Existe un peligro general: Que nos cataloguemos
tan cándidamente entre los 99 justos que no necesitan penitencia.
Somos justos. Tenemos fama de santos. Vemos que los demás cometen
más pecados que nosotros. Pero no comparamos la cantidad de gracias
que hemos recibido y que los otros que cometen esos pecados no han
recibido y, que de haber recibido, habrían hecho fructificar más que
nosotros. Ése es el peligro: que nos consideremos justificados.
Ése es el pecado de los fariseos. «Yo no soy como
los demás» (Lc 18, 11). Y no pensamos que tenemos orgullo, vanidad,
que nos dejamos arrebatar por la ira, que juzgamos mal, que nos
falta caridad... Que necesitamos conversión. Que podemos y debemos
dar esa alegría al cielo al convertirnos. Que la superficialidad y
la rutina y la tibieza están haciendo estragos en nuestra alma.
Convertirnos será ejercitar el amor. San Pedro
necesitó la conversión. Su amor a Cristo está mezclado de confianza
en sus fuerzas, presunción: aunque todos te nieguen yo no te negaré
(Mc 14, 29). Dios lo deja. No previene con su gracia eficaz su caída,
ni siquiera previendo su exaltación al supremo gobierno de la
Iglesia. No hacía falta un Pastor santo presuntuoso, si es que puede
haber verdadera santidad con soberbia. Le deja caer resonantemente
para que su amor tenga por fundamento la humildad.
El amor es la causa de la conversión. Por eso
Cristo le pregunta a san Pedro si le ama. y san Pedro contesta, con
humildad, apelando a la ciencia de Cristo: «Tú sabes que te quiero»
(Jn 21, 15 ss.). Pero ha de ser amor con obras, amor probado en la
acción; no basta el amor afectivo si no va unido con el efectivo:
Pedro había probado su amor a Cristo tantas veces, sobre todo
aquélla en que, caminando el Señor sobre las aguas, mientras los
otros se quedan preocupados con sus redes y el trabajo de la pesca,
él se lanza al agua en busca de Cristo (Mt 14, 22ss.).
Donde está tu tesoro está tu corazón y san Pedro
está hecho una misma cosa con Cristo por su ferviente amor. El
primado del gobierno en la Iglesia no podía ser conferido por
personales predilecciones de uno sobre otro. San Pedro, ante todos,
va a recibir el oficio del pastoreo general de la Iglesia porque ama
más que todos. Y es que es necesario para servir a todos amar mucho
a Cristo, apasionadamente, con delirio, con locura…
Cristo va a profetizarle, a continuación, a
Pedro, que va a tener el mismo camino que recorrer que su Maestro:
«En verdad, en verdad te digo: «cuando eras joven, tú mismo te
ceñías y andabas donde querías, mas cuando hubieras envejecido,
extenderás tus manos y otro te ceñirá, y te llevará a donde tú no
quieras. Esto lo dijo significando con qué género de muerte había él
de glorificar a Dios» (Jn 21,18). Ved ahí dos perspectivas: Una de
propia voluntad y de seguimiento de los impulsos de la instintiva
independencia, otra de divina elección en que campea el Espíritu en
su acción y que es fecunda en divina vida.
La primera tiene una floración inmediata y
termina en espinas; la segunda comienza con pinchazos de espinas y
madura en flores eternas. El amor será el que motivará la decisión
de elegir la perspectiva de aparente fracaso para dejar el camino de
rosas. Se aceptará el camino de la cruz como vital y causa de
resurrección y de conquista de almas y de realización de nobles y
altos ideales. A san Pedro no le fue mal. Como él, subamos a la cruz,
aunque nos claven en ella sin querer y nos coloquen cabeza abajo. A
fin de cuentas, no nos merecemos el mismo trato vertical que Jesús.
Si nos dejamos crucificar está asegurado el triunfo de lo que
pretendemos conseguir que es el reparar con la penitencia el pecado
del orgullo.
Si a Pedro le salvó su conversión, convenzámonos
nosotros de que también la necesitamos.