Realidad fundamental de
la persona humana, nuestros sentimientos y su comunicación.
Los sentimientos anteceden al perdón, que no
depende de ellos, sino de la voluntad. Un sentimiento que ha sido
herido necesita del perdón. De todos modos necesitamos tomar
conciencia de nuestros sentimientos, partir de ellos y reabrir así
los canales de un auténtico perdón. En nuestra cultura pasamos por
alto lo que sentimos ante determinados hechos. Los guardamos y nos
quedamos con una energía que se va represando en nuestro interior.
Cuanto más reprimamos nuestros sentimientos, más nos perjudicamos
vitalmente. Veremos cómo Jesús, nuestro modelo, tuvo una riquísima
vida afectiva, rodeándose de amigos, con quienes compartía hasta sus
más íntimos sentimientos. Su comunidad apostólica era una escuela de
intercambio de sentimientos, como aparece en el Evangelio.
Jesús tenía una profunda
sensibilidad
Los Evangelios muestran a Jesús como hombre de
una profunda sensibilidad. Jesús siente las congojas de aquellas
personas con la que se cruza en su camino. Siente la aflicción de
una viuda que había perdido lo único que le quedaba, su hijo. El
evangelio insiste que Jesús “se compadeció” (Lc 7, 13). Cuando murió
su amigo Lázaro, se conmovió profundamente, agobiado de emoción.
Lloró porque María estaba llorando; los dos lloraban porque se había
muerto una persona que los dos amaban; Jesús lloró porque no había
aprendido que “los hombres fuertes no lloran”. El era un hombre
demasiado sano para contener sus lágrimas. Jesús no intentó ocultar
sus sentimientos y los compartía con toda libertad: “comenzó a
sentir tristeza y angustia. Y les dijo: ‘siento una tristeza mortal”
(Mt 26,37-38); “Jesús lleno de gozo en el Espíritu Santo dijo:” (Lc
10,21); “su espíritu se conmovió profundamente y se turbó” (Jn
11,33.38).
La religión no es solo
cuestión de inteligencia
Se podía pensar que la religión es solo cuestión
de entender intelectualmente lo que se nos propone. Pero este camino
ha traído consecuencias fatales al occidente cristiano, habiéndonos
contentado la mayoría con ser católicos de ideas, sin haber
entregado a Dios nuestro corazón, nuestra vida afectiva. Sin hacer a
un lado nuestra inteligencia, el camino que nos lleva a Dios es el
corazón, pues Dios es Amor. Así lo asegura la Escritura: “los
razonamientos tortuosos alejan de Dios. Búsquenlo con un corazón
sincero, porque El se deja encontrar, se manifiesta a los que
confían en Él” (Sab 1,2-3).
Naturaleza de los
sentimientos
El hombre se relaciona con los demás a través de
su afectividad, que promueve: sentimientos. Estos son energía,
reacción interior, provocada por un estímulo externo o interno y
tienen vida propia, no dependen de la volunta y, por eso, no son ni
buenos ni malos. Esto quiere decir que no tienen moralidad en sí. Lo
que sí tiene moralidad es la acción que los sigue. Por eso, dicen
los moralistas, que el pecado no está en sentir sino en consentir.
Que sintamos envidia, rabia, deseos sexuales, atracción por ciertas
personas, no es malo, es natural. Los sentimientos referentes al
sexo, a la ira, se les consideró indignos; mientras los tranquilos
como la alegría, la paz, buenos.
Cuando creemos que los sentimientos son malos,
tratamos de reprimirlos y esto nos quita la paz y nos hace vivir con
un miedo constante a que se repitan. Como resultado, mucha gente
aprendió a eludir los sentimientos menos tranquilos, y en la mente
de muchos católicos, la represión –guardar dentro- de ciertos
sentimientos fue elevada a virtud. La negación de la ira, la envidia
y los sentimientos sexuales llegó a ser virtud para muchos. Pero uno
y otros son indiferentes.
Los sentimientos son la manera que tenemos de
percibirnos. Ellos son nuestra manera de reaccionar ante el mundo
que nos rodea. Cada uno de nosotros obramos conforme a los
sentimientos que tenemos. Por esto, comprender nuestros sentimientos
es comprender nuestra reacción ante los demás y ante todo lo demás.
Todos poseemos una gran riqueza de sentimientos: amor, enamoramiento,
placer, rabia, ansiedad, fracaso, miedo, tristeza, depresión.
Los sentimientos son personales Los sentimientos
tienen el sello personal y, como la persona, son diferentes, únicos.
Más aún, ellos son los que nos identifican. Permitamos a nuestros
sentimientos expresarse: manifestemos el amor, el odio, la ira, la
amistad. Por no conocer y aprender a manejar nuestros sentimientos
tenemos muchos problemas con quienes convivimos. Las consecuencias
por no saber manejarlos pueden ser peores que las de conducir un
carro sin saber hacerlo.
Respuestas del cuerpo
Un sentimiento puede ser eliminado de la mente
pero no del cuerpo. Si lo callamos, la energía del sentimiento
ignorado permanece atrapada en el estómago, en el pecho, en el
cuello, etc. Podemos calmar, con aspirinas o tranquilizantes el
malestar que esto nos produce; pero la energía emocional se
convierte en síntoma desagradable. Los sentimientos reprimidos se
van fermentando en nuestro interior y son causa de variedad de
enfermedades. A veces, esos sentimientos crónicos se somatizan y
buscan un lugar en el cuerpo para permanecer allí. Pueden
manifestarse en forma de dolores de cabeza crónicos, problemas
estomacales, dolores de espalda, cáncer, etc. Cierta persona, a
determinada hora sentía un dolor de cabeza. Se le recomendó que
recordara desde cuándo empezó a sufrir ese dolor y qué le aconteció
en esa ocasión. Recordó que a los 7 años su padre lo había castigado
injustamente. Ahora reconoció el posible motivo del castigo, perdonó
a su padre y el dolor de cabeza desaparec ió y quedó liberado de la
rabia. Tenemos que aprender a reconocer los sentimientos, a
aceptarlos y a comunicarlos. Desde que la ciencia de la conducta
humana descubrió las relaciones entre los sentimientos torpemente
tratados y muchas enfermedades; desde que los teólogos comenzaron a
estudiar la humanidad de Jesús a una nueva luz, y fueron conscientes
de que El se airó, tuvo compasión, tuvo otros sentimientos y los
expresó, se ha dado más importancia al conocimiento y a la expresión
adecuada de los sentimientos.
Precisar nuestros
sentimientos
Para que nuestros sentimientos promuevan las
buenas relaciones es necesario poseerlos, reconocerlos, aceptarlos y
ofrecerlos. Es frecuente encontrar “buenos cristianos”, que intentan
superar sus sentimientos. Si sienten ira, tristeza, deseos sexuales
buscan moderar su intensidad; si son emociones “inaceptables” se
apresuran a ofrecérselas a Dios, tratando de sacrificarlas. El
intento de espiritualizar en demasía la vida emocional conduce a
guardar dentro esos sentimientos. Ofrecer esto a Dios, más que
oración, es represión psicológica. Necesitamos dejarnos mover por la
compasión, llenarnos de ternura, enfadarnos, batallar con la
impaciencia, cultivar la alegría y desear, sentir dolor, llorar.
No sabemos expresar los
sentimientos
Nuestra sociedad nos ha acostumbrado a no
expresar los sentimientos. A los hombres se les ha educado para
silenciar ciertos sentimientos, advirtiéndoles, por ejemplo: ¡los
“machos” no lloran! Se nos ha privado así de parte de nuestra
humanidad, perdiendo una de las más ricas fuentes de intimidad. Los
religiosos tenemos dificultad de decirle al hermano: ¡te quiero!,
por las consecuencias. A veces me siento herido por alguien y me
callo, reprimiendo mis sentimientos. Soy incapaz de aceptar que
tengo rabia, furia, amargura, decepción, calentura sexual y me pongo
una careta de víctima, de inocencia, mientras mis sentimientos
continúan reprimidos, ahogándose y ahogándome. Estas personas no han
aprendido a sentir sus sentimientos, a conocer su naturaleza, su
nombre, a expresarlos. En la escuela no se nos enseña a conocer y a
manejar los sentimientos.
Psiquiatras, terapeutas, orientadores saben de
cantidad de problemas que están relacionados con la incapacidad de
expresar nuestros sentimientos: un religioso joven no sabe si su
prefecto le estima; otro no puede entender porqué su más íntimo
amigo lo ha abandonado sin decir adiós. Se comunican ideas, pero no
sentimientos o estados de ánimo. Hay historias de religiosos, de
personas que sufren por falta de cercanía humana. No se nos
proporciona adiestramiento para la intimidad, ni para expresar
sentimientos de amor, de rabia; de pronto alguno ha pasado años
distanciándose de los demás, de sus hermanos, sin darse cuenta; otro,
asustado sin querer o sin sentirse capaz de compartir con nadie su
malestar. Ayudar a clarificar este proceso es hoy indispensable.
El diálogo, medio
ordinario para expresar nuestros sentimientos
El episodio del encuentro de Jesús en el templo
señala el diálogo como elemento apropiado para, en un clima de
comunicación familiar, respetuoso, expresar lo que sentimos. José y
María no se quedan represando sus sentimientos, sino que expresan a
Jesús lo que sienten ante la crisis que acaban de vivir. María le
dice a Jesús: “Hijo, ¿porqué nos has hecho esto? Tu padre y yo te
buscábamos angustiados”. Y Jesús, a su vez expresa, también, sus
sentimientos con todo respeto: “No sabíais que debo ocuparme de las
cosas de mi Padre?” (Lc 2,49). José y María no entendieron lo dicho
por Jesús, pero expresaron y permitieron a Jesús que expresara,
también, sus sentimientos.