en un abrazo que nunca podrá
deshacerse: el Verbo se hizo carne, en todo semejante a
nosotros, excepto en el pecado. Él derrama la divinidad en el
corazón enfermo de la humanidad e, infundiéndole el Espíritu del
Padre, la hace capaz de llegar a ser Dios por la gracia» («Orientale
lumen», n.15).
Taller
1. Escoge dos
frases del texto que te hayan llamado la atención
2. Evalúa qué pasos has dado para seguir tu proceso de
conversión…