La pregunta por el sentido de la Navidad en
nuestros días es inteligible únicamente desde un cuestionamiento
previo antropológico y ético, a la luz del hombre que aspiro a ser y
la vida que llevo. No puedo llevar una vida con sentido si no es la
vida que contribuye a mi bien. Tampoco si no soy yo quien la vive, o
adolece de incoherencia por las contradicciones en que se ve
sumergida. Asimismo, no parece posible la bondad de la vida sin el
reconocimiento y la promoción de los demás. Es decir, el hombre que
aspiro a ser y la vida que quiero llevar está vinculada a tareas
comunes, al reconocimiento práctico de los demás.
La Navidad en nuestra sociedad es fruto de una
determinada concepción de hombre, así como de la naturaleza de sus
acciones personales. El hombre de la España actual es un hombre
indiferente a Dios. Aunque haya muchos católicos, España no es una
nación católica. En la práctica, se vive como si Dios no existiese.
De este modo, se insinúa ya que la Navidad sólo afecta
provisionalmente al hombre, en su periferia, en su mayor apertura a
los demás, pero sin alcanzar la grandeza agónica y atormentada de
Unamuno cuando suplicaba a Dios volverle “a la edad bendita de la
infancia en que vivir es soñar”, recordando así que para llegar a Él
sólo puede hacerse de dos maneras: “o siendo niño o agachándose
mucho”, en feliz expresión de Martín Descalzo. El hombre de la
sociedad española, lejos de trascender la cultura y una siempre
frágil convivencia, no muestra porosidad ante el asombro de lo
divino que penetra en lo humano para que el hombre pueda alcanzar la
salvación personal y la santidad. El sentido de la Navidad
manifiesta así un hombre secularizado, sin apenas nostalgia de Dios,
demasiado resentido dentro de un sector importante de la cultura
progresista, viviendo al margen de la iglesia institucional, sin
preocuparse lo más mínimo por lo que ésta piensa, dice o hace,
exceptuando momentos coyunturales. Existe todavía un pasado mal
asimilado, una barrera infranqueable para un verdadero diálogo entre
el Estado y la Iglesia.
El hombre secularizado es también el hombre del
consumo, el hombre del “panem et circensis”, producto en buena
medida de potentes y agresivas campañas publicitarias. Asistimos
indefensos a una sobreabundancia de estímulos y de imágenes
excitadoras que estrangulan el diálogo y la vida interior, el reposo
y la contemplación, el asombro, el conocimiento y la adoración. Es
un hecho social y cultural la invitación al consumo, a mostrar un
mercado de bienes y un catálogo de posibles felicidades humanas,
cifradas en la exaltación de los placeres cotidianos: alimentos
refinados, ropas lujosas, absolutización del cuerpo, imposición de
modas.
Toda esta ingeniería social lleva, como es lógico,
a un hombre cuyas acciones no emergen del Misterio, ni de una vida
trascendente ni sagrada, ni mucho menos religiosa. El hombre del
siglo XXI es el hombre de la utilidad y la eficacia; alguien
despersonalizado que se complace en el anonimato de relaciones
furtivas y que ve en el otro un medio para incrementar sus propias
rentas, pero extrañamente no logra descubrir en él un prójimo,
alguien capaz de compadecerse y de amar.
El sentido de la Navidad en nuestros días no
puede desplazar, sin embargo, la verdad del hombre, su vocación y
destino que le es revelado en el Misterio que se celebra. El hombre
del siglo XXI será incapaz de soportar el vacío de una vida sin
Dios, sin un amor que le redima (según enseña Benedicto XVI en la
encíclica spe salvi), un amor incondicionado que es respuesta a un
amor primero, donado en la venida del Hijo de Dios al mundo. El
hombre no espera cualquier cosa, sino salvación y paz, una vida
feliz que sólo Dios puede otorgar. La idea de adjudicar un objeto a
la vida humana no puede existir sino en función de un sistema
religioso, de una comunicación y ordenación libre del hombre a Dios.
La mejora del hombre, soslayando cualquier engaño secular, sólo está
en entrar en comunión con Aquél que se revela como la explicación
última del propio hombre. De esta manera, el sentido de la Navidad
en nuestros días consiste básicamente en saber si el hombre es capaz
de dejar o no entrar en su vida al Dios manifestado en Jesucristo.