Hay una gran preocupación de algunas personas
sobre el tema de las riquezas. Hay una pregunta latente y que no se
hace manifiesta directamente: ¿Es bueno tener riquezas o no? Este es
el tema central de los versículos anteriores. También este asunto
volverá a aparecer más adelante, cuando Jesús se encuentra con el
joven rico (Lc. 18:18-30). En todo momento Jesús se verá confrontado
con este tema y no podrá eludirla.
Para Jesús el tener riquezas no es malo de por sí,
porque representan bendiciones que Dios otorga. La cuestión es cómo
se obtienen dichas riquezas y para qué son necesarias. Algunas
personas suelen obtener riquezas a través de medios vedados por
Dios: explotación, engaño, usura, injusticia, sobornos, fraudes,
ambición, actos de corrupción, avaricia, etc.
Cada vez más un sector se hace más rico y el otro
se hace más pobre en una proporción geométrica. Se busca acaparar
para sólo satisfacer el ego y tener poder sobre otros. Ese aspecto
es tocado por Jesús en los versículos anteriores (Lc. 12:13-21).
Jesús en pocas palabras nos dice que aquel que acapara riquezas y no
las comparte con los pobres es un necio, porque ¿De qué le valdrá si
le toca partir a la patria celestial? ¿Quién disfrutará de toda su
riqueza? ¿Cuál es su riqueza espiritual?
Jesús nos enseña en este relato que hay una
riqueza superior a la riqueza material, ésta es la herencia del
reino de Dios. ¿Hay acaso en el cielo bóvedas para guardar riquezas
materiales? ¿Hay acaso en el cielo estantes para guardar cosas
materiales? La repuesta es un rotundo no. Ahora bien, si uno ha sido
bendecido por Dios y tiene abundancia de bienes materiales, estos
han sido dados para el uso de la persona, pero también han sido
otorgados para ayudar a los pobres, a los más necesitados de nuestra
sociedad. Al transferir nuestras riquezas a los pobres, nos
convertimos en agentes solidarios del Señor.
Allá en el cielo no hay lugar para los bienes
materiales. Aquí en la tierra hay que disfrutarla y gastarla entre
los más necesitados. Mientras tanto hay que procurar obtener
riquezas espirituales para ganar la herencia que el Señor nos ha
prometido: el reino. En la medida que nuestra vida espiritual se
enriquezca con los medios de gracia, nuestras obras de piedad y de
misericordia vayan en crecimiento, estaremos acumulando una riqueza
mucho mayor y valiosa, que nos permitirá presentarnos delante del
Señor sin temor y sin vergüenza. Podremos sentarnos a la mesa en ese
gran banquete que será preparado cuando Él venga.
Muchos hoy en día, incluyendo aún a los creyentes,
están muy preocupados en obtener riquezas materiales y se la pasan
sin dormir en ese afán. Otros han logrado acumular cierta cantidad
de riqueza y no saben cómo tenerlas a buen recaudo para evitar que
los ladrones se la quiten. Sin embargo, poco tiempo dedican a la
oración, a la lectura de la palabra de Dios, al ayuno, a participar
en la vida de la iglesia, a ayudar a los más necesitados, a
proclamar las buenas nuevas del Señor. ¡Son pobres espiritualmente!
Estas cosas son las que impiden entrar al reino
de Dios, ya. Ésta es la advertencia que nos hace el Señor para
nuestros tiempos también. Lamentablemente muchos al conocer esta
gran verdad que Jesús nos enseña, toman la actitud del joven rico (Lc.
18:18-30), se pierden la gran oportunidad de ganar la herencia
prometida. De ahí que para los cristianos y cristianas, nuestra
tranquilidad y confianza está en que sabemos que Dios es el que
provee lo necesario y suficiente para nuestras necesidades. No
tenemos por qué afanarnos por las cosas materiales (Lc. 12: 22-31).
Si éstas llegan a nuestras manos, son bendiciones del Señor y son
dadas para compartirlas con los más necesitados.
Sobre esta reflexión sería bueno tener en cuenta
lo que Juan Wesley nos exhorta acerca de las riquezas, su
acumulación y el derroche. Cuatro sermones escribió acerca de este
asunto: “El peligro de las riquezas”, “Sobre las riquezas”, “El
peligro de la acumulación de riquezas” y “El uso del dinero” Su
consejo es dejar de acumular riquezas materiales y para lograrlo da
tres consejos sabios:
a) “Gana todo lo que puedas”, hay que ganar el
dinero con trabajo honesto, sin perjudicar a nuestras mentes y
cuerpos por el trabajo excesivo y sin explotar a nuestro prójimo.
b) “Ahorra todo cuanto puedas”, debemos practicar
la mayordomía y vivir con sencillez, sin practicar el derroche de
los dones de Dios.
c) “Da todo cuanto puedas”, se debe proveer lo
esencial para uno mismo y la familia: alimento, vestido, vivienda,
salud y cualquier otra cosa básica. Cuando este aspecto se ha
logrado, cualquier cosa que sobre debe darse a los pobres, tanto en
la iglesia como en el resto del mundo. Nada debe acumularse. El
compartir con los necesitados es una muestra que estamos dando todo
a Dios.
Por último, hay una exhortación que Jesús nos
hace a todos nosotros: “Busquemos el reino de Dios y su justicia y
lo demás será añadido. No nos afanemos por el día de mañana, basta
cada día su propio afán” (Mt. 6:33-34). Confiemos en la providencia
de nuestro Dios y procuremos acumular riquezas espirituales aquí en
la tierra, practicando los medios de gracia que Dios nos ha dado
para lograr una vida de excelencia, o en otras palabras, una vida en
santidad. No desperdiciemos esta gran oportunidad que Dios nos da,
ahora, no mañana. Amén.