Sobre la resurrección; ¿cómo va
a ser?
El punto de partida aquí tiene que ser la Sagrada
Escritura, por supuesto, pues hay un pasaje que alude expresamente a
lo que preguntas:
Alguno dirá: ¿Cómo resucitan los muertos? ¿Y con
qué clase de cuerpo vienen? ¡Necio! Lo que tú siembras no llega a
tener vida si antes no muere; y lo que siembras, no siembras el
cuerpo que nacerá, sino el grano desnudo, quizás de trigo o de
alguna otra especie. Pero Dios le da un cuerpo como El quiso, y a
cada semilla su propio cuerpo. No toda carne es la misma carne, sino
que una es la de los hombres, otra la de las bestias, otra la de las
aves y otra la de los peces.
Hay, asimismo, cuerpos celestiales y cuerpos
terrestres, pero la gloria del celestial es una, y la del terrestre
es otra. Hay una gloria del sol, y otra gloria de la luna, y otra
gloria de las estrellas; pues una estrella es distinta de otra
estrella en gloria. Así es también la resurrección de los muertos.
Se siembra un cuerpo corruptible, se resucita un cuerpo
incorruptible; se siembra en deshonra, se resucita en gloria; se
siembra en debilidad, se resucita en poder; se siembra un cuerpo
natural, se resucita un cuerpo espiritual. Si hay un cuerpo natural,
hay también un cuerpo espiritual.
Así también está escrito: El primer hombre, Adán,
fue hecho alma viviente. El último Adán, espíritu que da vida. Sin
embargo, el espiritual no es primero, sino el natural; luego el
espiritual. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo
hombre es del cielo. Como es el terrenal, así son también los que
son terrenales; y como es el celestial, así son también los que son
celestiales. Y tal como hemos traído la imagen del terrenal,
traeremos también la imagen del celestial. Y esto digo, hermanos:
que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios; ni lo
que se corrompe hereda lo incorruptible. (1 Corintios 15,35-50)
Hay muchas cosas que destacar aquí. Para ir con
orden dentro de lo más relevante y para no extendernos demasiado
conviene numerar.
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La Escritura no sólo afirma la resurrección
de Cristo sino nuestra propia resurrección. Así lo decimos
también en el credo cada domingo: Creemos en la resurrección de
la carne.
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La resurrección nuestra implica alguna forma
de cuerpo. No es algo sólo del "alma." Cristo no resucitó
solamente en el sentido de que su alma inmortal siguió viviendo
sino en el sentido realísimo de que su cuerpo no fue encontrado
en la tumba custodiada por los soldados romanos. Lo mismo
nuestra resurrección, implica un cuerpo, el cual suele llamar la
teología "cuerpo glorioso," o sea, colmado, imbuido, inmerso y
poseído por la gloria de Dios. Pablo afirma que tendremos
también "la imagen del hombre celestial," que no es otro sino
Cristo.
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Nuestra imaginación no nos ayuda mucho para
saber cómo será ese cuerpo. San Pablo considera "necedad" entrar
en esa clase de consideraciones. Es como si uno tratara de
imaginarse cómo es el árbol que habrá de nacer de una semilla
que uno apenas conoce.
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Si existe un "cuerpo espiritual," y si al
resucitar tendremos esa clase de cuerpo, hay que entender que la
Biblia no enseña una guerra entre cuerpo (o materia) y espíritu.
Otras filosofías y cultos, como el maniqueísmo, han predicado
que son irreconciliables la corporalidad y la espiritualidad
pero eso es ajeno a nuestra fe. Lo propio de neustra fe es la
santidad del cuerpo, que en otros lugares ya es llamado templo
del Espíritu Santo.
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Dados los relatos de las apariciones del
Resucitado, algunos teólogos han tratado de descorrer un poco el
velo de qué podría ser lo propio de los cuerpos gloriosos. por
ejemplo, es claro que sus relaciones con el espacio y el tiempo
son diferentes de las nuestras, pues vemos que Jesús entra a un
recinto estando las puertas cerradas, por ejemplo.
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Hay algunos que alcanzan a ver una cierta
analogía entre el milagro de la incorruptibilidad y la verdad de
la resurrección. En efecto, se ha dado el caso de santos como
Bernardita Sobirous, la vidente de Lourdes, cuyo cadáver no se
ha corrompido sino que permanece sorprendentemente "fresco" como
si ella estuviera sólo dormida. No hay que pensar que su cuerpo
es ya glorioso, pero no cabe duda que esa situación,
científicamente inexplicable, refleja aunque solo sea un chispa
de la victoria sobreabundante de Cristo sobre la muerte.