12. La resurrección de los muertos y la
vida eterna
Hay personas que mueren siendo ancianas y
saciadas de la vida. Pero mueren también niños y jóvenes: por
accidentes y catástrofes, por enfermedad, hambre y frío. Dios es
el único que sabe cuántas personas mueren por la dureza de
corazón de sus semejantes, que no quieren compartir con ellos el
pan y las medicinas, las tierras y la casa. 0 por la violencia
de los poderosos, que prefieren hacer la guerra en vez de
mantener la paz.
· Cuando los cristianos dicen que creen en la
resurrección de los muertos y en la vida eterna, eso no quiere
decir que quieran desentenderse de la muerte ni de¡ sufrimiento.
· No pretenden consolar vanamente a sus
semejantes desfavorecidos y víctimas de atropellos, con la
esperanza de una vida mejor en el más allá.
· Cuando los cristianos dicen que creen en la
resurrección de los muertos y en la vida eterna, quieren afirmar
con ello: Creemos con fe que nosotros -los seres humanos, la
Tierra y todo lo que en ella crece- tenemos un futuro mejor.
Creemos con fe que ese futuro será bueno. Mejor de lo que
nosotros nos imaginamos y soñamos. Pues Dios nos lo concederá
graciosamente.
Creemos firmemente, y así lo esperamos, que
de¡ mismo modo que Cristo ha resucitado verdaderamente de entre
los muertos, y que vive para siempre, igualmente los justos
después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado
y que Él los resucitará en el último día (Catecismo de la
Iglesia Católíca 989).
12.1 Dios no es un Dios de muertos
Los libros de la Biblia están llenos de
historias. Hay personajes que hablan de sus planes y objetivos.
De su gozo, cuando tienen felicidad en la vida. De dolor y
desilusión, cuando la desdicha cae sobre ellos. De¡ mal que esas
personas hacen y de¡ mal que soportan. Y también de la muerte,
que pone fin a todo lo que el hombre proyecta para su vida. Se
preguntan: ¿Para qué estamos en el mundo? ¿De qué valen todos
los esfuerzos, si cada uno sabe que ha de morir? ¿Por qué a uno
se le concede larga vida, y otro muere antes de que la vida haya
comenzado realmente para él? A preguntas como ésta no encuentra
el hombre, por sí mismo, ninguna respuesta válida.
Las personas cuyas historias se narran en los
libros bíblicos experimentan sus propios límites. Pero
experimentan también que, por encima de esos límites, es posible
la esperanza. Sienten que están abiertos hacia Dios. En El
depositan su confianza. Y Dios es fiel con ellos. Dios nos hizo
ver en Jesucristo que Él es más fuerte que la muerte. Desde la
Pascua de su resurrección, Él consuela a toda mujer y a todo
hombre que llora junto a la tumba de una hermana o de un hermano.
Yo soy la resurrección y la vida. El que cree
en mí, aunque haya muerto, vivirá. JUAN 11,25
12.2 ¿Cómo resucitarán los muertos?
Nuestro lenguaje, nuestras palabras, se
refieren a este mundo y a su realidad. No son suficientes para
designar el mundo de Dios y su realidad. De esto se dan cuenta
ya los primeros cristianos, cuando preguntan: ¿Cómo será la
resurrección de los muertos? ¿Qué pasará con el cuerpo que se
pudre en el sepulcro? Si una persona está discapacitada, ¿en qué
forma resucitará? Si un niño muere, ¿será adulto en el cielo? ¿Qué
pasa con los muchos que murieron y mueren con la confianza en
Dios y la fe en Jesús? ¿Dónde esperan hasta que pase la última
noche de este tiempo de¡ mundo y ri le el ía de Dios sobre una
tierra nueva? A estas preguntas -y a muchas otras- no conocemos
ninguna respuesta mejor que la que dio San Pablo en su carta
dirigida a la comunidad de Corinto.
Lo que ni ojo vio, ni oído oyó, ni mente
humana concibió, eso es lo que Dios tiene preparado para quienes
le aman. CARTA PRIMERA A LOS CORINTios 2,9
12.3 Los cristianos y la muerte
La muerte inspira miedo a los hombres,
incluso a los que confían en Dios. Porque la muerte significa
despedida y separación. Todo lo que constituía la vida de un
hombre -cosas y personas- se queda atrás. Cada uno muere su
propia muerte. Y muere con las manos vacías.
Ningún moribundo debe avergonzarse de su
miedo. También Jesús, en la cruz, clamó al Padre. Con Jesús
puede clamar también todo moribundo, cuando ve que se le acerca
la muerte. Pero con Jesús puede confiar igualmente todo
moribundo en que el Dios misericordioso transformará el miedo en
júbilo y volverá a llenar las manos vacías.
Creemos con fe que en la muerte Dios viene a
nuestro encuentro. Los ojos que la muerte cierra, se nos abren.
Nos hallamos ante Dios: cada uno con su propia historia, con su
amor y con su culpa. Con lo que él ha hecho, sea bueno o malo:
para agrado de Dios y de nuestros semejantes o para desagrado de
ellos. Creemos con fe que ese encuentro es vitalmente decisivo.
Los profetas de Israel y también Jesús
designan esa experiencia como un juicio. Los ojos de Dios
penetran con su mirada hasta en lo más profundo. No es posible
ocultar nada. No se pueden paliar las cosas. En ese juicio se da
una sentencia: recompensa o castigo, bienaventuranza o
condenación, seno de Abrahán o lago de fuego, cántico de
alabanza o aullido y rechinar de dientes (Mt 8,12), el baile en
la sala de bodas o el golpear inútilmente a las puertas cerradas
(Mt 25,1-13). Son imágenes impresionantes. Se les dicen a
quienes están en camino, para que se conviertan, cambien de vida,
se aferren al amor de Cristo: en la fe, la esperanza y el amor.
La vida de los que en ti creemos, Señor, no
termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal,
adquirimos una mansión eterna en el cielo. DE LA MISA DE
DIFUNTOS
La muerte marca el final de la vida terrena,
el comienzo de la vida eterna: el alma se separa de¡ cuerpo, que
se corrompe. El alma se encuentra con Dios en el juicio
particular. En el Día de Dios, cuando Jesucristo venga de nuevo
en gloria, todos los muertos resucitarán, sus almas se unirán
con el cuerpo "transformado".
Juicio: Se distingue entre el juicio
particular ("personal') y el juicio universal. El juicio
particular va ligado a la muerte. En él se decide sobre la
pertenencia de¡ individuo a la comunión con Dios o la exclusión
de esa comunión. La sentencia se pronuncia según la medida en
que el individuo haya cumplido en su vida la voluntad de Dios y
según su fe en Jesucristo. Esta sentencia es definitiva. El
juicio universal (o "juicio final') está ligado el Día de Dios,
el 'último día" o "día novísimo", es decir, el día en que
Jesucristo venga de nuevo para instaurar el reinado de Dios y su
reino. En ese día resucitarán todos los muertos.
Sentencia: La sentencia se ajusta a la libre
decisión del hombre durante su vida terrena. El que consciente y
deliberadamente se haya separado de Dios, no tiene un puesto en
la comunión de los bienaventurados: su lugar se halla entre los
excluidos, en el 'infierno". - A los que fundamentalmente se
confiesen en favor de Dios y de su Cristo, pero en el instante
de su muerte no estén totalmente preparados ni sean dignos, se
les asignará un tiempo de purificación, de espera y de
maduración, al que se designa con la metáfora de "fuego
purificador" o "purgatorio". Esperan hasta ser recibidos en la
plena comunión con Dios. La oración de los creyentes les sirve
de ayuda. Los elegidos escuchan las palabras de Cristo: "Vengan,
benditos de mi Padre, tomen posesión del reino preparado para
ustedes desde la creación del mundo" (Mt 25,34). Contemplan a
Dios cara a cara (1 Jn 3,2) y viven eternamente en unión con Él.
Están en el "cielo'.
12.4 La vida eterna
Vivir íntegramente, vivir para siempre, no en
eterno reposo, sino en inconcebible plenitud, no tener miedo ya
a nada ni a nadie, ni siquiera a las propias debilidades; ser la
persona que Dios quería que fuese, cuando la llamó por su nombre.
Vivir con Dios, celebrar la fiesta de la vida, ¿quién podrá
decir exactamente lo que eso será?
Uno de los grandes doctores de la Iglesia,
San Agustín, escribía: Entonces seremos libres y veremos,
veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. He aquí lo que
sucederá al fin sin fin.
Los profetas de Israel y el Vidente San Juan,
el profeta cristiano que vaticina sobre el fin de los tiempos,
hablan en metáforas de cómo ha de ser para nosotros esa vida
nueva. No hablan de¡ cielo como de algo inimaginable que existe
en algún lugar (por encima de todas las nubes). El cielo está
donde está Dios, donde hay personas que viven con Él como su
pueblo. La vieja Tierra, cargada de culpas, profanada por el
hombre, ha pasado ya. Una nueva Tierra, tal como Dios la
concibió y quiso desde el principio, se convierte en la patria
de¡ hombre. Un mundo en el que también Dios se halla a gusto, y
Dios es su luz y su vida. De ahí que ese mundo no necesite ya
sol ni luna. Y en la nueva Jerusalén no se edifica ninguna casa
de piedra, ningún templo en el que se pueda encontrar a Dios.
Dios mismo está allí, habita entre los hombres.
Una Tierra nueva y fértil: brotan manantiales
en el desierto, crecen árboles y producen frutos: doce veces al
año. Un mundo en el que ningún ser vivo constituye una amenaza
para otro ser vivo. El cordero y el lobo conviven fraternalmente.
Un niño pequeño mete su mano en un nido de víboras y no sufre
mordeduras (is 11,6-8).
Los hombres experimentan lo que es una vida
humana plena y sin fragilidades: no hay enfermedad ni muerte ni
soledad ni lamento ni lágrimas ni enemistad ni opresión.
A los ciegos se les abren los ojos, y a los
sordos los oídos; los cojos bailan y los mudos cantan (is
35,5-6). Las espadas y lanzas son superfluas. Se forjan con
ellas arados y hoces. Más aún, no se piensa siquiera en la
guerra. Puede uno estar sentado tranquilamente bajo su vid o
bajo su higuera; nadie vendrá a molestarle (Miq 4,3-4). Dios
mismo, con mano tierna, secará de los ojos las últimas lágrimas
de los que lloren. Sí, lo antiguo ha pasado ya.
Contemplarán su rostro y llevarán su nombre
escrito en la frente. APOCALIPSIS DE SAN JUAN 22,4
El Vidente San Juan escribió el último libro
del Nuevo Testamento. Se llama 'Apocalipsis" o "Revelación
secreta". "Secreta", porque se trata de acontecimientos que Dios
hizo ver al Vidente. "Revelación", porque al Vidente se le
revelaron las cosas que están ocultas en Dios: el triunfo de
Dios y la derrota de todos los poderes impíos, la salvación
eterna; la felicidad de las personas que viven para siempre con
Dios.
