Dado que la Iglesia admite diversos
trasplantes, ¿sería ético trasplantar testículos?
Otra pregunta es esta: ¿se puede pensar en
el uso de trasplantes como un medio de aplazar o incluso posponer
indefinidamente el envejecimiento?
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En resumen, la respuesta a estas dos preguntas es:
No. O sea, no es ético el trasplante de testículos (como tampoco lo
sería el trasplante de ovarios), ni es correcto tampoco imaginar una
victoria sobre la muerte por vía de reemplazar órganos viejos.
Veamos un poco por qué.
El principio filosófico y teológico fundamental
aquí es al enseñanza común de la Iglesia: Cada ser humano ha sido
querido por sí mismo. Cada ser humano es único e irrepetible; Dios
lo ha amado al crearlo, al darle un alma inmortal que está destinada
a la contemplación plena y comunicación perfecta de la gracia divina
en la eternidad.
Si el ser humano ha sido así amado por Dios sólo
pueden considerarse éticas aquellas intervenciones que respeten
plenamente la identidad y continuidad del ser personal, desde su
origen hasta su desenlace en la muerte natural, y por tanto, en Dios
y frente a Dios.
Mirar al cuerpo como un conjunto de piezas que se
pueden reponer lleva a mirar también al cerebro como una pieza de
repuesto; pero está demostrado que nuestra historia de aprendizaje
está trazada en los caminos sinápticos que unen los lóbulos y
regiones de nuestro cerebro.
Si bien es lícito hacer todo cuando sea posible
para sanar o restablecer un sistema neuronal deteriorado por
enfermedad o accidente, no puede considerarse lícito reemplazarlo
porque en tal caso la historia misma y única de la persona sería
arrojada al cesto de desechos.
Es posible que esta condición moral de "irreemplazable"
haya que extenderla a otros sistemas del cuerpo humano, como por
ejemplo el sistema hormonal, pero ello está sujeto a mayor
investigación.
El caso de las gónadas--testículos y ovarios--es
aún más claro. Evidentemente nuestra primera identidad biológica
proviene del código genético único que recibimos de nuestro
progenitores.
Cualquier alteración en este orden de cosas
implica tratar a un ser humano como un objeto, como "material" que
puede incluso ser programado o que llega a la existencia simplemente
para satisfacer un deseo de realización personal de otro.
En tal caso se ve que el nuevo ser humano, el
bebé así "producido," no ha sido amado "por sí mismo" sino como
producto colateral de la satisfacción de un deseo ajeno.
Dicho esto, no debemos pensar que la Iglesia se
opone en general a los trasplantes pues al contrario hay
declaraciones específicas que piden la generosidad de todos para
donar, y así aliviar y mejorar la vida de sus hermanos y hermanas.