San Pablo es claro en su Segunda Carta a los
Tesalonicenses: “No vivimos entre ustedes sin trabajar, nadie nos
dio de balde el pan que comimos, sino que trabajamos y nos cansamos
día y noche, a fin de no ser carga para nadie. No es que no
tuviésemos derecho para hacerlo, pero quisimos darles un ejemplo que
imitar. Cuando vivimos con ustedes se lo mandamos: el que no trabaja,
que no coma. Porque nos hemos enterado de que algunos viven sin
trabajar, muy ocupados en no hacer nada” (2 Tes 3, 7-12).
Sin embargo, muchos dominicanos de origen humilde
piensan como el merengue aquel que dice “El trabajo, para mí, es un
enemigo”. No ven el trabajo como algo que dignifica al hombre. Y con
esta cultura es poco lo que podremos hacer para sacar de la
indigencia a muchos de los que habitan en nuestros barrios. Les
falta espíritu de superación. Y luchar por lo que desean para
mejoría de sus familias.
Y es que muchos piensan que es el destino el que
los tiene en esa situación, y con tan poca valía de su dignidad de
persona humana, va a ser muy difícil lograr el progreso de nuestro
pueblo. Es por eso que lo más importante es la educación. Pero no
una educación basada en información, sino una educación basada es
valores humanos y cristianos que permita que salgan de esa miseria
en que se encuentran simplemente por la ignorancia de no sentirse
capaces de ser felices, por no reconocerse criaturas creadas por
Dios a imagen y semejanza Suya.
Muchas de las cosas que producen felicidad son
gratis, pero no se nos ha enseñado a observar la belleza que nos
rodea. “Dios mismo te invita a detenerte en cada cosa y en cada
momento, porque Él desea verte feliz y sabe bien que si no aprendes
a detenerte, serás siempre infeliz. Pero para eso hay que valorar
cada cosa y darle importancia. Que no te parezca poco si es regalo
de Dios. Por eso dice la Biblia: “Hijo, trátate bien con lo que
tengas” (Ecli. 14,11); y también te invita con ternura: “No te
prives de pasarte un buen día” (Ecli. 14,14). Pero tenemos que
decirnos a nosotros mismos con frecuencia: “¡Sí que soy digno! Pero
no por mis méritos. Soy digno de gozar y de ser feliz simplemente
porque soy amado por Dios y porque Él ama mi felicidad”.
Es santa voluntad divina que nosotros disfrutemos,
ya que Él “nos provee espléndidamente de todas las cosas para que
las disfrutemos” (1 Tim. 6,7). No es un proyecto divino que yo tenga
que sufrir. Su voluntad directa es mi felicidad. El sufrimiento de
sus criaturas es sólo una permisión divina, no es una decisión
directa. Y cuando lo permite, lo usa como instrumento para producir
algo bueno en mí, para enseñarme a vivir mejor. Entonces, “tratar de
ser feliz cada día es ser fiel a su amor, y optar por estar amargado,
negativo y pesimista es contrario al deseo del Padre” (Tomado de
Meditaciones, de Víctor M. Fernández). Cuando el hombre decide optar
por el desorden, los vicios, el ocio y la vagancia, pierde muchas de
sus energías desperdiciando el tiempo útil para producir cosas.
Ahora bien, todo hombre debe tener sus
necesidades básicas resueltas. Y para eso es el Estado. Los
impuestos que cobra es para poder brindar al pueblo lo necesario
para vivir: alimento, salud, vivienda, trabajo y educación para
todos los miembros de la familia. Al gobierno se va a servir. La
Doctrina Social de la Iglesia es clara y precisa. Y nosotros los
cristianos católicos tendríamos que aprendérnosla de memoria y
hacerla vida en nosotros, si queremos cambiar nuestra sociedad. En
los momentos de calamidad es que vemos las injusticias a las que
estamos acostumbrados. Hemos acomodado nuestra conciencia y no vemos
con los ojos del alma, lo que sucede a nuestro alrededor.
El cristiano convencido no puede encerrarse en un
cómodo y egoísta “aislacionismo” cuando es testigo de las
necesidades y de las miserias de sus hermanos; cuando le llegan los
gritos de socorro de los económicamente débiles; cuando conoce las
aspiraciones de las clases trabajadoras hacia unas más normales y
justas condiciones de vida; cuando se da cuenta de los abusos de una
concepción económica que pone el dinero por encima de todos los
deberes sociales; cuando no ignora las desviaciones de un
intransigente nacionalismo que niega o conculca la solidaridad entre
todos los pueblos” (Pío XII).