Una vez más llega la Navidad. Desde hace días,
nos lo vienen recordando los medios de comunicación, el alumbrado de
nuestras calles y los mil reclamos publicitarios de los comercios.
Pero la NAVIDAD, con mayúscula, es otro cosa. Por no ser, ni
siquiera es, ante todo y sobre todo, una fiesta de familia.
Ciertamente, Navidad es una ocasión propicia para estrechar los
vínculos de parentesco y amistad y desearnos lo mejor. Pero es mucho
más. Navidad es el acercamiento total y definitivo de Dios al
hombre. ¡Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios!, como
les gustaba repetir a los primeros escritores cristianos. Dios eleva
a tan alto grado la dignidad humana, que la ha deificado. Por eso,
nada de extraño que el gran san León Magno exclamase en uno de sus
sermones navideños: «¡Reconoce, oh cristiano, tu dignidad!».
Dios viene al hombre en son de amistad y paz. No
en plan de dominio y de lucha. La gran mentira del demonio siempre
ha sido la misma: sembrar en la mente y en el corazón del hombre el
veneno de la sospecha contra Dios, presentándole como el
contrincante del hombre, el aguafiestas de la alegría humana y el
enemigo del progreso humano. Jesucristo –Dios hecho hombre– se nos
presenta como un Niño. Y en un niño no cabe el odio, la soberbia, el
orgullo, la prepotencia sobre los demás. Un niño sólo inspira
confianza, ternura y acogida. ¡Ése es el rostro del Dios de los
cristianos! Mejor dicho, un rasgo esencial del rostro de nuestro
Dios.
Hay otros rasgos que son también esenciales. Sin
enumerarlos todos, baste con recordar el que les supera a todos. El
rostro de Dios que nos revela Jesucristo es el de un Padre, que
tiene por hijos a todos los hombres. ¡Esa es la gran revelación de
Jesucristo naciendo en Navidad: Dios es nuestro Padre, y todos
nosotros somos verdaderos hermanos! Nadie es más que nadie en
dignidad. Nadie tiene menos grandeza que el otro por tener el color
de la piel distinto, o un nivel económico inferior, o por tener
menos talento que otro. ¡¡Todos iguales en dignidad, porque todos
somos hijos del mismo Padre!!
Por eso, celebrar la Navidad es, ante todo y
sobre todo, abrirse a la paternidad de Dios y a la fraternidad con
los demás, especialmente con los más próximos –los más prójimos– y
más necesitados. A nadie se le oculta que los españoles estamos
ahora en un momento delicado. No está despejado el horizonte de la
paz, de la unidad y de la solidaridad. Los viejos demonios de los
enfrentamientos verbales y fácticos, los rencores y los
individualismos pueden comprometer la pacífica convivencia y el
progreso que hemos logrado durante ella. No podemos permitir que
nada ni nadie rompa esta paz social y este progreso ascendente. Los
que creemos en Jesucristo hemos de ser especialmente vigilantes y
aportar toda la capacidad de comprensión, acogida, convivencia
solidaria que brotan del sabernos y sentirnos hijos de Dios y
hermanos de los demás. Las diferencias, por legítimas que sean, han
de estar subordinadas al bien común.
Celebremos, pues, una vez más, la Santa Navidad.
Hagamos que esté vivificada por la unidad y la solidaridad entre
todos, especialmente con los más pobres y necesitados. Esta es mi
felicitación navideña para todos los burgaleses, especialmente para
los que este año habéis perdido un ser querido, estáis pasando un
mal momento en vuestro matrimonio o en vuestra familia, a los que
están lejos de estas tierras y a los que, siendo de otras latitudes,
han venido aquí en busca de unas condiciones de vida más dignas y
más humanas.