La moral, el modo de ser y vivir que respeta y
promueve la dignidad del ser humano, presupone una visión adecuada
de la persona humana.
En la actualidad persiste una visión reductiva de
la persona humana. Se la reduce a su corporeidad (visión
materialista), a un objeto de placer o consumo (visión hedonista), a
una mera pieza social o laboral (visión sociologista), a un animal
sofisticado (visión cientista o mecanicista) o, incluso, se va al
otro extremo, exagerando su dimensión espiritual, hasta el punto de
restarle importancia moral a su corporeidad (visión espiritualista o
de "New Age").
La persona humana es un ser corpóreo y espiritual
al mismo tiempo. Es una unidad sustancial de alma (o espíritu) y
cuerpo. Decimos unidad sustancial, no accidental, porque la unión
entre el alma y el cuerpo resulta en un solo ser: el ser humano, la
persona humana. El cuerpo es parte intrínseca de la persona y no un
mero accidente suyo; no es un traje que me ponto y luego me quito.
Yo no tengo un cuerpo, yo soy mi cuerpo. Esta verdad tiene, como
veremos, implicaciones importantísimas de ídole moral.
La existencia del alma humana inmortal se
demuestra por la capacidad del intelecto humano de concebir ideas
universales que rebasan las limitaciones del tiempo y del espacio.
Las ideas del amor en sí mismo, la justicia en sí misma, las mismos
conceptos geométricos del círculo, la línea y el punto, por ejemplo,
no existen en el mundo material. Sin embargo, el ser humano es capaz
de concebir estos conceptos. Ello es sólo explicable por el hecho de
que existe una entidad espiritual que, actuando por medio de nuestro
cerebro, produce estas ideas. Es imposible que algo puramente
material produzca conceptos que rebasan lo material.
Ahora bien, siendo el alma una sustancia
espiritual, no está sujeta a la corrupción del tiempo, como ocurre
con las cosas materiales, ni tampoco, al menos no de forma absoluta,
a las limitaciones de los demás cuerpos materiales. Por consiguiente,
nuestra alma se caracteriza por ser espiritual, inmortal, capaz de
razonar y libre.
Pero esa alma humana está sustancialmente unida a
un cuerpo. No se trata de una entidad espiritual "encerrada" en un
cuerpo, como creían los filósofos griegos dualistas de antaño. De
hecho, no tiene sentido hablar de "en un cuerpo", de lo que es
espiritual. Se trata de un espíritu encarnado o de un cuerpo animado
o espiritualizado: eso es la persona humana. La unidad del alma y
cuerpo que la persona humana es no admite separación sin alterar su
identidad. Sin el cuerpo, no tenemos persona humana, sino sólo un
alma humana; sin el alma sólo tenemos un cadáver (los cristianos
creemos en la resurrección del cuerpo, tan importante lo
consideramos). El alma humana reclama el cuerpo que le corresponde y
el cuerpo está ordenado a su alma.
¿Por qué nos hemos empeñado en reflexionar,
siquiera brevemente, sobre la concepción clásica de la persona
humana como unidad alma-cuerpo? En efecto, si toda persona humana
posee un alma espiritual y si esa alma es inmortal y si a esa alma
está unida sustancialmente nuestro cuerpo, entonces se sigue que
toda la persona humana (no sólo el alma) posee una dignidad
intrínseca y absoluta.