Jueves Santo
P. Iván Rodrigo Cardona Ríos
Hoy en esta
celebración de la cena del Señor e inicio del triduo pascual vamos a
contemplar tres acontecimientos importantes: La institución de
la eucaristía, la institución del sacerdocio ministerial y el
mandamiento del amor.
1.
MISTERIO SUBLIME DE LA EUCARISTÍA…
q
Tomar el pan
y el vino (dones del ofertorio),
q
Dar gracias
(Plegaria eucarística),
q
Partir
(gestos que preparan a la comunión), y
q
Darlo a
todos, diciendo Tomad y comed (el rito de la comunión plena, a los
presentes y ausentes).
Tomar el pan y el vino…
se parte de la realidad, los dones que son ofrecidos… Jesús se hace
alimento, es la kénosis de Jesús… su abajamiento para ser comestible
de vida nueva, fármaco de inmortalidad. Jesús parte de su pan y lo
da sin reserva alguna para ser aliciente espiritual.
Dar gracias…
la acción de gracias por los dones que se presentan, es la acción de
gracias de Cristo por darse, donarse, Auto comunicarse a la
humanidad.
Partir…Jesús
se da… partir el pan, y beber el cáliz, es decir, que hay que
partirlo, rememorando el gesto de la última cena.
Darlo a todos…
es una comida universal, no es para unos cuántos. Todos los que
quieran saciar su hambre de Dios y la sed en el espíritu deben
comerlo y beberlo para tener la vida nueva, la vida en Cristo.
Juan Crisóstomo plantea toda su eclesiología sobre el misterio
eucarístico que él celebra con el pueblo; y de ello hace brotar
todas las consecuencias de una vida cristiana comprometida en el
amor a los hermanos. He aquí un texto significativo: «Muchos son los
vínculos que nos ligan conjuntamente: una misma mesa es puesta
delante de todos..., a todos se da la misma bebida y nosotros la
recibimos también del mismo cáliz. El Padre, queriendo inducirnos a
amar, en su sabiduría ha meditado también esto, que nosotros bebemos
del mismo cáliz, símbolo de la más perfecta caridad... Nosotros
hemos sido hechos partícipes de una mesa espiritual común; debemos,
por lo tanto, estar unidos por un mismo amor espiritual» .
Basilio de Cesarea pide: «Haznos dignos, Señor, de comulgar en tus
santos misterios, para la santificación del alma, del cuerpo y del
espíritu, para que nos convirtamos en un solo cuerpo y en un solo
espíritu...» La eucaristía posee un valor trascendental y sublime,
no se puede equiparar con nada en este mundo, por medio de su
eucaristía Jesús nos hace pan partidos para la humanidad, nos
convertimos en aquello que comemos para que vean a Crsito en mí.
2.
SACERDOTE SEGÚN EL
CORAZÓN DE CRISTO…
Este mismo día se da la institución del sacerdocio,
el cual confecciona el sublime misterio de la eucaristía… por ello
no existe sacerdocio sin eucaristía y eucaristía sin sacerdocio son
un solo acontecimiento. Por el sacerdocio se da el sacramento de la
eucaristía el es quien consagra según las palabras del evangelio y
la eucaristía no puede darse sino hay quien consagre la sustancia
del pan y el vino, para darse la transubstanciación el cambio del
pan en cuerpo y el vino en sangre de Cristo. Y para que un
sacerdocio sin eucaristía, él mismo asume los sentimientos de Cristo
y por ello actúa in persona Christi.
Jesucristo “Fue Él quien constituyo a unos apóstoles, a otros
profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y maestros, con el
fin de equipar a los consagrados para la tarea del servicio y
construir el cuerpo de Cristo” (Ef. 4,lls,).
El es quien llama...
nadie se puede atribuir este llamado que es don divino, don
sobrenatural
Capacitar un corazón...
definitivamente Dios se escoge un corazón en dónde habitar y que a
su vez a suma los mismos sentimientos, como pastor, mediador,
profeta, juez y médico.
Ø
Pastor que va por la oveja perdida
Ø
Mediador de la eterna alianza al confeccionar la eucaristía
Ø
Profeta como anunciador, denunciador, testigo de la palabra.
Ø
Juez en cuanto que ata y desata los pecados en la tierra.
Ø
Médico porque busca la sanación integral de las almas.
3. LA NUEVA LEY DEL AMOR...
En efecto, desde esta convicción, Crisóstomo llevará adelante el
paralelismo entre la presencia de Cristo en la Eucaristía y en el
hermano, estableciendo de manera ideal la correspondencia entre el
sacramento eucarístico y el «sacramento del hermano». Célebre es un
texto suyo en el cual se expresa así: «La Iglesia no es un museo de
oro y plata... ¿Queréis honrar el cuerpo del Señor? No lo desdeñéis
cuando lo veáis cubierto de harapos; después de haberlo honrado en
la Iglesia con hábitos de seda, no lo abandonéis fuera sufriendo el
frío, no lo dejéis en la miseria... Aquél que ha dicho: “Esto es mi
cuerpo”... y que os ha garantizado con su palabra la verdad de las
cosas, ha dicho esto también: Lo que os habéis negado hacer al más
pequeño, me lo habéis negado a mí mismo»
San Agustín expresa con referencia a un proverbio:“Si te sientas a
comer en la mesa de un Señor, mira con atención lo que te ponen
delante, y pon la mano en ello pensando que luego tendrás que
preparar tú algo semejante”.
Esta mesa de tal Señor...
no es otra que aquella de la cual tomamos el cuerpo y la sangre de
aquél que dio su vida por nosotros.
Sentarse a ella significa...
acercarse a la misma con humildad.
Mirar con atención lo que nos ponen delante...
equivale a tomar conciencia de la grandeza de este don.
Y poner la mano en ello... para preparar algo semejante...
significa que así como Cristo dió su vida por nosotros, también
nosotros debemos dar la vida por los hermanos.
Este ultimo referente nos muestra la grandeza del amor. Amaos los
unos a los otros… aquí se nos da el mandamiento del amor…. No como
imperativo o como deber por el deber, todo debe surgir en la
sintonía de una experiencia interna, un toque de Dios en el interior
y que por atracción divina se convierte en el ser humano en una
necesidad. “amar es desear el bien a alguien” (Santo Tomás de Aquino
S Th 1-2,26 ,4), esto es lo que ha sucedido en la ultima cena y que
se rememora cada año en el jueves santo.
El amor fraterno, es la gran escuela del cristiano que se manifiesta
al lavar los pies, al congregarse en comunión profunda bajo un mismo
pan y una misma copa, que es la auténtica alianza sellada por
Jesucristo. Por ello, “la caridad es un deber” (San Pedro Chanel),
se constituye así en la nueva ley del cristiano, ya no se habla de
una ley introducida en el sinal en las tablas de piedra sino ya
entablas de carne, es decir, en el corazón y el deber surge por
atracción divina, ya que cada una de las acciones humanas llegan a
ser divinizadas y se lleva a cabo en nosotros una nueva capacidad de
amar. Si es bien que hay que hacer la voluntad de Dios ahora ya hay
un placer interior por realizarla.
El punto de partida de este gran momento consiste en mirar la altura
del ser humano, porque “el hombre es la única criatura que Dios ha
amado por sí misma” (GS 22) y para ello, es necesario mirar:
1.
el conocimiento del hombre: en este punto se tocaría propiamente la
identidad del ser humano. Qué clase de amor se tiene para sí mismo,
porque nadie puede amar lo que no conoce. “una persona vale según el
peso de su amor” (San Agustín).
2.
La valoración del otro como don: Es un deber hacernos cargo del
otro. “Cada uno sin ninguna excepción debe considerara al prójimo
como otro yo, cuidando en primer lugar de su vida y de los medios
necesarios para vivirla dignamente” (CEC 1931), considerando a los
demás como superiores a uno mismo, sin buscar el propio interés sino
el de los demás.
Son tres acontecimientos que marcan el itinerario de vida y nos dan
la nueva vida
desde el “ser en Cristo”.
El “ser en Cristo” equivale al “ser en Cristo en nosotros” y a
“vivir en El”. La nueva condición del “ser en Cristo” es participar
del ser mismo de Cristo como Hijo encarnado del Padre. Este nuevo
ser introduce al hombre en el misterio personal de la vida
trinitaria y le pone en relación personal con el Padre de Cristo y
con el Espíritu mismo. Se es en Cristo y en Cristo se vive su vida,
que es trinitaria. Esta es la realidad expresada por san Pablo: “Y
no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).
Tres realidades unidas en el cáliz de salvación…
ya que es la copa de la vida, la historia que se emprende en Cristo,
y que no es más que hacer historia con Cristo mi salvador, mi amo,
mi Dios y mi Señor. Dejemos entonces que el cáliz de la salvación
permee las profundidades del ser y ser así transformados por su
amor.
Esta realidad expresada por Pablo nos muestra claramente que la
respuesta de amor que doy en la vida es mía, procede de mí y
no de otro en mi lugar; soy yo el protagonista real. Pero hay que
tener muy presente que soy un sujeto que es divino por participación
y que sus actos responden a su nuevo ser en Cristo. Vivo en Cristo,
y actúo desde mí ser en Cristo. Soy yo el que amo, pero desde mi ser
en Cristo, que es Hijo y Hermano.
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