P. Iván Rodrigo
Cardona Ríos
ETAPAS DE LA SALVACIÓN
Todo el ser de Jesús y su quehacer fue revelar al Padre y mostrar
con signos claros y concretos su misión específica "dar su vida por
la humanidad". Desde allí Jesús de manera más específica realiza la
salvación en cuatro etapas:
v
Por su Encarnación:
"El verbo de Dios se hizo carne, de modo que siendo hombre perfecto
salvara a todos y fuera el coronamiento o recapitulación de todo"
(G.S 45). Este fue el medio del que Dios se valió para salvar al
hombre. El verbo se encarnó para hacernos partícipes de la
naturaleza divina (2 Pe 1,4) como lo afirma San Ireneo: "porque tal
es la razón por la que el verbo se hizo hombre, y es Hijo de Dios,
Hijo del hombre, para que el hombre al entrar en comunión con el
verbo y al recibir así la filiación divina, se convirtiera en hijo
de Dios"(S Ireneo, haer. 3.,19,1), "Porque el Hijo de Dios se hizo
hombre para hacernos Dios" (San Atanasio, inc., 54,3 )
v
Por su Muerte:
“Hoy resplandece el misterio de la cruz” y “el misterio del amor
eterno de Dios”
(Raniero Cantalamessa. Reflexión encuentro de servidores) Estos
misterios alcanzan la dignidad humana aunque se le presenten al
hombre como incomprensibles porque su capacidad racional no alcanza
a vislumbrar sino un vestigio del misterio del amor Trinitario, el
cual llena de participación Divina el componente humano para hacerlo
Santo. Este cometido para expresar que el misterio de la muerte
resplandece en la historia de Jesús que es vida para la humanidad,
esta muerte en cruz, que fue ignominiosa, se dió para la salvación
de la humanidad. Valiosa y sublime justificación del verbo eterno
que asumió una muerte y de cruz para la liberación integral del ser
humano, por su obediencia cargando el madero hasta las últimas
consecuencias, hemos hallado la gracia de la cual estábamos privados
por la esclavitud del pecado que es separación a su amor desde la
eternidad.
Para la Iglesia, la cruz adquiere dimensiones cósmicas. No es tan
solo un episodio de la historia, sino un acontecimiento que ha
cambiado la faz de la tierra. Por eso san Andrés le dirige este
saludo: “Oh cruz, instrumento de salvación del Altísimo, Oh cruz,
trofeo de la victoria de Cristo sobre los enemigos, Oh cruz, que
estás plantada en la tierra y das fruto en el cielo, Oh nombre de la
cruz, rebosante de todo, conozco tu misterio” (Hechos de Andrés, en
Lipsius-Bonnet, acta apostolorum Apodrypha, II,2.pp54s)
“Dulces clavos, dulce árbol donde la vida empieza, con un peso tan
dulce en su corteza” La cruz de Cristo rompió por fin esa cadena.
Él, “renunciando al gozo inmediato, soportó la cruz” (Hb 12,2).
Introdujo al mundo una nueva clase de dolor: un dolor que no es
fruto del placer y de la culpa, un dolor inocente y voluntario. (La
fuerza de la cruz. Raniero Cantalamessa)
v
Por su Resurrección:
es el hecho que manifiesta que la ofrenda de su vida fue acogida
por el Padre, es decir, el auténtico Cristiano no vive solamente el
sufrimiento, el dolor, la angustia o cualquier mal que se presenta,
sino que está llamado a un gran reto de trascendencia, pasar la
noche oscura, para contemplar la gloria, la luz, la alegría que
perdura en el corazón del ser humano por asumir su cruz y seguir con
fortaleza la carrera que se le propone. Es el paso de la muerte a la
gloria de la resurrección. “El vive” ha resucitado, ha vencido el
poder de las tinieblas y ha restaurado la condición humana que está
llamada a asumir sus mismos sentimientos. Es un llamado especial a
la vida, generar la vida de Jesucristo en medio de la oscuridad.
La resurrección de Jesús es la verdad culminante de nuestra fe en
Cristo, creída y vivida por la primera comunidad Cristiana como
verdad central, transmitida como fundamental por la tradición,
establecida en los documentos del Nuevo Testamento, predicada como
parte esencial del misterio pascual al mismo tiempo que la cruz:
Cristo resucitó de entre los muertos, con su muerte venció a la
muerte. A los muertos ha dado la vida.” (CEC · 638). Si Cristo no
resucitó vana sería nuestra fe (1Cor. 15,14) esta constituye la
confirmación de todos los hechos que el mismo Jesús enseñó e hizo
para mostrar la salvación a la humanidad. Por tanto en su
resurrección tiene sentido todo el proceso histórico de lo que ha
realizado, porque ha sido levantado, glorificado y con él la
condición humana.
v
Por el envío del Espíritu Santo:
El Espíritu Santo sigue la continuidad de la salvación en la
humanidad. El es el alma de la Iglesia y la guía hasta la plenitud
de los tiempos. El envío del Espíritu Santo plenifica toda la
historia de la salvación, es el don de Dios que enriquece a la
humanidad para seguir el caminar de Jesucristo. Solamente a impulsos
del Espíritu, dador de la vida, el Cristiano podrá seguir su caminar
hacia la casa del Padre. Por tanto el Don de Dios es necesario en
este momento porque se inserta en la Iglesia para santificarla y en
ella a todos aquellos que quieren recibir esta efusión eclesial,
como un nuevo baño de salvación.
Estos cuatro momentos que hemos abordado nos muestran algo con
claridad: La fidelidad de Dios a la Alianza se ha manifestado
en Jesús, en el que Dios quiere salvarnos, en el que se ha dado por
consiguiente la manifestación definitiva de la justicia divina. La
justicia de Dios es el poder salvador que se opone y vence el poder
del pecado. La salvación del hombre va orientada hacia la filiación
Divina, encuentro personal entre la gracia y la libertad humana para
ser herederos de Dios y coherederos de Cristo. Ahora bien, la
Iglesia es prolongadora de la Salvación de Jesucristo, porque ella
es depositaria de la gracia que Cristo ha dejado a la humanidad. La
Iglesia es el cuerpo del que Cristo es cabeza: vive de él, en él y
por él. El vive con ella y en ella.
San Agustín expresa en cuanto a la salvación: "Ay de mi, Señor Dios
mío, por tu misericordia, qué eres tú para mí. Di a mi alma; "Yo soy
tu salvación". Díselo de manera que lo oiga. Mira Señor: los oídos
de mi corazón están ante ti; ábrelos y dí a mi alma: "Yo soy tu
salvación". Correré tras estas palabras tuyas y me aferraré a ti. No
me escondas tu rostro: muera yo, para que no muera y pueda así
contemplarlo" (De las confesiones Libro 1, 1,1-2,2,5.5. CSEL 33,1-5)
EL TRAJE DE BODAS…
Simboliza la acción de Dios en el hombre, de manera explícita no
se describe cuál debe ser el traje de boda. Uno de los invitados
asistió sin este traje de bodas a esta gran celebración. Esto nos
lo expresa este evangelio dominical de san Mateo. Quiero aquí mirar
dos cosas:
·
Acción de Dios en el hombre: “Con gozo me gozaré en Yavhé, exulta
mi alma en mi Dios, porque me ha revestido de ropas de salvación, en
manto de justicia me ha envuelto” (Is 61,10). Gozo interno del
individuo y también en la alegría de la convivencia festiva. Ahora
bien el vestido es un símbolo de la justicia otorgada por Dios.
·
El invitado sin el vestido es una metáfora del perdón y de la
justificación otorgada por Dios. Este vestido muestra la pertenecía
a la comunidad de los redimidos. Esta vestidura se encuentra bajo
la forma del vestido blanco. (Ap. 3, 4-6. 18). “han lavado sus
vestiduras y las han blanqueado en la sangre del cordero” (Ap. 7,
14-17).