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HEREDA LA VIDA ETERNA
AMANDO A TU PRÓJIMO

 

P. Iván Rodrigo Cardona Ríos

Los tres sinópticos tienen una trama narrativa muy semejante: Jesús inicia su actividad pública en Galilea;  allí realiza curaciones y milagros, predica en las sinagogas y es seguido por multitudes; luego se coloca en camino hacia la ciudad de David aprovechando la travesía de Norte a Sur para instruir al grupo de sus seguidores; finalmente, una vez en Jerusalén, sufre el definitivo golpe de las autoridades jurídicas, el abandono de sus discípulos, es tomado prisionero y llevado a la muerte. Todos los Evangelios concluyen con los relatos de la resurrección y las apariciones. 

En el caso de Lucas encontramos un marcado énfasis en la sección central, la llamada sección del camino. (9, 51). A partir de aquí hasta 19,28 todos los acontecimientos, enseñanzas y signos de Jesús sucederán “en el camino” mientras él se dirige a Jerusalén. Resulta entonces obvio que existe aquí una insistencia que toma un hecho natural (el de tener que atravesar toda la región de Palestina) pero ofreciendo también un sentido teológico. 

Ahora bien, en el Evangelio de San Lucas es en el camino donde Jesús instruye a los que le siguen sobre las condiciones  que deben reunir los discípulos de Cristo, nos contestaría, con la sección del camino. 

Todo esto para que tengamos en cuenta que por la fuerza del contexto, la parábola del Buen Samaritano, situada en la sección del camino, se convierte en una enseñanza sobre las actitudes sin las cuales no pueden realmente existir discípulos de Cristo. El discípulo es tal caminando tras Jesús hacia el calvario: “Si alguno quiere ser mi discípulo, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame” (Lc 9,29). La parábola del buen samaritano se escucha caminando tras Jesús, es decir siendo discípulo. 

Y ¿quién es mi prójimo?... Adentrándonos en la parábola demos un vistazo a la pregunta que la origina. Hoy nos puede resultar obvia la respuesta sobre la identidad del prójimo, no era así en la época de Jesús. Las escuelas rabínicas discurrían largamente sobre el alcance del término:  

Para algunas tendencias el prójimo era simplemente el compatriota, el judío a quien se estaba unido por vínculos de sangre y creencias. Para otras escuelas el prójimo no era ni siquiera el judío sino el hermano que practicaba la ley, el bueno, el que seguía cabalmente los preceptos de la Torah. Finalmente, existían escuelas que brindaban un alcance un alcance más amplio al término. 

Existe claridad sobre el absoluto deber de amar a Dios (Cfr Dt 6,5) y al prójimo como a si mismo (Cfr. Lv 19, 18); pero si se restringe el alcance del término “projimo” se reduce también el mandamiento del Amor. Así nos damos cuenta que la pregunta del legista es un intento de hacer seguir a Jesús una de las líneas arriba mencionadas haciéndolo de paso restringir el concepto de “prójimo”. 

Camino de Jerusalén a Jericó… Aún hoy es posible percibir lo que era el camino de Jerusalén a Jericó. Atravesar las montañas de Judea era ciertamente peligroso no sólo por lo escarpado del camino que estaba casi pegado a las laderas de las resecas y áridas montañas, sino también por los ladrones que podían fácilmente  asaltar al viajero de la época. Existían además pocas estaciones o posadas donde quien viajaba pudiera descansar y comer. No era frecuente viajar en la época de Jesús.  

El Señor toma pies de está comparación que asume todos los elementos que hacían parte de la cotidianidad. Un viajero que cae en manos de salteadores. La situación debe percibirse en todo su dramatismo: queda sólo, a borde de camino, desnudo golpeado, sin posibilidades, en una palabra, medio muerto. 

Los dos que siguieron de largo…. Cuando uno mes asaltado, golpeado, torturado  se espera una ayuda eficaz e inminente. Esta sería la única esperanza dada a la soledad de los caminos, una mano amiga, un apoyo en los momentos de debilidad y sufrimiento humano. 

  • El sacerdote, como primer personaje de escena, ligado por el oficio al culto y a la enseñanza de los mandamientos, vió a este hombre y “pasó de largo”. Hacen el servicio del templo (sacrificios, ofrenda del incienso, limpieza y conservación de la parte más sagrada) por turnos de una semana, viven de las ofrendas y los diezmos: en general son pobres, están cerca del pueblo y trabajan como albañiles comerciantes, carniceros, muchos de ellos se convertirán a la fe cristiana.
     
  • El levita,  la actitud de este personaje  se describe de manera idéntica, viendo al hombre herido,  decidió dar un rodeo y dejarlo en el camino. Los levitas son subalternos, un grado por debajo de los sacerdotes; están encargados de la limpieza, de la custodia, del canto, de la portería.

El problema de la decisión………. Cómo nos duele optar por un bien… más aún ser generadores de oportunidades en pos de la vida.  Tanto el levita como el sacerdote debían observar la ley de la caridad; los profetas, a quienes conocían de memoria, habían hablado insistentemente sobre la coherencia entre el culto y la vida. “Porque yo quiero amor, no sacrificio, conocimiento de Dios, más que holocaustos” (Oseas 6,6). Es la gran dicotomía que existe entre el culto y la vida. No se puede tomar nuestra  religiosidad simplemente como actos que pueden agradar a Dios pero que nada inciden en la vida de cada día ni en la relación con los hermanos.  

  • La aberración de la  indeferencia…. Que surge frente al dolor de los demás, ver y no hacer nada, no sentir nada, no moverse, dar un rodeo…. Como quien dice: que se las arregle como pueda, yo no fui el que inicié el conflicto, que lo solucionen ellos mismos.

 

 


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