P. Iván Rodrigo Cardona Ríos
Hoy celebra la Iglesia esta
gran solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Jesús.
“Cada vez que coméis de este pan y bebéis del
cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva”. Es la
gran verdad de fe, que se actualiza diariamente: “Haced esto en
memoria mía” y siempre se realiza como gran mandato de Cristo para
dar vida en abundancia.
San Cipriano de Cartago nos
habla del simbolismo venerado en la tradición antigua: «Cuando en
el cáliz el agua se mezcla con el vino, es el pueblo quien se mezcla
en Cristo, es el pueblo de los creyentes el que se implica y se une
a aquél en quien cree. Esta mezcla, esta unión del vino y del agua
en el cáliz del Señor es indisoluble. Así la Iglesia, esto es, el
pueblo que está en la Iglesia y que fiel y firmemente, persevera en
la fe, no podrá nunca estar separado de Cristo, sino que él será
fiel a un amor que de dos hará uno» (Ep. 63, 13; cfr.
Ep. 69, 5.2).
ES LA MESA
EUCARÍSTICA QUE SE DA COMO MANJAR EXQUISITO...
San Juan Crisóstomo plantea
toda su eclesiología sobre el misterio eucarístico que él celebra
con el pueblo; y de ello hace brotar todas las consecuencias de una
vida cristiana comprometida en el amor a los hermanos. He aquí un
texto significativo: «Muchos son los vínculos que nos ligan
conjuntamente: una misma mesa es puesta delante de todos..., a todos
se da la misma bebida y nosotros la recibimos también del mismo
cáliz. El Padre, queriendo inducirnos a amar, en su sabiduría ha
meditado también esto, que nosotros bebemos del mismo cáliz, símbolo
de la más perfecta caridad... Nosotros hemos sido hechos partícipes
de una mesa espiritual común; debemos, por lo tanto, estar unidos
por un mismo amor espiritual»
Basilio de Cesarea se pide:
«Haznos dignos, Señor, de comulgar en tus santos misterios, para la
santificación del alma, del cuerpo y del espíritu, para que nos
convirtamos en un solo cuerpo y en un solo espíritu...»
S. Efrén el sirio canta en uno
de sus himnos: «En tu pan está escondido el Espíritu que no puede
ser comido. En tu vino hay un fuego que no puede ser bebido: el
Espíritu en tu pan, el fuego en tu vino, maravilla sublime que
nuestros labios han bebido...» El Espíritu Santo es el fuego al cual
se acerca el que es puro y del cual se aleja quien es disoluto». E
Isaac de Antioquía: «Venid a ver, comed la llama que hará de
vosotros ángeles de fuego y gustar el sabor del Espíritu»
«Éstos son para nosotros los
manjares de la sagrada solemnidad, ésta la mesa espiritual, éste el
gozo y el alimento inmortal. Nosotros que nos nutrimos del pan
bajado del cielo y que bebemos el cáliz que da alegría –como sangre
viva y candente que ha recibido la impronta del Espíritu celeste...»
LOS COMPROMISOS
DE VIDA EUCARÍSTICA....
1. Una
misteriosa eficacia que no depende de nuestro empeño
En Cristo, primogénito de toda
criatura, en la Iglesia que es sacramento universal de salvación, la
Eucaristía tiene una eficacia y un valor que están confiados a la
plegaria misma de Cristo y superan las experiencias limitadas y
constatables de la Iglesia celebrante.
Un cambio misterioso se da
entre el cielo y la tierra en cada Eucaristía, una penetración de lo
divino se insinúa en nuestro mundo en todo altar. Las actitudes de
alabanza y de acción de gracias, la súplica para la venida del
Espíritu, la ofrenda y la intercesión tienen una eficacia cierta
aunque misteriosa, con la misma eficacia del misterio pascual.
Cristo no vuelve al Padre, valga la expresión, con las manos
vacías. Remite al Padre la oblación de toda la humanidad de la
cual la Iglesia es voz y sacramento. Por eso la Eucaristía no es
extraña a nuestro mundo, también a lo que queda indiferente, como no
es indiferente al mundo Cristo y su misterio de redención.
2. El
testimonio de vida eucarística
Los gestos sacramentales de la
celebración, de la palabra a la plegaria y de la ofrenda a la
comunión, piden una lógica continuidad en una vida que podamos
definir eucarística. ¿acaso no es el testimonio de la
multiplicación de los panes un signo de solidaridad de Dios, pan
poartido para la humanidad?... Jesús definitivamenmte parte de la
relidad de unos peces y unos panes para realizar el gran
acontecimiento, el gran milagro.... ¿El alimento se acabó? Para nada
quedaron muchas sobras, se sació aquella multitud Y jesús sólo
partíó unos cuantos panes y peces...
3. Partición,
signo de solidaridad...
¿qué no hará Dios con nuestros
panes y nuestro peces?.. cuáles son tus panes y cuáles tus peces, es
sólo significar que tienes para Dios y para el hermano, para el
pobre, para el necesitado.. Jesús se hace alimento para una
multitud, gran prefiguración del pan que sacia, es su pan el que
sdatisface los deseos más íntimos. Acaso no es el pan de tu palabra,
el pan de tu humildad, el pan del amor, el pan de la entrega, el pan
de la solidaridad y los peces acaso no serán aquellos peces que
están en las redes del pescador, y que son atraídos por él, como
pescador de hombres.
POR
UNA IGLESIA DE ROSTRO EUCARÍSTICO....
En densas y sugestivas páginas
de espiritualidad eucarística, F.X. Durwell habla del «rostro
eucarístico de la Iglesia», es decir, de aquella imagen ideal que la
Iglesia ofrece de sí cuando celebra la Eucaristía. Los rasgos
luminosos del rostro eucarístico son simplemente los de una
Iglesia que ama, en el sacramento del amor de Cristo hasta el
don de la vida; de una Iglesia que cree y sabe, que en la fe
posee el secreto de la vida y de la historia y celebra la fe que le
ha sido dada; es una Iglesia que espera y se proyecta hacia
el día del Señor; es una Iglesia destinada a la resurrección,
lavada de sus pecados, evangélica en sus compromisos puesto que
evangelizada y evangelizadora. Es una Iglesia «icono de la
Trinidad».
Este rostro eucarístico de la
Iglesia está destinado a ser mostrado al mundo en la continuidad de
vida eucarística que brota de la celebración. La Eucaristía es
entonces, como se recordó en el Congreso Eucarístico Nacional de
Milán en mayo de 1983, la forma de vida de la Iglesia,
aquel molde interior en la cual se vacía cada día para recibir en la
gracia del Espíritu las semblanzas de Cristo, el primogénito.
Sin la Eucaristía la Iglesia se deforma, no adquiere aquel rostro
eucarístico que la hace semejante a Cristo. Con la Eucaristía se
con-forma, día a día, a Cristo en la gracia del Espíritu Santo que
es el iconógrafo interior de la belleza y de la santidad
eclesial en el Cuerpo y en los miembros individuales (F.X.
Durwell, o.c., pp. 153-166).
Vivir como se celebra; vivir lo
que se celebra, queda la lección de vida cada día nueva en el don
renovado de la Eucaristía.
El cristiano que participa en
la Eucaristía es hecho partícipe del misterio del Crucificado
resucitado, es decir, de aquel misterio que está en el centro de
nuestra fe y de nuestra vida. Juan Pablo II ha escrito: la
Eucaristía es la celebración sacramental del anonadamiento
voluntario grato al Padre y glorificado con la resurrección. El
cristiano aprende a ser en la oblación de sí y en el amor hacia los
hermanos «eucaristía para el mundo», así como Cristo ha sido y es
siempre en la celebración de la Misa, Eucaristía para el Padre y
para la humanidad (cfr. Dominicae Coenae n. 6).
Somos hostias vivas para el
mundo... proyectamos
aquél tesoro que asumimos, somos el rostro de Cristo en la
humanidad y que importante, que el ser hostias exige que los seres
humanos se saboreen con nuestro testimonio y nuestra vida. Esa es la
autentica vida, ser de Cristo y recuperar el espíritu para que a
impulsos del amor sublime al misterio extarordinario tengamos la
vida de Cristo vivo y resucitado.