Un mar sin fondo
Es muy difícil hablar de los afectos, porque resulta muy difícil
hablar de lo que es evidente, sin perderse en teorizaciones y sin
caer en personalizaciones. Pero eso resulta «pan comido» comparado
con lo que supone hablar de la sexualidad y, además, poniendo ambas
cosas en contacto. Es como si se tratara de una selva submarina,
pero sin fondo: inabarcable, laberíntica, cargada de contradicciones
y, sobre todo, suculenta y muy apetitosa.
¿Qué sentimos cuando recibimos el cariño de un nene?; ¿alegría?, ¿nos
arrepentimos del placer?, ¿temor?, ¿compromiso?, ¿fastidio? ¿Qué
pone él en su cariño?: ¿necesidad?, ¿posesión?, ¿devoción? ¿Y qué
estamos poniendo nosotros en el nuestro?
Por favor, ruego al lector que no trate de responder personalmente a
estas preguntas. Sería muy impertinente por mi parte pretender
invadir el espacio afectivo de cada uno. Mi intención es comenzar
este artículo haciendo ver la enorme complejidad de sentimientos que
conduce un afecto. Y también –¡cuidado!– la enorme capacidad que
tienen los sentimientos de conducir a los afectos. Todo depende de
la situación en que se encuentre el ser humano.
Porque (volvamos a las preguntas): ¿qué nos pasó cuando nos
enamoramos?: ¿fue la primera vez?, ¿fue la única?, ¿fue la última?,
¿cuánto tiempo duró esa «locura»?, ¿pudimos aprender a amar?
¿Y el odio? ¿Conocemos esa otra «locura»? ¿Sabemos de los destrozos
que causa en nuestras relaciones, en nuestra capacidad de pensar, en
los sentimientos de la propia existencia?
Por último, ¿qué dejan dentro de las personas las experiencias de
sufrimiento?: ¿rencor?, ¿miedo?, ¿dureza?, ¿fortaleza?, ¿solidaridad?,
¿masoquismo?
La afectividad
La palabra «afectividad» es un término universal,
pero contiene un campo semántico tan amplio que nos vemos en la
necesidad de seleccionar el encuadre de nuestra reflexión; de ahí
que lo vayamos encauzando a través de preguntas. El encuadre elegido
es el de su condición de inconmensurable complejidad, en la que
contemplamos un constante juego de contradicciones. En ellas nos
vamos encontrando cada vez que nos pensamos como humanos.
Los afectos acompañan desde el principio de la vida a nuestra
facultad de conocer. En las primeras representaciones del mundo
externo que nuestra memoria guardará para estructurarlas gracias al
lenguaje –en esas matrices del pensar– se grabaron también, en forma
de significados, todos los temblores, las palpitaciones, la intensa
emocionalidad con que fue sentido cualquier contacto-conocimiento.
Nunca podremos determinar si somos nosotros mismos en virtud de un
código genético, o si lo somos en virtud del modelado que resulta de
ese bombardeo de impresiones que constantemente nos estimulan.
Comencé preguntándome por el sentir del cariño de un niño, quizá
también porque soy mujer, pero, sobre todo, porque para la mayoría
de nosotros, adultos, significa un «ataque» que nos ha dejado «indefensos».
Un niño que nos pregunta, o un niño que sufre, que nos está
esperando para jugar con nosotros, que nos muestra su rechazo o sus
ataques de ira, nos va a dejar con toda seguridad «afectados». Pero
si, además, formamos parte del conjunto de sus amores –los que
después serán afectos comienzan generalmente siendo pasiones–...,
eso con toda seguridad nos va a dejar marcados. En ocasiones va a
ser incluso la causa de radicales cambios en nuestra vida. He
hablado de «ataque» porque, o nos dejamos conquistar por él, o nos
vemos obligados a defendernos. No existe la indiferencia ante un
afecto infantil.
En el mundo de los afectos, los niños tienen el poder. Pueden hacer
de nosotros buenas o malas personas. Estamos en sus manos... Porque
nunca sabremos precisar cuánto hay del niño en cuestión y cuánto del
niño que fuimos nosotros y que todavía llevamos dentro. Cuánto hay
del otro y cuánto de nosotros mismos. Cuánto hay de mandato de la
naturaleza y cuánto hay de identificación..
Alteridad y egoidad forman una combinación constante en el mundo de
los afectos. Me he referido aquí a los «raptos» infantiles porque me
parecen las situaciones más comprometedoras. (Nos raptan los niños
porque hemos sido niños.) Pero es un rasgo constante y, además,
saludable.
Se podría pensar que un grado mayor de alteridad aumentaría la
calidad de los afectos. Pero nunca deberíamos perder de vista su
lugar de origen: la identificación. En realidad, en el terreno de lo
afectivo no existe el otro, sino más bien el semejante.
Recojamos ahora dos caracteres diferenciados de lo anteriormente
dicho:
* El conocimiento es un hecho que afecta
profundamente al yo, en cuanto que desencadena en él una oleada de
emociones y de sentimientos que le hacen configurar al objeto –no
sólo intelectualmente, sino también éticamente– como deseado,
favorable, temido o difícil de entender. De otra parte, el yo queda
igualmente configurado en función de la huella que va dejando en él
la experiencia citada. Mundo externo y mundo interno desarrollan una
constante dinámica. Afecto y conocimiento caminan a la par.
* La afectividad es un fenómeno que convoca simultáneamente al otro
y al-yo-y-al-otro. Quizá más rotundamente al yo, y más
inevitablemente al otro. Por vía de identificación, el mundo del yo
y el mundo del objeto se interpenetran sustancialmente. El concepto
de alteridad o, mejor dicho, la posición de alteridad se va
construyendo en la medida en que van ganando consistencia las
posiciones del yo. Para que podamos hablar en el terreno ético de la
posición de altruismo, es necesario que vaya acompañada de un
suficiente y sano egoísmo.
El enamoramiento
Pensemos ahora en el enamoramiento. Ese ataque de
la naturaleza –divino ataque, divina naturaleza– que nos deja
tocados irremisiblemente... Nos enamoramos de nuestra mamá, de
nuestro papá, de nuestros amigos. Nos enamoramos más o menos, pero
siempre locamente. Para bien y para mal, el enamoramiento nos hace
sentir el ser y el no ser. Puede ayudarnos a crecer y empujarnos a
la confusión. Y puesto que nuestra condición de seres vivos es una
condición de seres sexuados, dispone de nuestro cuerpo sin antes
pedirnos permiso.
Por vía hormonal, la sexualidad proporciona al yo una energía
inusitada. Moviliza deseos: tanto el deseo de conocer como el deseo
de poseer. Moviliza la generosidad, la capacidad de esfuerzo para
agradar al otro, para retenerlo, para recibir de él... Por causa del
«sexo-enamoramiento» somos capaces de cambiar el curso de los
acontecimientos. Somos capaces de sacar lo mejor y lo peor de
nosotros mismos. Puede hacernos desarrollar desde el heroísmo hasta
la perversión.
La curiosidad sexual en la infancia puede actuar como motor del
conocimiento o como inhibidor del mismo. Puede ir acompañada de un
razonable sentido de lo «legal» o de un incontenible deseo de
gratificación. El sexo-enamoramiento es el primer protagonista en el
desarrollo de nuestra identidad, por cuanto que nos va conformando
intelectual y éticamente. Constituye al Yo tanto en su dimensión de
individuo como en su dimensión social.
El odio
Mencionábamos también el odio, que para muchos se
sitúa a un paso corto del amor... Quizá sea necesario concebir el
odio acompañado también de su cortejo: rabia, rechazo, eliminación
de obstáculos, descarga del sentimiento de dolor o de contrariedad...
El odio puede venir directamente impelido desde el complejo de
nuestra omnipotencia infantil, desde nuestro narcisismo contrariado;
y también puede venir de la necesidad de eliminar algún ataque
procedente del exterior y que, al producir el doloroso sentimiento
de aniquilamiento, obliga al yo a defenderse de una manera
destructiva.
Es decir, el odio puede tener ambas procedencias –una más primaria,
otra más reactiva–, pero cualquiera de las dos le proporciona una
energía equivalente a la que descubrimos en el amor. Es un afecto
cargado de una impulsividad tal que nos lleva a reflexionar sobre la
vieja teoría de los instintos-pulsiones.
Todos sabemos –o deberíamos saber– del odio. Recorre nuestro aparato
digestivo, nuestro aparato respiratorio. Convulsiona nuestro músculo
cardíaco y se queda en el pensamiento, dificultando la capacidad de
pensar. Altera seriamente el sistema nervioso. Tiene el temible
poder de cambiar el comportamiento ético del yo. La razón del odio,
igual que la razón del deseo, puede desarrollar en nosotros una
doble conciencia. Puede conseguir que parezcamos –y realmente seamos–
dos personas distintas.
El sufrimiento
Y, por ultimo, hablemos del sufrimiento. Podemos
sufrir por razones muy diversas. Desde las primeras y necesarias
experiencias de frustración, pasando por dolorosas experiencias de
pérdida o abandono de seres queridos, hasta las anulantes
experiencias de humillación y tratos vejatorios. Como en cualquier
otra de las experiencias afectivas, quizás en mayor grado que
ninguna otra, el sufrimiento afecta al desarrollo del yo en función
del momento en que se encuentre su maduración.
Si el yo se encuentra en un momento muy originario y dispone de
pocos recursos estructurados para procesar la experiencia de
sufrimiento, ésta dejará unos efectos deficitarios en la
construcción del sentimiento de ser y, por tanto, en la construcción
de la imagen de sí mismo. Por el contrario, si la experiencia de
sufrimiento puede ser procesada por un yo más constituido, puede
influir en él haciéndole resistente y fuerte, pero solitario o
individualista en exceso, o enseñándole la sutil manera de no sufrir
nunca más, frenando o dosificando la salida de los afectos, o
desplazándola hacia áreas poco perturbadoras de su necesidad de
seguridad y equilibrio.
Cuando esto sucede, esa experiencia paraliza el intercambio
amoroso-sexual. Seguramente producirá una adecuada separación entre
sexo y amor, o quizá la eliminación de uno de los dos, en la medida
en que el yo se resiste inteligentemente a revivir experimentalmente
lo que, en lugar de producirle gratificación, evoque el peligro que
generó tal sufrimiento. Es posible que el yo acabe conjugándolo,
pero le será necesario vivir experiencias muy recuperatorias; de lo
contrario, acabará conjugándolo de un modo masoquista, con toda la
perversión que ello conlleva.
Conclusión
Quizá deberíamos concluir diciendo algo así como
que los humanos somos sexo-afectivos.
* Que en una primera etapa de nuestro desarrollo
nuestra sexo-afectividad nos enseña a vivir, mejor o peor, pero nos
instala en el hecho de ser y de vivir.
* Que posteriormente esa sexo-afectividad tendrá que ir
convirtiéndose en la escuela de aprendizaje de nuestra maduración a
través de la experiencia. Porque, después de haber quedado atrapados
por la doble cara de los afectos, deberíamos aprender que se vive
más «fácil» con menos dependencia de nuestras necesidades
narcisísticas. Que se vive más «fácil» dejando hablar a la vida. Que
se vive más «fácil» conociendo el carácter a veces indomable de
determinados afectos.
* Que en realidad sólo hay una cosa verdaderamente difícil y que sí
depende nosotros: la interminable tarea de aprender a reconocer el
límite de nuestras posiciones afectivas, sin perdernos su riqueza y
sin perdernos en su riqueza.