El
gran esfuerzo por ver realizado el tan anhelado sueño de alcanzar la
paz, que aunque muchas veces suene utópico, puede llevarse a cabo,
porque no hay situación humana que abarque tan grande menester como
lo es este, vivir en paz, por la paz y para la paz, máximo
regalo que el ser humano quiere experimentar en este corto trazo de
vida terrena, para sentirse pleno en su humanidad.
Para construir la paz, en primera medida, hay que valorarla por lo
que es, Don de Dios:
“La paz, que es entre los bienes de la tierra lo
mejor que se puede encontrar, procede de Dios como fundamento y
fuente”. La paz debe ser ratificada
con el reconocimiento y el cumplimiento de los derechos y deberes,
solo así se respetará la diferencia y la identidad personal de cada
hombre. Sin paz, es imposible vivir y sin vida no hay ideales, no
hay construcción social, no hay nada, porque cuando se vive en paz,
no está la zozobra de la destrucción y de la muerte, por eso hay que
apostarle a la cultura de la paz, dando lo mejor de nosotros
mismos.
El celo por la
búsqueda de la paz es la meta humana.
La
pedagogía de la paz, se convierte ahora con más radicalidad, en un
hecho que crea concientización en la vida del hombre, puesto que los
mismos actos atroces y las condiciones precarias de subsistencia han
increpado con respecto a la actitud de vida que se está asumiendo y
por ende las consecuencias de esos actos reflejados en nuestro
ambiente.
“la
paz terrenal es imagen y fruto de la paz de Cristo, el príncipe de
la paz mesiánica” (Catecismo Eclesial
Católico · 2305). Cuando se aborda la paz
con su pedagogía hay que reconocer que la paz tiene un génesis en
Cristo, sólo quien tiene una experiencia con Jesucristo, puede
iniciar un proceso serio para generar la paz, porque en su
interioridad la ha experimentado y quien más que él para transmitir
lo que ha contemplado en su ser, la paz que nadie puede dar, ni el
mundo, ni las estructuras, ni el mismo hombre con su
autosuficiencia, aunque Cristo necesita nuestras manos para hacer lo
que al hombre le corresponde realizar, eso sí con su gracia. Por
ello declara: “Bienaventurados a los que construyen la paz” (Mateo
5, 9). Arder de celo por el Señor es a su vez implantar el reino de
la paz, porque es la paz mesiánica.
LA DIVISIÓN
AUSENCIA DE BIEN Y FALTA DE CONVERSIÓN
La
persona humana está en el deber de ordenar su estilo de vida,
adquiriendo actitudes correctas que generen los hábitos humanos, lo
cual son fruto de esfuerzo y sacrificio, pero que su quehacer es el
de fomentar un ambiente propicio para reconocer que todos los seres
humanos son portadores de los mismos derechos y deberes y que son la
base para adquirir una formación humana.
Hay
quienes se ensañan en exigir que se respeten sus derechos, aunque en
mucha ocasiones ni los conocen, y más aún, no se los reconocen a los
demás, pero lo más contradictorio del caso se da, cuando se analizan
sus deberes como ciudadano, como humano, como padre, como esposo o
como hijo y no cumple con lo mínimo… porque para exigir somos los
machos, pero para dar somos muy restringidos, no más lo que me
toca, como se nota que estamos tan apegados a la ley… somos los
fariseos que exigen, pero cuando hay que meter el diente nos
justificamos, nos escondemos y no damos lo suficiente.
Cuando se habla en el evangelio que el mismo Cristo ha venido a
traer división al mundo, no es otra cosa que el impacto de su
Mensaje y de su reino, lleva a un vuelco total en la orientación de
la vida. División personal, porque rompe con los esquemas humanos y
se espera un cambio de vida. Cuando falta Cristo hay sin sentido,
división en sí mismo, falta de una conversión personal a su mensaje,
a su persona. Los valores cristianos siempre van a chocar con la
realidad del mundo sin Dios.
EL CRISTIANO QUE ARDE DE CELO
-
Es testigo… la nube
de testigos de la que nos habla la carta a los hebreos nos
coloca de frente a una convicción profunda, no sólo testigo
ocular sino que ha vivenciado a Cristo, portador de un mensaje.
-
se sacude el lastre del pecado…
vive en constante cercanía con lo sagrado, y por
ello, huye del pecado, se convierte en el héroe que a pasar de
su condición herida, no se deja guiar por él, sino que permanece
en la gracia. Se acerca al sacramento de la gracia, al tribunal
de la misericordia, ya que es Dios quien perdona las culpas y el
delito por medio del ministro cualificado.
-
corre la carrera que se le propone….
Asume los retos diarios, más aún, se coloca los
retos personales para crecer y madurar en la fe, en las
relaciones humanas y en el celo constante por buscar la unidad y
la paz. Muchos ni corren, sino que se retrasan con su vida para
tomar las decisiones y para ser eficaces.
-
fija la mirada en el señor…
sabe y reconoce en quien ha confiado, tiene
bien definido de dónde le viene la gracia y la fuerza interior,
tiene una primacía por los bienes eternos.
-
Soporta la cruz…
carga con su cruz, la asume, y se place en ella, no como un
masoquismo sino como gran garantía y prenda de salvación. El
camino es la cruz, la cruz de las pruebas para madurar la fe, la
esperanza y el amor.
-
Derrama la sangre…
muchos testigos han asumido las consecuencias de llevar el
mensaje de la palabra, muchos mártires en el seno de las madres
y que no se les ha permitido ver la luz, reclamando por su vida,
muchas muertes inmunes. Hoy se derrama la sangre y se mata en
nombre de Cristo, que falso concepto de seguir y de generar la
paz….. sangre de mártires es semilla de cristianos como lo
expresaba tertuliano.