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LA ORACIÓN:
El acólito debe ser una persona que ora en su servicio, que abre el corazón
al amor de Dios en cada celebración, puesto que su servicio le lleva a
contemplar el misterio del amor de Dios.
Su peligro es la incredulidad y el servir por servir, sin amor. Una función
más.
LA FORMACIÓN:
El acólito no
debe creer que se las sabe todas, aunque tenga conocimiento.
Diariamente hay que aprender nuevas cosas y hacer escuela de
formación permanente.
Su peligro es el estancamiento por creer saber, y no recibir la
formación.
PRESENTACIÓN
PERSONAL:
Es vital, el
estar saludable, puesto que es la carta de presentación que está al
frente de una comunidad. Este comprende el aseo diario, manos y uñas
limpias, zapatos negros lustrados, alba bien planchada.
Su peligro es el desaseo y la dejadez en su presencia.
LA SINCERIDAD:
Esta se caracteriza por las palabras honestas y rectas del acólito y
de su compromiso personal, es decir, que sus acciones son
coherentes.
Su peligro es la falsedad, la mentira, el engaño.
ORDEN:
En este aspecto hay que ubicarnos en el lugar que nos corresponde.
Guardar el orden en la casa de Dios cuando se presta el servicio
litúrgico.
Su peligro es la perdida de respeto hacia lo sagrado y la rutina.
PUNTUALIDAD:
Es el termómetro de su responsabilidad y es su principio básico. Es
un signo concreto de su compromiso y de su organización.
Su mayor peligro es el facilismo y la falta de perseverancia.
ATENCIÓN:
Es una disposición interior que se hace eficaz en la voluntad, para
estar vigilantes en el servicio litúrgico, es decir, requiere estar
pilas de todo el curso de la celebración para una mejor realización
de ella.
Su peligro es la pereza, la lentitud, y el desánimo.
RELACIONES
INTERPERSONALES:
Se enfatiza en este campo propiamente a la facilidad de hacer amigos
y ser amigos auténticos, al estilo de Jesús amigo y confidente. Es
la ayuda mutua para crecer como familia de Dios.
Su peligro es la autosuficiencia, el egoísmo, el orgullo, y el
resentimiento.
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