Después de caminar con Jesús hacia Jerusalén, de
escuchar las enseñanzas del Maestro y de ver sus milagros, los
discípulos le piden: «Auméntanos la fe»; ésta es una oración que los
cristianos siempre tendríamos que hacer, ya que también nosotros
oímos las enseñanzas de Jesús, pero nos cuesta llevarlas a la
práctica.
Un aumento de fe nos ayudará también a crecer en
la esperanza y nos dará un mayor amor a Dios y a la gente que nos
rodea. Al empezar un nuevo curso, nuestra comunidad necesita más fe
y más valentía.
En alguna ocasión, Jesús reprochó a sus
discípulos su falta de fe. Hoy nos dice que si tuviéramos una fe
menuda, como un granito de mostaza, haríamos maravillas. Seguramente
ni los discípulos, ni nosotros mismos alcanzamos a tener esta fe.
Tener fe como un grano de mostaza significa
partir de nuestra realidad, humilde y sencilla, para poner
abiertamente nuestra confianza en Dios. Esta comparación nos indica
que no importa la cantidad, sino la calidad de la fe: el grano de
mostaza es diminuto, una mota de polvo, pero su fuerza contenida y
su dinamismo insospechado le ayudan a crecer hasta llegar a ser un
gran arbusto capaz de cobijar a las aves del cielo.
Hoy día, cuando se escriben y encontramos en el
mercado muchos libros de autoayuda que nos hablan de la fuerza
interior de cada persona, de las potencialidades que podemos
desarrollar, de la mirada positiva hacia la vida, el episodio que
hemos oído nos muestra cómo Jesús decía eso mismo, lisa y llanamente,
pero con fuerza, hace ya unos siglos.
Con la mirada puesta en Dios y con la confianza
que el Señor infunde en nuestros corazones, podremos vencer muchas
dificultades y crecer humanamente, así se cumplirá lo que dice el
profeta Habacuc: «El justo vivirá por su fe».
En cambio, esta otra frase: «Hemos hecho lo que
teníamos que hacer», puede caernos de entrada como un jarro de agua
fría, porque a todo el mundo le gusta ser reconocido. ¿Quién sería
capaz de actuar si supiera que nadie se enteraría?
Nosotros mismos nos ocuparíamos de hacerlo saber.
Sin embargo, si dejamos de hacer lo que nos corresponde, aunque sea
una acción pequeña, el mundo dejaría de funcionar, y es que todos
nos necesitamos unos a otros, y esta necesidad tendría que ser un
estímulo para vivir más en fraternidad.
Si tenemos una forma de pensar comunitaria, nos
daremos cuenta de que todos somos necesarios y convenientes.
Pensemos en la maravilla de nuestro cuerpo: ¿agradecemos a los
miembros que lo componen su función? Y, ¡sin embargo eso es lo que
nos permite desarrollar la vida! ¿Agradecemos a Dios que cada día
nos mantenga en vida? Si no lo hacemos, ya es hora que lo hagamos.
Que nuestro mérito sea obrar por amor a Dios y al prójimo, y que
nuestra recompensa sea ver felices a los demás.