La afectividad, fundamento y eje central de toda
vida psíquica, alimenta de energía a las demás facultades humanas.
Somos afectivos y respondemos afectivamente en todo el contexto de
nuestra existencia. El hombre y la mujer necesitamos amar y ser
amados. Durante las veinticuatro horas del día vivimos la
afectividad, clave para las relaciones con las demás personas y con
el mundo circundante, a través de sentimientos de gozo, de
experiencias fundantes de Dios; de rechazo, tristeza, agresividad,
etc. En la práctica cada uno de nosotros vive lo afectivo como algo
que provoca una sensación agradable o desagradable, buena o mala;
desde movimientos de amor, satisfacción, alegría, odio, rabia,
cólera. Con base en estos sentimientos, decide qué actitud tomar. Es
ella el elemento decisivo para el desarrollo y maduración de la
persona. Del feliz desempeño de nuestra afectividad depende, en
buena medida, la realización vital y la felicidad personal. Procurar
un clima de equilibrio afectivo promueve la madurez de la persona.
Manifestamos nuestra afectividad con diferentes
vivencias emotivas: amor y odio, deseo y miedo, simpatía y antipatía,
alegría y tristeza. Estos movimientos surgen espontáneamente, sin
que los controlemos, a partir de un estímulo o de la propuesta de un
bien o de un mal concreto, de algo positivo o negativo. El bien o el
mal actúan como motor y suscitan continuamente en el hombre
atracción o repulsión, con sus variedades extremas y con sus
consecuencias, que son breves o duraderas.
En nuestra vida de relación estamos continuamente
inmersos en la vivencia afectiva propia y ajena, aun cuando no
consigamos aferrarla porque es huidiza por naturaleza, va y viene,
se reproduce, un poco como la niebla de las montañas, que aparece y
desaparece: así es, en general, nuestra vivencia afectiva.
La persona ha sido estructurada fisiológica y
psicológicamente para el amor. Es este un potencial inmenso que
tenemos a nuestra disposición, pero que necesitamos organizar, para
no vivir en el sentimiento contrario, que es el odio. Cuando no
ordenamos el amor, porque lo administramos mal o lo reprimimos, se
vuelve incontrolable y crea problemas, desajustes psíquicos,
neurosis, etc. Cuando lo conocemos, lo aceptamos y orientamos,
dinamiza y vivifica nuestra existencia. La afectividad/ sexualidad
se puede comparar con las aguas de un caudaloso río que, canalizadas,
son productivas y engendran vida, amor; si, al contrario, las
descuidamos, pueden producirse estragos imprevisibles, que nos
lleven a vivir la violencia, el odio, etc.
Fuerzas opuestas: El amor y al odio se
presentan como expresión de dos principios irreductibles entre sí.
Por esto la vida es concebida como una eterna lucha entre ambas
fuerzas. Cada una es como una “fábrica” de sentimientos y actitudes
que está continuamente lanzando sus productos.
Cuando la energía activa en mí es el amor, y
puedo sintonizar mi conciencia con esa dimensión, entonces mi
actitud y mis prioridades son profundamente constructivas y
creadoras de felicidad. Pero si la energía que manda en mí es la
antipatía, la amargura, el rechazo, irán apareciendo en mi conducta,
como en sucesivas capas de cebolla, la frustración, la confusión, la
desesperación, la tristeza, las conclusiones equivocadas, que van
distorsionando el impulso amoroso original hasta convertirlo en el
sentimiento destructivo del odio.
El trabajo hacia la maduración consiste en
impulsar el amor o desandar el camino contrario hasta que la persona
comprenda cómo fue que se distorsionó su impulso amoroso original,
ayudarlo a recuperar la conexión con él y colaborar para que
descubra el modo de resolver el conflicto que lo desorganizó. En
realidad no hay energía más eficaz para resolver un conflicto que el
amor. Nuestra tarea consiste en encontrar el amor y huir de todo lo
negativo que nos lleva a aterrizar en el odio.
Experiencia de amor y de odio: Cuentan que
un importante señor, porque estaba enfadado en ese momento, gritó al
director de su empresa. El director llegó a su casa y gritó a su
esposa, acusándola de que estaba gastando demasiado, porque había un
abundante almuerzo en la mesa. Su esposa gritó a la empleada porque
rompió un plato. La empleada dio una patada al perro porque la hizo
tropezar. El perro salió corriendo y mordió a una señora que pasaba
por la acera, porque le cerraba el paso. Esa señora fue al hospital
para ponerse la vacuna y que le curaran la herida, y gritó al joven
médico, porque le dolió la vacuna al ser aplicada. El joven médico
llegó a su casa y gritó a su madre, porque la comida no era de su
agrado. Su madre, tolerante y un manantial de amor y perdón,
acarició sus cabellos diciéndole: - "Hijo querido, prometo que
mañana haré tu comida favorita. Tú trabajas mucho, estás cansado y
precisas una buena noche de sueño. Voy a cambiar las sábanas de tu
cama por otras bien limpias y perfumadas, para que puedas descansar
en paz. Mañana te sentirás mejor". Bendijo a su hijo y abandonó la
habitación, dejándolo solo con sus pensamientos.
En ese momento, se interrumpió el círculo del
odio, porque chocó con la tolerancia, la dulzura, el amor y el
perdón. Si tú eres de los que ingresaron en un círculo del odio,
acuérdate que puedes romperlo con tolerancia, dulzura, perdón y amor.
No caigamos en el círculo del odio pensando que es imposible
encontrar amor: la manera más rápida de recibir amor es darlo, hay
más alegría en dar que en recibir.
Perdemos el amor cuando lo queremos solo para
nosotros, es como el fuego que cuando lo extendemos nos acaricia con
su calor; el amor tiene alas y no hay que encadenarlo. El amor es el
don más preciado que Dios nos ha regalado, y que nos da la
oportunidad de regalar. Además, cuanto más se da más nos queda
porque se agranda nuestro corazón al amar, ahí está el secreto del
amor. De nada tiene más necesidad este mundo como del amor.
Muy cercano a nosotros: El sentimiento del
odio puede, también, marcarnos de por vida y anidar en alguien hasta
su muerte como sucede con el amor, dado que es un sentimiento de la
misma naturaleza que su opuesto. Cuando los sentimientos son tan
intensos dejan una marca imborrable en la persona. Por eso, podemos
amar con intensidad y por toda la vida, sin que el amor muera;
igualmente podemos odiar a alguien durante toda la vida, si dejamos
que el odio se apodere de nosotros, de nuestra vida.
Necesitamos prestar atención al papel que el odio
puede desempeñar en nuestra vida, y a sus efectos perjudiciales no
sólo para el individuo, sino también para la sociedad. Cuerpo, mente
y espíritu pueden ser totalmente envenenados por este sentimiento
virulento. Por esto necesito hacer hasta lo imposible para evitar o
atenuar en mí este sentimiento dañino y degradante.
El odio, como polo opuesto al amor, procede del
egoísmo, de la rivalidad, apoyado por la envidia, los celos, el
rencor, la avaricia, la codicia, la ambición, la crítica, la
intolerancia, la crueldad, la sospecha. Por eso, y para contribuir a
mejorar las relaciones humanas necesitamos eliminar de nuestra vida
hasta lo más imperceptible de esta tendencia. Cuando la buena
voluntad es cultivada y echa raíces en nuestra vida, los
sentimientos de odio se van marchitando y al final desaparecen. Pues,
"el odio no cesa por el odio, por la violencia, sino por el amor".
Un estudio de las condiciones mundiales actuales
nos lleva a concluir que el curso de los acontecimientos que se
suceden en la actual sociedad no están siendo guiados por el amor,
sino más bien están basados en la codicia, en el odio y otras
actitudes degradantes similares. La energía del amor tiene varios
aspectos, y el punto de evaluación será determinado por el
desarrollo del observador, y del plano desde el cual se realiza el
enfoque.
Cuando se hace referencia al amor como la energía
que neutraliza y sustituye al odio, estamos hablando, no del amor
emocional, sino del amor divino, energía sobrenatural. Por tanto la
tarea principal para la redención del hombre consiste en buscar y
dejarse llenar del torrente continuo del amor divino, desde la
oración y los sacramentos.
Destruir el odio: El odio se destruye con
el perdón. Por eso, la importancia de perdonar con toda generosidad,
sea cuales sean las ofensas con que haya sido herido. El perdón es
como un bálsamo que destruye cualquier herida por profunda que sea,
pero debe ser gratuitamente. Rehusar perdonar al otro es señal de
que no he recibido conscientemente el perdón del Señor. Por eso,
dice san Agustín: “¿Cómo te atreves a decir: Padre, perdóname como
yo perdono, si no perdono de verdad a mi hermano? ¿Cómo me puede
perdonar Dios si rehúso entregar mi perdón, si rehúso pedir perdón?
En primer lugar, mientes a Dios mismo. En segundo lugar, te engañas
a ti mismo”.