Ser santo es participar de la santidad de Dios.
Jesucristo es el Santo de los Santos y el Espíritu Santo es el
Santificador. Dios, Nuestro Padre, nos creó para ser santos. Se le
llama santo a lo que está al servicio de Dios en forma particular,
sea persona, cosa, lugar, tiempo.
La Iglesia es una gran familia en la que Dios es
Padre, Jesús el Hermano Mayor, María nuestra madre. El Espíritu
Santo comunica amor entre los miembros de tal manera que, aunque no
los hemos visto, podemos llegar a conocer y amar mucho a los santos.
Ellos nos enseñan, guían e interceden por nosotros.
"Los santos no son personas que nunca han
cometido errores o pecados, sino quienes se arrepienten y se
reconcilian". Dijo Benedicto XVI comentando sobre San Pablo y
Bernabé. Añadió: "Por tanto, también entre los santos se dan
contrastes, discordias, controversias...Son hombres como nosotros,
con problemas complicados... La santidad crece con la capacidad de
conversión, de arrepentimiento, de disponibilidad para volver a
comenzar, y sobre todo con la capacidad de reconciliación y de
perdón". "Y todos podemos aprender este camino de santidad". -31
enero 2007 Benedicto XVI.
Dios nos ha llamado y nos capacita a todos a ser
santos: "Sean santos... porque Yo, el Señor, soy santo" (Lev 19,2;
Mt 5, 48). Cristo vino al mundo para hacer posible nuestra santidad.
Es por eso que en el Nuevo Testamento se le llama "santos" a los
cristianos (1Cor 1, 12; Rm 1, 5; 1Pe 1, 15-16). Son santos solo si
viven su fe (Apoc 21, 2.10). Los santos del cielo murieron en gracia
de Dios. Su santidad comenzó en la tierra.
Los hombres perdimos la vida de gracia por el
pecado, pero Jesucristo nos reconcilió con el Padre muriendo por
nosotros en la Cruz. Por el bautismo recibimos los méritos de ese
sacrificio de Cristo, somos liberados del pecado e injertados en
Cristo para ser Hijos de Dios y participar de su santidad. San Pablo
usa la palabra "santos" para referirse a los fieles que viven la
nueva vida en el Espíritu Santo. (2 Cor. 13,12; Ef. 1,1)
Perseverar en la santidad es mantenerse en
comunión con Cristo quien salva y da vida eterna. Dios quiere que
todos se salven (1Tm 2,4), pero no todos se abren a la gracia que
santifica. Para salvarse es necesario renunciar al pecado y seguir a
Cristo con fe. Por eso San Pablo nos exhorta: "Hermanos: Buscad la
paz con todos y la santificación, sin la cual nadie verá al Señor" (Hb.
12,14)Al final no importara otra cosa, la única verdadera desgracia
es no ser santos.
La Biblia nos exhorta a seguir el ejemplo de los
santos (CF. Dan 7, 22-25; Sab 5, 5). La Iglesia continúa esa
tradición y reconoce la santidad después de un largo y cuidadoso
proceso en el que examina las vidas de los candidatos.
Veneración de los santos Los primeros santos
venerados fueron los discípulos de Jesús y los mártires (los que
murieron por Cristo). Mas tarde también se incluyó a los confesores
(se les llama así porque con su vida "confesaron" su fe), las
vírgenes y otros cristianos que demostraron amor y fidelidad a
Cristo y a su Iglesia y vivieron con virtud heroica. La Iglesia
reconoce santos del A.T.: patriarcas, profetas y otros. (Cf.
Catecismo 61)
Con el tiempo creció el número de los reconocidos
como santos y se dieron abusos y exageraciones, por lo que la
Iglesia instituyó un proceso para estudiar cuidadosamente la
santidad. Este proceso, que culmina con la "canonización", es guiado
por el Espíritu Santo según la promesa de Jesucristo a la Iglesia de
guiarla siempre (Cf. Jn 14:26, Mt 16:18). Podemos estar seguros que
quien es canonizado es verdaderamente santo.
Los santos no tienen necesidad de ser declarados
tales. Ellos no se benefician en nada por la declaración de su
santidad ya que esta no añade ni quita nada a su felicidad en el
cielo. Nosotros, la Iglesia peregrina en la tierra si se enriquece
al tener modelos de santidad. Ellos no añaden ninguna doctrina nueva
sino que nos ayudan a comprender el Evangelio y vivirlo. Es una gran
riqueza conocer a nuestros hermanos que han vivido heroicamente la
fe.
La Iglesia no puede contar la cantidad de santos
en el cielo ya que son innumerables (por eso celebra la fiesta de
todos los santos). Solo se consideran para canonización unos pocos
que han vivido la santidad en grado heroico. La canonización es para
el bien de nosotros en la tierra y en nada beneficia a los santos
que ya gozan de la visión beatífica (ven a Dios cara a cara). Los
santos en el cielo son nuestros hermanos mayores que nos ayudan con
su ejemplo e intercesión hasta llegar a reunirnos con ellos.
La devoción a los santos es una expresión de la
doctrina de la Comunión de los Santos la cual enseña que la muerte
no rompe los lazos que unen a los cristianos en Cristo. Los santos
contribuyen a fortalecer la unión existente entre la Iglesia del
cielo (triunfante) y la iglesia en la tierra (peregrinante). Ellos
son un ejemplo de los frutos de la gracia santificante que Jesús nos
ganó con su redención. Los Protestantes rechazaron la devoción a los
santos por no comprender la doctrina de la comunión de los santos.
El Concilio de Trento (1545-63) reafirmó la doctrina católica.
Los santos interceden por nosotros. En virtud de
que están en Cristo y gozan de sus bienes espirituales, los santos
pueden interceder por nosotros. La intercesión nunca reemplaza la
oración directa a Dios, quién puede conceder nuestros ruegos sin la
mediación de los santos. Pero, como Padre, se complace en que sus
hijos se ayuden y así participen de su amor. Dios ha querido
constituirnos una gran familia, cada miembro haciendo el bien a su
prójimo. Los bienes proceden de Dios pero los santos los comparten.
Los santos son modelos. Debemos imitar la virtud
heroica de los santos. Ellos nos enseñan a interpretar el Evangelio
evitando así acomodarlo a nuestra mediocridad y a las desviaciones
de la cultura. Por ejemplo, al ver como los santos aman la
Eucaristía, a la Virgen y a los pobres, podemos entender hasta donde
puede llegar el amor en un corazón que se abre a la gracia. Al
venerar a los santos damos gloria a Dios de quien proceden todas las
gracias.
Sin duda hay quienes se desvían de una sana
devoción y hasta existen personajes que son venerados popularmente
al margen de la Iglesia y no son sino falsos santos. Estos errores
no justifican que se descuide la auténtica devoción sino mas bien
resalta la importancia de la catequesis.
Santos patronos Un santo puede ser declarado
patrón de un país, diócesis o institución religiosa. También hay
santos patronos de diferentes gremios y causas. Además, todos
podemos elegir un santo patrón de nuestra devoción como modelo e
intercesor.
Santos Doctores de la Iglesia Título reconocido
por la Iglesia a los santos que por su gran sabiduría doctrinal han
tenido gran influencia en la tradición eclesial.
Santos Padres Los Padres son pastores (generalmente,
pero no siempre obispos) de la Iglesia de los primeros siglos, cuyas
enseñanzas, en sentido colectivo, son consideradas por la Iglesia
como el fundamental para la doctrina ortodoxa cristiana porque son
la correcta interpretación de las Sagradas Escrituras. Los cuatro
principales criterios esta designación son: antigüedad, ortodoxia,
santidad, aprobación de la Iglesia. No todos los escritos de los
Padres son ortodoxos sino solo aquellos en los que hay común acuerdo
entre ellos. (Orígenes y Tertuliano cayeron en serios errores pero
no se niega el valor de sus obras anteriores.)
¿Hay santos aun en la tierra? Sin duda los hay.
En todas partes hay personas santas. Los hay enfermos, madres y
padres que viven la vida cotidiana con gran fidelidad, jóvenes que
mantienen el ideal de ser cristianos y no se dejan arrastrar por la
cultura, niños y ancianos.... Creo que el Papa actual está entre los
santos en la tierra. Dios quiera que aprovechemos la sabiduría y el
ejemplo que nos da como buen padre.
¿Porque no hay mas santos? Podemos constatar con
tristeza que pocos buscan la santidad. ¿Cuantos entre las multitudes
de seres humanos buscan primero el Reino de Dios?. Mas importante,
me debo preguntar: ¿Por que no soy YO santo?. Hace mucho comprendí,
intelectualmente, la razón: Requiere un amor hecho sacrificio. Pero,
¡que poco lo vivo! La realidad es que muchos profesamos amor a Dios
pero en realidad hay en nosotros una fuerza mayor: la
auto-preservación de nuestro ego y el deseo de evitar el sufrimiento
aunque este sea necesario para ser fiel.
Es posible envolverse en el servicio a Cristo y
hasta sacrificarnos por la misión, pero al mismo tiempo no renunciar
al control de nuestro ego sobre lo que hacemos. Seguimos por lo
tanto actuando en gran parte según la carne y lo hacemos porque
encontramos en la religión lo que todo hombre busca en el mundo: su
interés y satisfacción. Para continuar esta "vida de bien" nos
cuidamos de no caer en pecado grave, de mantener los compromisos
según sean provechosos para nuestra imagen. PERO..... cuando viene
la prueba que requiere morir a nosotros mismos y sufrir.... POCOS se
abrazan a la cruz.
Hemos de recordar que no hay sinó un camino a la
unión con Dios: La Cruz. Quien anda con Jesús va a Jerusalen, va a
inmolarse. Esta purificación es necesaria para pasar, por obra del
Espíritu Santo, de ser autosuficientes, egocéntricos, carnales al
hombre nuevo en Cristo que es todo para el Padre, dócil, obediente y
amoroso. Es necesario que los miembros del cuerpo estén unidos a la
Cabeza. Si posponemos la entrega posponemos la victoria y, Dios no
lo quiera, podríamos perderla.
No hay mas santos por la resistencia que
presentamos cuando Dios da la gracia de la conversión. ¿Que ocurre
cuando la prueba amenaza en derrumbar aquello que esta muy cerca de
mi corazón?, ¿me siento justificado para "defenderme" y actúo
pensando que es justo lo que hago y lo que digo, o busco la voluntad
de Dios aunque me sea abrazar la cruz de la renuncia?. Veamos la
actitud de los Apóstoles camino a Jerusalén y después, dormidos en
el huerto, y por fin huyendo. No hay por que dudar de que estaban,
según sus capacidades humanas, comprometidos con Jesús a seguirle.
Soñaban con el reino mesiánico, pero no entendían que necesitaban el
Espíritu Santo para ser hombres nuevos, hombres de la Cruz.
Confiaban mas bien en sus propias fuerzas. Por eso, no sabían lo que
pedían. Ni siquiera Pedro, que con ideas de "cuidar" a Jesús, le
quiso evitar su ascenso a Jerusalén.
La clave de la santidad es entrar en el Corazón
Traspasado de Jesús, siempre dándose sin reclamar para si; Lejos de
evitar el sufrimiento, lo asume por amor. El santo es otro Cristo en
su Cuerpo Místico. Es por eso que la santidad requiere ser Iglesia.
Es ella la madre que nos alimenta con la Vida de Cristo para la
santidad, es en su seno que crecen los santos. La Iglesia no
remplaza la lucha personal mas bien nos da la fuerza de la gracia
para vencer. Los sacramentos, la Palabra, el magisterio, la comunión
con la Virgen, con los santos, con el Santo Padre, en fin, la
Comunión de los Santos, es la tierra fértil necesaria para que
crezca la semilla de la santidad. Quien se ha unido a Cristo
necesariamente vive en comunión con los hermanos, su vida es amor y
servicio para edificar el cuerpo.