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Preservad la santidad de la familia

 

Tres cosas vamos a deciros en este saludo. Vivid en gracia; preservad la santidad de la familia; mantened la unión y la concordia en vuestra sociedad.

La vida del hombre tiene un sentido cuando éste coloca a Dios como meta última de sus aspiraciones, pone como base su amistad con El y hace discurrir su andar diario por el cauce de sus mandamientos y deseos. Nos gustaría estar ahora ahí, en medio de vosotros, para mostrar a unos la página evangélica del hijo pródigo, a otros la escena de Jesús con los niños cuyos ángeles siempre ven a Dios, para repetiros el sermón de la Montaña... Vivid, os diremos solamente, la vida cristiana en toda su hondura y realismo. Nunca olvidéis la enseñanza fundamental de estos días: Jesucristo, con su sangre, nos ha traído del Cielo el supremo don de la gracia y "nos ha hecho merced de las más preciosas y ricas promesas para hacernos así partícipes de la divina naturaleza" (2Pe 1, 4).

Acercad cada día vuestros labios a los divinos manantiales de la vida sobrenatural y tomad el alimento vital del alma que se da en los sacramentos, eliminando todo lo que impide eficacia o disminuye vuestro esfuerzo por conseguir los frutos de la Redención de Cristo. Que cada uno de vosotros se sienta como obligado a atraer al hermano alejado, a enseñarle a revalorizar la propia fe, a profundizar en una más consciente responsabilidad de sus exigencias, a saborear en pleno la grandeza del credo católico.

¡Santificad el hogar! La unión de los corazones que se mantiene con la fidelidad un día jurada ante el altar; la oración en común, particularmente el rezo del Santo Rosario; la cristiana educación de los hijos; el soportar los esposos mutuamente en el amor de Cristo los defectos e imperfecciones; ¿no será todo esto fuente de prosperidad y poderosa palanca que volcará sobre vuestras casas innumerables bienes y gracias, y tal vez la vocación religiosa o sacerdotal de que tanta necesidad hay en vuestra patria?

Unión y caridad entre todos. Solo al adaptarse el hombre al plan de Dios, la sociedad recobrará la serenidad, el bienestar, la paz. La Iglesia hace a los hombres volver sus ojos a la unidad llamándolos, de cualquier estirpe o condición social que sean, a que se unan con lazo fraternal en Cristo, en el Redentor que cada día con su sacrificio consagra a Dios Padre el género humano.

"La deseada salvación--como indicábamos en Nuestra primera Encíclica--debe ser principalmente fruto de una grande efusión de caridad, de aquella caridad cristiana que resume en sí misma todo el evangelio y que, pronta a sacrificarse por el prójimo, es el más seguro antídoto contra el orgullo y el egoísmo del mundo"; la caridad que suple, completa y vivifica las relaciones de justicia; la caridad y la bondad que son el mejor fruto del cristianismo.

El Señor, por medio de María Reina de la paz, bendiga a ese noble país, proteja a sus autoridades, con el Excelentísimo Señor Presidente de la República a la cabeza; asista con abundantes gracias al Episcopado, a los Misioneros, al Clero y al queridísimo pueblo hondureño. A todos, mientras alzamos el corazón y las manos al Cielo, impartimos Nuestra Bendición Apostólica.

[Juan XXIII. Radiomensaje con ocasión de la Consagración de Honduras a los Sagrados Corazones de Jesús y María, el Domingo 16 de agosto de 1959].

 


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