11. El perdón de los pecados
Los cristianos confesamos nuestra fe en el
Espíritu Santo, la Santa Iglesia católica, la comunión de los
santos y el perdón de los pecados. Estas verdades se hallan
íntimamente relacionadas; cada una de ellas hace referencia a
las demás, y todas ellas tienen que ver con el encargo que el
Resucitado dio a sus apóstoles, cuando los envió en misión: "Vayan
por todo el mundo y proclamen la buena noticia a toda criatura.
El que crea y se bautice, se salvará, pero el que no crea, se
condenará" (Mc 16,15-16).
El que por medio de¡ Bautismo sella su fe en
Jesucristo, está reconciliado con Dios por la muerte de Jesús:
los pecados le están perdonados. Por eso, el Bautismo es el
primero y el más importante sacramento para el perdón de los
pecados.
11.1 El encargo del Señor
El Señor resucitado dio a los apóstoles el
encargo y la autoridad para administrar el Bautismo a los que
creen y para incorporarlos así a su Iglesia.
San Juan, en su Evangelio, da testimonio de
este encargo. Lo describe así: En la tarde de la fiesta de
Pascua estaban reunidos los discípulos. Tenían miedo y habían
cerrado la puerta. "Jesús se presentó en medio de ellos y les
dijo: La paz esté con ustedes. Los discípulos se llenaron de
alegría al ver al Señor. Jesús les dijo de nuevo: La paz esté
con ustedes. Y añadió: Como el Padre me ha enviado, yo también
los envío a ustedes. Sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el
Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los
perdonará; y a quienes se los retengan, Dios se los retendrá" (Jn
20,19-23).
En la Iglesia, la autoridad conferida por
Cristo a los apóstoles se ha venido transmitiendo hasta el día
de hoy: a los obispos y a los sacerdotes. Y está bien que así
sea. Porque somos seres humanos y cometemos faltas y errores.
Pablo lo expresa atinadamente, cuando escribe en la Carta a los
Romanos: "Yo soy un hombre de apetitos desordenados y vendido al
poder de¡ pecado, y no acabo de comprender mi conducta, pues no
hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco" (Rom
7,14-15). Estaríamos perdidos si a nosotros, los bautizados, no
se nos ofreciera constantemente perdón: En el sacramento de la
Penitencia, a quien se convierte y se arrepiente de su culpa y
la confiesa, Cristo le concede la reconciliación y el perdón.
El perdón del pecado lo puede conseguir
también el cristiano mediante arrepentimiento activo,
participando en la celebración de la Eucaristía, leyendo la
Sagrada Escritura, y mediante la misericordia de Dios y de las
personas que nos aman.
¿Cómo sería nuestro mundo si no existiera la
palabra perdón? ¿Si lo que significa esta palabra no formara
parte de las experiencias que todos tenemos? ¿Si no existiera
una mano extendida para ofrecer reconciliación? ¿Si el que peca
tuviera que seguir siendo culpable? ¿Si cada uno tuviera que
quedarse con sus yerros7 ¿Si sólo existiera la venganza y no
contase para nada el perdón?
11.2 Yo no te condeno
El evangelista San Juan refiere lo siguiente
acerca de unos escribas. Traen a una mujer a la presencia de
Jesús y dicen: Esta mujer ha cometido adulterio. Es culpable.
Según la ley, tiene que morir apedreada. ¿Qué dices tú? Jesús
guarda silencio. Como le instan a que responda, Jesús dice: "Aquel
de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra".
los acusadores oyen su respuesta y la comprenden.
Se van yendo uno tras otro. Finalmente se
quedan solos Jesús y la mujer. Jesús le pregunta: "¿Dónde están
tus acusadores? ¿Ninguno de ellos se ha atrevido a condenarte?"
Ella responde: "Ninguno". Entonces Jesús le dice: "Tampoco yo te
condeno. Puedes irte, pero no vuelvas a pecar" (véase Jn
8,1-10).
El relato del encuentro de Jesús con la mujer
adúltera es un ejemplo. Jesús no rehúye a los pecadores. Come
con ellos. Entre sus apóstoles hay un antiguo publicano. Y en su
hora suprema Jesús dice al ladrón que está crucificado "a su
derecha": "Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc
23,43).
Jesús no clava a nadie en sus fallos. A los
que están encorvados bajo el peso de la culpa, Jesús les quita
de encima el peso para que puedan levantarse. Jesús no se
preocupa de que se condene y castigue a los culpables, sino de
que, como personas absueltas, vivan una vida nueva y no se
olviden jamás de que Dios los ama. De este modo, ellos pueden
aceptarse a sí mismos, porque han sido aceptados por Dios.
El perdón no puede comprarse ni puede
merecerse; nadie tiene derecho al perdón. El perdón sólo puede
implorarse, para sí y para los demás. La bondad de Dios es
infinita. Él recibe -gratis- perdón, puede vivir con su culpa,
crecer con ella; hacerse bondadoso y misericordioso en un mundo
que juzga y castiga.
11.3 Como también nosotros perdonarnos
Cuando un hombre se hace culpable de algo y
no puede reparar su culpa, entonces está dispuesto fácilmente a
pedir perdón. Pero, cuando es a él a quien se le pide que
perdone la culpa ajena, en ese caso difícilmente estará
dispuesto a renunciar a sus "derechos". De ello nos habla Jesús
en la parábola siguiente:
Hay dos hombres que sirven al mismo amo. Uno
de ellos debe a su amo una cantidad tan grande, que no bastaría
el trabajo de toda su vida para saldar la deuda. Este criado se
arrodilla delante de su amo y le suplica. Y el amo le perdona la
deuda. Se marcha libre de toda carga y se encuentra con un
semejante que le debe a él algún dinero. Es un pobretón que no
tiene nada para pagar una deuda que asciende a una cantidad
exigua. Se arrodilla ante su semejante y le suplica. Pero éste
no está dispuesto a perdonarle ni un céntimo. Y hace que al
pobrecillo lo metan en la cárcel.
Cuando el amo se entera de todo, monta en
cólera. Manda llamar al criado de corazón duro y ordena que le
metan en la cárcel... hasta que pague su enorme deuda.
Y Jesús dice: Lo mismo hará con ustedes mi
Padre celestial, si cada uno no perdona de todo corazón a su
hermano y a su hermana (véase Mt 18,23-35).
La parábola no es difícil de entender. Mucho
más difícil es hacer lo que Jesús dice.
Perdonar, renunciar al desquite y la venganza,
no guardar rencor, no aprovecharme de la propia superioridad,
del poder que tengo sobre quien está en deuda conmigo: son
actitudes que cuestan mucho al hombre. Van contra las
inclinaciones.
Pedro quiere saberlo con toda exactitud.
Pregunta a Jesús: "Dime, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi
hermano cuando me ofenda? ¿Siete veces?" Desde luego, la oferta
que Pedro hace no es mezquina. Sin embargo, al oír la respuesta
de Jesús, se da cuenta de que hay que aplicar una medida
totalmente diferente, cuando se trata de perdonar. "Setenta
veces siete", dice Jesús. Y quiere hacernos comprender: No hay
que poner límite a la cuenta. Debe perdonarse siempre que uno de
nuestros semejantes necesite perdón (Mt 18,21-22).
Desde luego, no es casual que sea Pedro
precisamente el que haga la pregunta y el que reciba la
respuesta. Es una respuesta que obliga. Porque a Pedro es a
quien el Señor ha confiado las llaves del reino de los cielos,
para que todo lo que él desate o ate en la tierra -perdone o no
perdone- quede perdonado o no perdonado en el cielo, ante Dios
(Mt 16,19).
Ir al encuentro el uno del otro, extenderse
la mano. Decir la primera palabra, dar el primer paso, aceptar
al otro con su culpa, hacer que el amor sea más fuerte que el
desquite o la venganza, romper el círculo vicioso de la culpa y
del castigo, continuar el camino juntos.
Jesús dice a los discípulos: Si ustedes
perdonan a los demás sus culpas, también a ustedes los perdonará
mi Padre celestial. Pero si no perdonan a los demás, tampoco mi
Padre les perdonará sus culpas. MATEO 6,14.
