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LA ASCENSION, ENTRADA
AL SANTUARIO ETERNO

 

P. Iván Rodrigo Cardona Ríos

Lo mismo que la resurrección en sí misma, la exaltación escapa del dominio de las realidades de este mundo, su carácter trascendente es incluso más acentuado, como lo sugiere su naturaleza de elevación. La elevación gloriosa, significada por una manifestación sensible pero no encerrada en ella, es conocida habitualmente con el nombre de Ascensión.

Jesús en los anuncios de su partida que hace a los discípulos coloca bajo una misma perspectiva el acontecimiento de su muerte y el de su Ascensión, así lo expresan varios textos: Después de haber dicho “Adonde yo voy, vosotros no podéis venir (Jn 13, 3)

En el orden sensible de los fenómenos, la Ascensión aparece como una partida y una elevación hacia el cielo.  La expresión empleada por los ángeles: “Este Jesús que os ha sido llevado hacia el cielo” (Hch 1, 11), indica bien ese doble aspecto: Jesús es llevado, pero es llevado “hacia lo alto”, llevado para ser elevado; y precisamente ese doble aspecto es el que pone de relieve la descripción de la Escritura: Jesús “fue levantado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos” (Hch 1, 9).  La nube es característica de las teofanías y su presencia indica que Cristo hombre es elevado al rango divino.

“VOY A PREPARAROS UN LUGAR” (PARTIDA)… el lugar es  a saber en la casa de mi Padre ( Cf. Jn 14, 2).  Igualmente la promesa de la venida del Espíritu parece implicar no solamente el hecho de la muerte sino el de la obtención en el cielo del poder de enviar al Paráclito: “Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito; pero si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7); en estas palabras aparece la vinculación simultánea de Pentecostés con la muerte y con la Ascensión.  Tan solo la Ascensión constituye la partida definitiva de Cristo de este mundo terreno.

Jesús manifiesta una conexión muy fuerte entre muerte y Ascensión, aún ha señalado su muerte en la Cruz como signo y origen de su exaltación gloriosa (Jn 12, 32; 3, 13-15; 8; 28), el hecho de que El las vea con una sola mirada en continuidad la una con la otra, indica que en el género de muerte se esboza ya, a manera de un signo sensible.  ¿Qué clase de lugar se nos va a preparar? La morada eterna, la habitación de Dios… “La partida de Jesús es nuestra partida”… partir hacia los horizontes más recónditos a preparar el terreno, el ser para el encuentro con la palabra viva, con Dios amor. Es la actitud activa  a la moción interior de vivir un llamado, de ser prolongador de la existencia  en Cristo. Aquí se mide la capacidad de desprendimiento, el termómetro de la calidad de la fe… no una fe embrionaria, superflua sino la radicalidad y la maduración de la misma

“LA ELEVACIÓN DE JESÚS A LA GLORIA” (ELEVACIÓN)…Se manifiesta la situación gloriosa que será propia  a  partir de la Ascensión. La muerte ha sido para El la introducción a la gloria del cielo.  Sin embargo, el autor de la carta a los hebreos piensa también en la Ascensión corporal, pues al comienzo de la carta resume el estado glorioso de Cristo al declarar que Dios “le hizo sentarse a la diestra de la majestad en las alturas” (1, 3).  La muerte da pie a una elevación celeste que se consuma en la Ascensión corporal, de tal forma que esa Ascensión  pueda compendiar toda la glorificación de Cristo.  Influenciados por la carta a los Hebreos, los padres ven en la Ascensión la consumación del sacrificio redentor.  Por eso  San Hipólito de Roma reconoce en la Ascensión el punto culminante de la oblación: “subió al cielo el primero y ofreció a Dios el Hombre como don”

El hombre también es elevado con Cristo por ser don, entrega absoluta, la mayor creación en la que el creador ha quedado estupefacto por lo que ha diseñado. La mayor obra de perfección. Y por ello el hombre dignificado en su vida debe permanecer en su rol de ser criatura, hijo de Dios, administrador de lo que se la dado.

CRISTO ENTRA AL SANTUARIO ETERNO…Antes estaba en el santuario terrenal ahora es eterno. “La realeza mesiánica de Jesús” sintetiza la imagen del sacrificio solemne realizado por el sumo sacerdote semejante al sumo sacerdote judío, que entraba en el Santo Santorum, para rociar con sangre el propiciatorio. Cristo entró, mediante su propia sangre en el santuario celeste (Hb.  9, 12-24), El sacrificio desemboca en la elevación gloriosa y el acto redentor consiste en un paso de la muerte a la gloria.  A través de esa entrada en la gloria celeste la epístola ve la glorificación espiritual de Cristo que comenzó desde el instante de su muerte…. “Tienda mayor y perfecta”… “Y penetró en el santuario”, sellando así la alianza eterna.

La partida y la elevación no se producen simplemente a título de triunfo personal de Cristo; tienen un valorsalvífico.  Cristo se va, dando fin a su vida terrena y su presencia sensible en medio de sus discípulos; pero inaugura otro modo de existencia que le permite actuar aún más en el mundo, difundir en El su presencia soberana.  Esto lo indican inmediatamente los ángeles: “Este Jesús que os ha sido llevado al cielo vendrá así tal como le habéis visto subir al cielo”.  Es gracias a su partida y a su elevación divina por lo que podrá venir.

LA GRAN VENIDA MESIÁNICA…. No una venida como la de un hombre a su vida terrena, sino una venida sobre la nube, a la manera divina.  Cristo abandona este mundo para ocuparlo, para tomar posesión del mismo; es partiendo de él como puede venir de modo superior, espiritual.  La venida de Cristo no es otra que la instauración de su reino. La segunda venida, es la que esperamos en nuestro camino de esperanza.

Ahora debemos examinar mas exactamente el poder definitivamente adquirido por Cristo, se trata ciertamente de un Poder Divino, como lo sugiere el hecho de que Cristo es arrebatado en una nube, incluso la humanidad de Jesús con su cuerpo se encuentra en la esfera de la divinidad y en posesión de la soberanía de Dios. Este poder divino de Cristo posee diversas características:

Poder Regio de Dominio.  Es la entronización de Cristo Rey, y se puede decir que, instaurando una fiesta especial de Cristo Rey, la liturgia ha desdoblado la conmemoración de la Ascensión.  Comparte en su naturaleza humana el mismo poder de Dios, y así es como instaura no un reino humano, sino el “reino de Dios”.

Poder Sacerdotal.  Por la entronización a la diestra de Dios, el salmo 110 le atribuía al Mesías no solamente un poder regio sino también un poder sacerdotal: “Tú eres por siempre sacerdote, según el orden de Melquisedec”. Se debe reconocer que la plenitud del poder sacerdotal le pertenece a Cristo a partir de la Ascensión.  Consumado en su sacrificio, Cristo se ha convertido en “principio de eterna salvación”. (Hb 5, 9).

Cristo Cabeza del Cuerpo Místico, mediante su inmolación sobre la Cruz, Jesús ha reconciliado a los hombres con Dios y entre ellos mismos.  Ha reunido a todos los hombres en un sólo cuerpo (Ef 2, 16).  Si el Cuerpo Místico es el fruto del sacrificio, Cristo  glorioso, ascendido al cielo, es su cabeza y su jefe.  En efecto, san Pablo dice explícitamente que Cristo ha sido constituido Cabeza del Cuerpo en virtud de su glorificación.  La función de Cabeza indica en primer lugar el poder de dominación que Cristo ejerce sobre la Iglesia; es una soberanía absoluta, “por encima de todo”.  Pero en la doctrina paulina indica también un poder de influjo vital: En Cristo glorioso habita la plenitud de la vida divina, y esa plenitud se comunica a la Iglesia, que a su vez es portadora de Cristo.  Ese poder de influjo vital aparece más literalmente todavía en el hecho de que Cristo, como Cabeza, nutre a su Cuerpo y le hace crecer en Dios.

Este acontecimiento de la ascensión, con las notas particulares que hemos contemplado nos lleva a tomar parte vital en la apropiación de las gracias recibidas por el triunfo de Cristo, un triunfo en el poderío de Dios… “Dios triunfa en el santuario eterno por el verbo encarnado”, santuario diseñado desde la eternidad, para los que le aman.

 


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