Este tema esta relacionado con el corazón
misericordioso del Padre. En tres maravillosas parábolas Jesús nos
regala una extraordinaria descripción del corazón del Padre
celestial, al tiempo que nos muestra también su propio corazón. La
misericordia es la característica primordial del Señor. El tercer
evangelista, escritor de una sensibilidad exquisita, nos ofrece tres
retratos extraordinarios realizados por Jesús describiéndonos el
modo de ser del Padre celestial. Son de tanta finura esas
narraciones que Ernesto Renán llamó al evangelio de san Lucas: “El
libro más bello que se ha escrito en toda la historia de la
humanidad”. A través de este Evangelio y de toda la Escritura se
escucha permanentemente como música de fondo la misericordia de Dios
para con el hombre, para con su pueblo. En el NT sentimos una cierta
conmoción al escuchar el testimonio de la misericordia de Jesucristo
con los pecadores. Son preciosas y tiernas esas parábolas que nos
pintan la misericordia de nuestro Dios y Señor. Entre otras, además
de las tres del capítulo 15 de Lucas, las parábolas del Buen
Samaritano, de la adúltera, la pecadora perdonada, Zaqueo.
Los rostros de
la misericordia:
Los capítulos 15 a 19 de Lucas son como el
corazón del tercer evangelio. El 15 inicia con una introducción
donde Jesús, invitando a los escribas y fariseos a entender su
manera de ser al acoger a los pecadores y comer con ellos, nos
entrega vibrante la más extraordinaria pintura del Padre y nos pone
en contacto con ese corazón desbordante de ternura y misericordia.
En un crescendo amoroso va comparando al Padre con una mujer (8-10),
con un pastor (3-7), con un padre que nos quiere con entrañable
ternura de madre (11-32). Este amor misericordioso del Padre es para
todos sus hijos, especialmente los marginados, las gentes de
conducta desviada, los rechazados por la sociedad, los desechables.
Dios ama a sus hijos y no puede hacer otra cosa que mostrar su amor
para con ellos, perdonando, comunicando amor. El retrato del Padre
pintado por Jesucristo nos conmueve y nos infunde ánimos para vivir
como hijos, aunque nos hayamos distanciado de nuestro Padre. En su
misericordia casi es el quien nos pide perdón por no habernos dejado
amar de Él.
Características
de la misericordia divina:
La misericordia divina, exceso de amor, no está
sometida a las leyes de los hombres, del tiempo. En efecto,
cualquier momento es bueno para que Él busque a la oveja que se le
ha perdido, y para que el hijo se ponga en camino hacia su Padre a
quien ha abandonado. Además, la puerta del corazón del Padre está
abierta las 24 horas del día, nunca se cierra, no tiene horarios
para sus hijos, nadie puede decirle: “cuando te busqué no te
encontré”. El está siempre a las puertas de mi corazón llamando: “Yo
estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre su puerta,
entrare en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).
La misericordia divina no se agota jamás, porque
el Señor es amor, está lleno de amor. Mientras exista la vida,
siempre hay posibilidad de acudir a El y de ser acogido en sus
brazos de Padre, nuestro sitio amoroso. Nuestro Padre no se queda
recordando nuestra conducta indigna, ni el número de veces que le
hayamos abandonado y despreciado; espera únicamente el momento en
que su hijo anhela el perdón y el abrazo del Padre, mira los ojos
húmedos y brillantes como una esmeralda en la que brilla el
arrepentimiento, escucha los pasos indecisos de quien se acerca Él
para decirle: “he pecado contra ti”. La misericordia del Padre
transforma la vida del hombre, la revoluciona, hace que en el futuro
se comporte como fiel y cariñoso.
La ciencia del
perdón cristiano:
El Señor perdona y perdona tanto, siempre, porque
ama mucho, porque es amor. Un gran amor puede perdonar un gran
pecado, miles pecados, porque el amor impulsa siempre a perdonar, a
no fijarse en el pecado sino en el amor. Por eso, el Señor no se
queda recordando los pecados sino que desde su amor entrega su
perdón total, olvidando el pecado del hombre que se arrepiente: “de
sus pecados e iniquidades no me acordaré ya” (Hebr 10, 17).
Por lo tanto, si queremos perdonar, debemos
verdaderamente amar. Y el amor olvida las ofensas. Pero para olvidar
hace falta la humildad. Sí, se necesita una humildad profunda para
poder olvidar la herida, como hace falta un amor profundo para poder
perdonar. Humildad y amor generan el perdón. Y es que el fruto de
todo perdón es olvidar la herida que se nos inflingió con la ofensa.
Si acudimos a la escuela de Jesús aprenderemos a dar un perdón
siempre completo, pues recibimos de Jesús el amor que siempre
perdona.
La Escritura es la cátedra desde la que el Señor
enseña a todos los hombres la ciencia de la misericordia, del perdón.
El aprendizaje de esta ciencia dura toda la vida, pues en cualquier
momento nos acecha la garra del odio, de la desesperación, de la
violencia.
Cómo amar a quien me ha difamado o calumniado? ¿Cómo
perdonar a quien, en mi ausencia, ha entrado a mi casa y la ha
saqueado? ¿Cómo amar a un pedófilo, que ha querido abusar de un hijo
tuyo? ¿Cómo perdonar a quien ha metido a tu hija por el negro túnel
de la drogadicción, destruyéndola así junto con su familia? Estas y
otras preguntas semejantes, muestran cuán difícil es la ciencia del
perdón cristiano. Pero este es el ideal cristiano.
No podemos desanimarnos si todavía estamos lejos.
Mantengamos la decisión y la voluntad de aprender esta misteriosas
ciencia, a pesar de los obstáculos que encontremos en nuestro camino.
Ejercitémonos en perdonar a los otros las pequeñas faltas de respeto
o de atención que tengan contra nosotros, las bromas pesadas que
alguien nos pueda hacer, para ir creciendo y ensanchando nuestra
capacidad mediante el ejercicio.
Levantemos nuestra mirada hacia Jesucristo, desde
su encarnación hasta su muerte en cruz y su resurrección, para que
con el contacto orante con su vida vayamos asimilando poco a poco la
maravillosa ciencia del perdón cristiano. Todo nuestro ser se revela
ante ciertos casos y situaciones. Pero el Señor puede decir, también,
solo por el perdón vale la pena de haber creado al hombre.
El carisma de
la misericordia:
En un mundo donde reinan la crueldad y la
injusticia, los más vulnerables en todo sentido, son los explotados
y rechazados. Y el corazón del Padre quiere llegar a estos hijos
suyos, reinar en ellos. Y lo hace a través de quienes poseen el
carisma de la misericordia. Con las parábolas de la misericordia,
Jesús nos invita a descubrir los caminos de la misericordia y el
papel único que Jesús desempeña en la realización del proyecto
salvador del Padre. Que es una actitud especial lo da a entender
Jesús al emplear tres parábolas para describirnos la misericordia y
el gozo del Padre al hallar a sus hijos perdidos. Abrámonos a Jesús,
Buen Pastor, y entreguémosle nuestro corazón para que lo llene cada
día más de su misericordia, que siempre perdona.