Cristo es el primero en todo. Y nosotros con El y
después de El, somos también imagen de Dios. He ahí nuestra dignidad:
la imagen de Dios está impresa en nuestra alma. Allí se basa la Ley
del Amor: en el reconocimiento del valor que tiene cada ser humano.
En cada persona reconocemos, estimamos y amamos la imagen de Dios.
Por eso la Caridad no puede depender del deseo,
del afecto o de los lazos de sangre ... o de los lazos de raza, de
nación o de religión, como bien lo indica Jesús en la parábola del
Buen Samaritano que nos trae el Evangelio de hoy. Los judíos y los
samaritanos no se trataban, tenían muchas diferencias, sobre todo
religiosas. Pero el ejemplo del Buen Samaritano nos recuerda que la
Caridad Cristiana está por encima de toda diferencia.
La Caridad Cristiana puede incluir esos lazos de
afecto o de sangre, de raza o de religión, pero no depende de éstos.
Jesucristo mismo nos advierte fuertemente: “Si amas a los que te
aman ¿qué mérito tienes? Hasta los malos aman a los que los aman. Y
si haces bien a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? También
los pecadores obran así” (Lc. 6, 32-34).
He aquí la diferencia entre altruismo y caridad,
entre filantropía y amor. El Cristiano debe amar; no le basta hacer
el bien con un escondido interés o con una motivación impura.
La Caridad es también independiente del
sentimiento. Es más bien una disposición de la voluntad. Es un deseo
de hacer el bien porque Dios nos ama así y desea que nosotros amemos
como El nos ama. Por eso la Caridad no es egoísta; es decir, no
busca la propia satisfacción, sino el servir al otro y complacer a
Dios. Además la Caridad incluye a todos: buenos y malos, amigos y
enemigos, familiares y extraños, ricos y pobres.
En el caso de la Parabola del Buen Samaritano, es
importante hacer notar esto de que la Caridad incluye a todos. Es
así como el extraño, el Samaritano, el que no era del país, el que
era considerado enemigo de la nación judía, fue el que ayudó al
malherido por los ladrones.
Aquí es importante hacer notar, como nota de
cultura bíblica, que el Mandamiento del Amor lo llamó nuestro Señor
Jesucristo “el mandamiento nuevo”. ¿Y por qué era “nuevo”? Porque
para los Judíos el mandato de amor a los demás era sólo para los de
su misma raza y nación: era un amor entre ellos mismos. Por eso el
Señor lo llama un mandamiento nuevo: porque se extendía a todos los
hombres.
Y aquí vamos a la definición que pide el Doctor
de la Ley del Evangelio. ¿Quién es el prójimo? El Señor le responde
con la parábola del Buen Samaritano. Y con esto el Señor dice que el
prójimo -que significa “próximo”, o el más cercano- puede ser
alguien lejano ... como fue en este caso el extranjero.
Sin embargo, en el ejercicio de la Caridad,
debemos saber que nuestro prójimo es aquél que el Señor nos presenta
en nuestro camino. Puede ser un familiar, pero puede ser también un
extraño.
Debemos estar atentos a las necesidades de los
demás: necesidades espirituales y corporales. Las espirituales:
enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita,
corregir al que se equivoca, perdonar las injurias, consolar al
triste, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios
por vivos y difuntos. Las corporales: dar de comer al hambriento,
dar techo al que no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los
enfermos y presos, enterrar a los muertos, redimir al cautivo, dar
limosna a los pobres.
Y hacer estas cosas por servicio, no por propia
satisfacción. Hacerlas por amor a Dios, no por quedar bien o por
sentirnos bien nosotros mismos. Hacerlas porque vemos la imagen de
Dios en quien necesita nuestro servicio. Esa es la diferencia entre
altruismo o filantropía y Caridad Cristiana.
La Madre Teresa de Calcuta decía tener la gracia
de ver el rostro de Cristo en los miserables que ella atendía. Es
una gracia que podríamos pedir: ver la imagen de Dios, ver el rostro
de Cristo en el prójimo necesitado.
Así se podrá cumplir en nosotros la promesa del
Señor para el momento del Juicio Final, cuando dirá a los salvados:
“Vengan benditos de mi Padre a tomar posesión del Reino que les he
preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y me
diste de comer; tuve sed y me diste de beber ... estuve enfermo y me
visitaste ... etc.” Y los salvados dirán: “Señor ¿cuándo te vimos
hambriento y sediento y enfermo, etc? Y el responderá: Cada vez que
lo hicieron con alguno de estos mis hermanos, lo hicieron conmigo”
(Mt. 25, 34-40).